ARTILUGIOS PARA OIR CANTAR AL BUHO

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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Voy a prepararte una sopa mágica; de esas que evocan el regazo de mamá. Sopa de queso y puerros para recuperar tu sonrisa de niño. Empápate los labios con los sabores de mi alquimia, que luego tendrás mis turgencias, para lamer y succionar tus otros apetitos a costa de mi devoción. ¡Tómame toda! ¡Invádeme! ¡Sométeme! Que en tu arremeter me apodero de ti… Si en este momento te preparara sopa de lagartijas, con placer la comerías…

¿Sabías que alguna vez el Sol y la Luna hicieron el amor, como acabamos de hacerlo tú y yo?

“Fue en el inicio de los tiempos cuando, tan memorable cópula ocurrió. Ambos, desobedeciendo a Dios, bajaron a la tierra. y sobre ella dieron rienda suelta a su pasión. Satisfechos sus deseos, el Sol quiso refrescarse en las aguas del mar; más este fue traicionero y el Sol se ahogó. La Luna lloró por siglos su desdicha, hasta que el Dios del firmamento, apiadándose de ella, le dijo: -Te devolveré a tu amado, pero cada atardecer volverá a morir. El día será para el trabajo y por las noches, mientras lloras tu diario duelo, tu luz alumbrará a los amantes. Ustedes enseñaron al humano a amar, ustedes se turnarán para iluminar sus dichas y desdichas”

Voy a prepararte más sopa mágica. Sopa de queso y puerros; más aunque fuera de lagartijas, igual, con placer la comerías, pues me amas y deseas mis turgencias para lamer y succionar tus otros apetitos…Mi Sol.

AFRODITA Y LOS JARDINES PARA EXTRAÑOS

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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Siempre vienen a visitarme estas criaturas con cabeza de engranaje. Vienen trayendo sus propios paisajes y con prepotencia reemplazan los míos. Invaden mis realidades.

En este momento están aquí. Me han sumergido en lo que sería un sub-suelo cuyo techo es una especie de alfombra, sobre la que existe un mundo cubierto de maizales y pastizales.

Aquí debajo todo está en penumbras débilmente alteradas por esa lucecita que se cuela a través del único resquicio, justo sobre el espacio en que me hallo sentado.

Las criaturas no me hablan, pues carecen de bocas. Tampoco sé si me miran; no les veo órgano visual alguno. Sobre sus cuerpos de niño, sólo hay esos discos metálicos con los bordes dentados, pero percibo que vinieron y están aquí por mí. Los discos sobre sus cuellos siguen minuciosamente la dirección de todos mis movimientos, como si fueran antenas receptoras de mis signos vitales.

Deseo mirar hacia afuera, a través de la abertura. Además, intuyo que allá afuera el aire no está tan enrarecido como aquí dentro ¡Sí! ¡Echaré una ojeada!

La alfombra-piso cede ante la presión de mis manos, y ahora puedo ver al detalle el esplendor del exterior, con sus maizales, sus pastizales y sus ruidos. Es un mundo real, normal, coherente. Sólo la presencia de ella se manifiesta como un exabrupto; como una figura arbitrariamente pegada a una realidad a la que parece no pertenecer.

Su desnudez es deliciosamente inquietante. Cada centímetro de su piel es una incitación a las caricias. Va y viene con paso lento mostrando la gracilidad de sus piernas; bambolea sus nalgas, y sus labios no dejan de sonreír. Las criaturas con cabeza de engranaje están agazapadas tras de mí. Ahora su atención está fijada a los movimientos de ella.

El hada se sentó sobre un montículo, y como por arte de magia, aparecieron dos avecillas de madera impulsadas por unos motorcitos que emiten un débil ronroneo, mientras juguetean entre los cabellos de la ninfa.

Yo volteé para mirar la reacción de las criaturas con cabeza de engranaje, pero estas ya no estaban. Entonces volví mi mirada hacia el lugar donde yacía el hada, y esta también había desaparecido. La realidad alternativa en su totalidad, se había esfumado.

Mi realidad ha sido retomada. Mi sillón… yo, los barrotes… El letrero con la palabra Manicomio inscrita en el, y la nada como única compañía, hasta que las criaturas con cabeza de engranaje decidan retornar con un nuevo paisaje, a invadir con su prepotencia mis realidades.

ACEITES PARA LA VIGILIA

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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-Dime ¿Cómo permitiste que tu padre abriera tu cráneo y jugueteara con lo que tienes allí dentro? ¡Si sabes cómo es de distraído y olvidadizo! Ahora que desordenó tu cordura, serás parte de esa legión de errantes sin sosiego que vagan descalzos pisando las espinas del camino. O serás otro Ángel demente de los que reconocen su par etéreo entre los vericuetos de las cavernas del destino ¡Y todo por un tornillo mal puesto! O una tuerca olvidada…

*¡No es cierto, yo nací así! Hechicera por ti, y Ángel por ese orate divino que nos mira asustado desde su rincón, pensando que, quizás, la fantasía que me heredó pueda ser áspera.

-¿Y ahora dónde vas? ¿No sabes que los martes las niñas no deben usar botas, ni el color verde en los cabellos?

*Algo me dice que alguien que no conozco ni me conoce aguarda ansioso mi llegada, y no quiero ser impuntual. Ambos nos reconoceremos, pues llevaremos un periódico de pasado mañana en la diestra. Viviré una vida con él, y luego vendremos juntos para la cena. Guárdanos unos panes, pues hacer el amor siempre abre el apetito.

“Ella venía de Magdala, y él del otro lado del río. Ni bien se vieron, corrieron a abrazarse… Y fue entonces que hablaron la misma lengua”.

GNOMOS

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía 

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El anciano alquimista permanecía sentado frente a la mesa mientras sus delicadas manos, similares a la patas de un pajarillo, acariciaban un solitario trozo de pan frío y duro. Su mirada, paulatinamente fue tornándose vacía. Era evidente que uno de esos estados de  inspiración repentina se estaba apoderando de él.  Ensimismado en su trance, elevó sus manos con el pan asido entre sus largas uñas, como si se tratara de una ceremonia de ofrendas. Seguidamente empezó a devorarlo, mas no lo tragaba; se limitaba a hacer un enorme bolo alimenticio que apenas le cabía en la boca.

Poco a poco fue extrayendo la masa que había masticado y ensalivado, y con minuciosa devoción la fue usando para moldear con ella la figura de un ángel bebé.

Concluida su obra, el anciano alquimista la estrechó contra su pecho y lloró de alegría. Una de sus lágrimas cayó sobre el ángel de pan, entonces este cobró vida, convirtiéndose en una hermosa niña alada. Esta abrió los ojos, desplegó sus alas; le regaló una sonrisa, y emprendió vuelo en busca de sus propios cielos.

El anciano alquimista se quedó sin pan y sin ángel. Sólo con su soledad y el recuerdo de que sus manos de pajarillo, alguna vez estrecharon algo divino.

HOY NO ATIENDE MARAT

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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Si es tu deseo, si eso se te antoja, puedes morirte ahora mismo, sin embargo, no olvides renacer. Recuerda que necesito escucharte cantar; es preciso que me cuentes otra más de tus historias, Cuentero. Ahora ve y pernocta más allá de este punto dimensional en que cohabitamos, pero al despertar el sol, nuevamente quiero oír tu voz.

…Y no te lo estoy pidiendo, no te otorgo libertades ¡No! Te ordeno brillar en la mañana. Comprende y haz lo que te digo, ya que no hablo desde el caprichoso decir. “Si no hay amante para la noche ¿Cómo has de despertar amando?”

Me acurrucaré a tu lado, y al abrir tus ojos, mi nombre será canción en tus labios ¡Buenas noches, Palabras del Amanecer! Descansa, mientras aguardo tu renacer…Por favor…

SYBILA DEL PIE VARO

Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía

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Tssschk…tssschk…tssschk… Era un sonido de origen neurológico que cada cierto tiempo, retumbaba dentro de su masa encefálica, como heráldico aviso de que iba a entrar en un estado muy semejante al delirio, con alucinaciones que se mostraban tan reales que hasta parecían palpables.

La primera vez ocurrió cuando tenía trece años de edad. Estaba durmiendo en la habitación que compartía con su hermano mayor, cuando de pronto, empezaron los tssschk…tssschk…tssschk… que lo despertaron; o quizás no despertó, tal vez sólo era una realidad paralela incubada en el plano onírico. Abrió los ojos y notó en sus extremidades, cierta resistencia a obedecer las órdenes de movimiento que su confundido cerebro les enviaba. Ensimismado en su lid por poner en actividad sus miembros, volvió a cerrar los ojos para concentrarse y repotenciar su fuerza mental; era preciso gobernar sus facultades motrices, mas no dio resultado: sus brazos y piernas continuaron inmóviles, haciendo caso omiso de su voluntad por imponerles obediencia. Inexplicablemente, no había desesperación ante la situación, incluso se volvía lúdica y entretenida, aunque obsesiva, esa búsqueda de la conexión.

Sus pupilas debieron haberse dilatado al máximo, ya que pese a la oscuridad circundante, alcanzaba a distinguir cada elemento de la habitación. Su cabeza no había perdido movilidad, entonces, le resultaba más que sencillo girarla hacia todos lados, haciendo un paneo visual del ambiente.

Podía ver su abdomen, y a los costados, sus brazos y manos; más allá, diferenciaba en perspectiva, sus rodillas y sus pies. Al frente estaba la cama donde reposaba su hermano, arropado con la frazada que tenía estampado, por dibujo, un gran tigre de bengala. Al costado izquierdo, lograba ver el enorme armario atiborrado de libros. A la derecha la puerta de ingreso, y al costado, la ventana de vidrio y las cortinas de tela que dejaban entrar tímidamente la luz de la calle.

Todo se mostraba tan real… Si hasta hubiera podido tocar cada objeto en caso de que sus miembros recuperaran la capacidad de moverse, pero toda tentativa por accionarlos, resultaba inútil.

Fue esa percepción instintiva que suele avisarnos que estamos siendo observados, la que lo indujo a levantar la vista hacia la cabecera de su cama ¡Y allí estaba! ¡Sí! Sobre la cabecera, en posición de cuclillas, ese horrible ser de fachada demoníaca lo miraba fijamente a los ojos mientras se introducía el dedo índice derecho en una de sus fosas nasales. Todo su aspecto se asemejaba a una mezcla de buitre antropomorfo y murciélago burlón; sus fuertes patas, rematadas en poderosas garras, lo sostenían asido a la cabecera, manteniéndolo firme, en tanto que agachaba su espantoso rostro para otearlo y olerlo, barriéndole el rostro con el tufo de su nauseabundo aliento. ¡Ahora sí que el pánico se había hecho presa del niño! Quiso gritar, pero su boca estaba impedida de articular sonido alguno. Pretendió mover sus brazos para golpear la cama y hacer ruido, con la intención de alertar a su hermano; intentó patalear con el mismo fin, pero ninguna porción de sus músculos y tendones correspondió a sus incitaciones. El infernal bicharraco, permanecía mirándolo fijamente, deleitándose con el miedo extremo que le ocasionaba. Por momentos se acercaba más a su rostro, como para olfatear, exponiéndolo al vaho que despedía su exhalación ¿Cuánto tiempo duró esa desesperante tortura? …Es imposible de definir.

A continuación, vino el sosiego con la pérdida de la conciencia: esa muerte transitoria que ayuda a escapar de lo intolerable, la evasión hacia la negrura donde ya no hay miedos, la oquedad… la nada.

Al amanecer, despertó sobresaltado por la angustia. Con agilidad, se sentó en la cama y miró hacia la cabecera esperando hallar a la criatura, pero para su alivio, comprobó que ya no estaba. La habitación, en su totalidad, estaba tal como la noche anterior, sólo faltaba el horrible visitante. Nunca contó a nadie la traumática vivencia, no lo creyó conveniente.

Sin embargo, en los días subsiguientes, con calma, fue conjeturando y buscando explicaciones a lo acontecido. No obstante, al no hallar nada razonable que respondiera al misterioso hecho, atribuyó lo ocurrido a visiones provocadas por algún desorden psicológico, producto de la ingesta de drogas que, desde hacía casi un año venía consumiendo de manera habitual. Así pues, le restó el peso espiritual que podría haberle acarreado la extraña experiencia, algo que dada su inculcada sensibilidad religiosa, obviamente, le hubiera perturbado. Lo físico y mental, no le preocupaba mucho; tenía la idealizada convicción de que su cuerpo todo lo podía superar; el bullente riego hormonal en los adolescentes, suele crear esa presunta infalibilidad.

Con su espiritualidad aliviada, el niño continuó con su existencia, conviviendo con ese entorno circundante que se le hacía ajeno, impredecible y lleno de contrastes extremadamente diametrales y complejos.

Muchas veces, a pesar de su acuciosidad, impropia para su edad, creía no entender nada. Había empezado a gestarse la idea de que todo lo que se mostraba ante sus sentidos, no se trataba más que de una farsa, un teatro inexistente que sólo estaba en su imaginación. A lo mejor su familia: Padre, Madre y hermano, sólo se trataban de una mentira que su fantasiosa naturaleza había concebido como objetos en los cuales depositar su necesidad primigenia de amar, y de ese modo, tener un motivo para sufrir…

DE MIS DEDOS VOLVIERON A BROTAR LAGRIMAS ROJAS

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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Jaurías de sombras pasean incesantes a mi alrededor, sin siquiera ostentar títulos de fantasmas, simplemente están allí, allá, aquí  y acá. Están por doquier, interrumpiendo mi agridulce pero acogedora soledad, como si se regocijaran en atraer hacia mis recuerdos esas visiones del pasado, esas que me enrostran el diseño sobre el que se edificó este desorden que los hombres de sayo blanco, estipularon que fuera mi fiel compañera… la que ellos denominaron “MI ENFERMEDAD”.

-¡Fuera! ¡Largo de aquí! ¡Fueraaaaaaaaaaaa! ¡No me muestren ese baúl que no deseo ver! ¡No lleven mi mirada hacia esos atardeceres de tonos naranjas y rojos! ¡No quiero más de eso! ¡Noooooooooo!

Estoy solo, como lobo de fauces negras mordisqueando inútilmente el viento… ¡Pero estoy! Mas las jaurías de sombras que pasean incesantes a mi alrededor, persisten en alimentar al poeta maldito que teme otear su ayer, que no quiere tener ante sí más ocasos de tonos naranjas y rojos.

-¡Estoy solo, pero estoy aquí!

REQUIEM DESDE ESTE LADO DE LA BOTELLA

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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Cuando todo parecía oscuro; cuando mis dilatadas pupilas buscaban entre el desconcierto la sonrisa cálida de los amigos, estiré mis manos huérfanas hacia el vacío, esperando hallar quien rozara mis dedillos con esperanza. La única respuesta fue la gélida realidad que me escarchaba las ilusiones guardadas.

-Será para otra oportunidad-

…Como si la vida permitiera bailar el mismo vals en dos ocasiones idénticas. Como si mañana pudiera volver a ser hoy a nuestro antojo… Como si el destino y el tiempo fueran a sentarse, aguardando a que se repita el día de tu onomástico número quince…

Cierro mi libro, este que contiene heridas, risas y llantos; emociones vividas a lo largo de toda una vida. Lo pongo contra mi pecho y voy en busca de quienes deseen degustar las golosinas luminosas que, desde esta cajita mágica convido.

¡Hey tú! ¿Deseas probar mis caramelos envenenados con fantasía? ¿O los dejamos para otra oportunidad…?

SÓLO LOS POETAS MUEREN MIL VECES

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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El cielo se teñía de rojo con el desangre del Sol que asistía a su rutinario morir diario. Espeluznante momento para los espíritus depresivos. Estoy convencido de que no hay nada peor que enfrentarse a la muerte durante la hora del ocaso… mala hora para la agonía.

La doncella  irrumpió en la escena. Trastabilló cayendo sobre su rodilla derecha; con su pierna izquierda extendida instintivamente, evitó caer de bruces. Sus brazos estaban atados entre sí tras su espalda, dejando expuestos en su desnudez sus florecientes senos. La muchedumbre observaba con muda ansiedad a la bella mujer, cuya piel nívea -tan blanca como las impertinentes nubes que se infiltran rasgando los presagios macabros- La esplendorosa figura de la fémina de rostro angelical se mantenía imponente, pese a que su mirada vacía exteriorizaba la cercanía de la muerte.

Quien alardeaba de ungido sacerdote, en un estado análogo al trance, con los ojos en blanco, parecía buscar respuestas entre los nimbos celestiales. Sujetando con ambas manos el filoso puñal de pedernal, lo elevó como solicitando el beneplácito de los Dioses. A continuación, con su brazo izquierdo rodeó el cuello de la doncella, y con su mano derecha descargó una certera puñalada en su pecho. Luego, con habilidad de cirujano, extrajo ágilmente, de entre los senos de la muchacha, el corazón aún latente.

La multitud miraba atentamente cada acción de aquella macabra parafernalia. El ungido volvió a elevar sus brazos, esta vez con el corazón de la doncella en sus manos, consumada ofrenda para el agonizante Sol. El gentío allí presente, abrió desorbitadamente sus ojos, a la vez que un barullo general violentaba el silencio del crepúsculo. Fue en el preciso instante en que el corazón extirpado recomenzó a convulsionar y con voz estentórea, que retumbó entre los millares de orejas allí presentes, dijo:

 -¡Debo regresar a ella! Debo regresar o con ella morirá para siempre el Sol, renunciando a su esfera, otorgándola a las perpetuas tinieblas, pues el astro dorado sólo brilla por amor a ella, renace cada mañana únicamente por y para ella…

El ungido entró en pánico, los brazos le temblaban. Exponiendo la farsa de su vicariato, dejó caer al piso el corazón parlante. La multitud, atónita, estaba momentáneamente incapacitada para emitir exclamación alguna. Ante el mutismo reinante, el corazón reptó en dirección al cuerpo de su dueña que, aunque sin vida, mantenía su posición de orante. Trepó por sus muslos y  abdomen, hasta llegar a la zona de su pecho para volver a ocupar su lugar en el interior de la muchacha. Ella levantó la cabeza, abrió los ojos y se irguió, a la vez que sus ataduras caían liberando sus brazos. Luego levitó, para iniciar, con pasos volátiles, una larga caminata hacia los cielos.

Aquella noche la Luna brilló por primera vez, inundando con su luz, las pasiones de los amantes.

LYRICS

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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Todo era muy extraño, muy ajeno, muy “nunca visto”; pero estaba allí, ante mi atenta mirada, reclamando que le de licencia para existir, afanándose por parecerme cotidiano… por pertenecerme. Era una deliciosa invitación a la locura y, difícilmente, quien transita por el estrecho sendero que limita entre la fantasía y la demencia, podría negarse a participar de ella.

Decenas de seres paridos por alguna mente delirante, que los concibió graciosamente deformes, danzaban, se contorsionaban, o simplemente caminaban haciendo muecas, pero siempre manteniendo la cadencia que dictaba aquella invasiva fanfarria que copaba la demencial escena. Era una coreografía alucinante, extraordinaria, exacta y saturada de colores.

Al fondo, había unas esferas de brillantes de variadas tonalidades, suspendidas por cuerdas, oscilando en diversas direcciones, y era tal la precisión que jamás chocaban entre ellas. Sobre estas, estaban montados unos seres con patas de chivo, sin cabeza y con los ojos en el centro del tórax. Brincaban acompasadamente de una a otra esfera. Un par de hermosas piernas femeninas, cada una independiente de la otra, se paseaban por el escenario haciendo gráciles y provocativas cabriolas. Un huevo rosado con patitas de madera, saltaba a la soga que agitaban, de un lado una mujer con cabeza de árbol y pies rematados en rueditas, y del otro lado un pez con cabeza de buitre. Los personajes aparecían y desaparecían de la escena, dando paso a otros de apariencia tanto o más descabellada.

De improviso, todos desaparecieron; se hizo un silencio muy denso, pero desde el  lado izquierdo, fueron reapareciendo uno a uno en extensa hilera, jalando en común esfuerzo, unas andas rodantes con una caja negra que al llegar al punto central del escenario, hicieron girar, dejando ante mí su contenido: Un ángel de alas y piernas mutiladas que pese a la ausencia de ojos, pues su cabeza era solo una boca, supe que lloraba, realmente lo percibía ya que toda ella era un monumento a la tristeza.

El ángel comenzó a cantar en una lengua incomprensible, sin embargo yo intuí que le cantaba al amor. Todos, tanto los deformes del escenario como yo mismo -el único de la platea-, la escuchamos más que extasiados. Cuando culminó su interpretación, me puse de pie y subí al escenario, conmovido y con lágrimas que me nublaban los ojos. Abriéndome paso entre la multitud de deformes, al llegar hasta ella, me arrodille ante el anda, le agradecí por estimularme a enjuagar mis ojos y me acerqué a abrazarla. Ella, en respuesta, lamió mis mejillas y bebió de mis lágrimas.

-Canté para ti y quiero volver a hacerlo. Te espero mañana en otro de tus sueños, loco divino- Fue lo que escuche de sus labios.