ALBOROTO ENTRE PÉTALOS DESHOJADOS

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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En la vera del camino a Edenlar, se erigía una solitaria y encantadora casita deshabitada, cuya posesión era ambicionada por cuanto caminante pasaba por el lugar.

La casa era pequeña pero espigada. Sus tejados, en tonos amarillos y ámbar, aspiraban a competir con el brillo del Sol. Cada resquicio de sus níveas y tersas paredes eran una tentación al palpo, mas nadie las podía tocar, una energía magnética los rechazaba violentamente. La casa tenía tres puertas visibles, tres puertas ofreciendo acogedora tibieza al visitante escogido, pero este, no llegaba. El tiempo transcurría… y el visitante no llegaba. Muchos peregrinos, procedentes de los cuatro puntos cardinales, llegaban hasta los umbrales trayendo consigo ofrendas, ilusiones y palabras mágicas, pero ninguna de las puertas se abría, nadie pudo saborear la tersura y tibieza de sus paredes.

Aquella mañana de Septiembre, el viento del Noroeste, trajo consigo a un empolvado andante de cabellos alborotados, hasta los portales de la hermosa casita. Sus pasos enérgicos se contradecían con la dulzura de su mirada, profunda y llena de tristeza. Como por encanto, las puertas se abrieron de par en par, en señal de bienvenida… ¡Él era el visitante escogido! Sólo él pudo acariciar las paredes de la casita e ingresar a su antojo, indistintamente, por las tres puertas, llenando con su esencia las entrañas de la hermosa casita que por tanto tiempo permaneció deshabitada.

Esta historia me la contó entre sueños, si mal no recuerdo, un señor de apellido Freud.

AYES DEL CADAVER PERSISTENTE

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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De los labios de la niña que dormitaba a su lado, fluía una interminable serpentina violeta con la escritura de un nombre diferente.

Si la sombra del escuchar “me quiero ir” le infundía miedo… Ello era nada ante la angustia de un posible “ya no te quiero”.

Lo inminente es tirano al reclamar su instante, y unas lágrimas no pueden desviar su rumbo.

Cuando ella trepó al avioncito de papel y remontó por los cielos, en la oreja derecha llevaba una larva imaginaria que devoraría cualquier recuerdo del aquí.

¿Cuántas monedas son el precio de un sueño quebrantado?

Revestido de ingenuidad, vulnerable en su soledad, torpe en sus arrebatos, crédulo a los cantares… Cuando perdona, él se perdona a sí mismo.

¿Qué sabes tú de este desdichado que, cuanto más dijeron amarlo, más debió cuidarse de no ser exhibido como momentáneo trofeo?

Dejémosle que deambule creyéndose aún el sonriente conejito marrón que es paseado en su ridículo cochecito chirigota.

*-¡Mamáaaaaaaaa! ¿Es que vas a soltar mi mano? ¡Tengo frío y aquí todo está oscuro! ¡Mamáaaaaaaaaaaaaaaa…! ¡No sueltes mi mano! ¡Te lo suplico!

…Claro. Tú no eres mi madre… sólo eres Ella…

RODARON LAS IDEAS DEL BAUTISTA

Ilustración y poema de Oswaldo Mejía

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Guardianes descarados

Alardean con su voz.

El rebaño esgrime “haches”

Loas a su redentor.

Las lenguas lamerán,

El soberano eructará.

La diferencia es melodía…

¡Cierren puertas los de atrás!

¡Cierren puertas los de atrás!

Son cantos de sirena,

Son mentiras desde afuera.

Sólo huecos al vacío…

¡Cierren puertas los de atrás!

¡Cierren puertas los de atrás!

El pregón es la locura…

¡Cierren puertas los de atrás!

¡Cierren puertas los de atrás!

DANZA NIBELUNGA

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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Aún tengo en mi paladar el sabor áspero de aquel platillo que nunca pudimos preparar, pues los ingredientes quedaban muy distantes, mas, si también es tu deseo, hoy bailaremos desnudos sobre la mesa que ya se cansó de esperar por el mantel largo que sólo serviría para restregar nuestros hociquitos. Quiero ponerme de pie y llevarte en brazos mientras canto a tu oído esa canción en sensual francés que nos recuerda un futuro. Si desafino u olvido la letra ¿Tú querrás aplaudirme niña mía, o partirás el pastel de cumpleaños sin que hallemos nuestras extraviadas corduras?

Los sueños no tienen manos, y aún así son capaces de acariciar.

UN PARAGUAS NO DETIENE LA LLUVIA

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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“¡Mentira! ¡Maldita mentira!”…Como si la mentira fuese el pecado.
La mentira es la acción, el engaño es la intención.

…Si el propósito no es dañar ¿Dónde está lo condenable?

¡Mentira! ¡Bendita mentira!…Si con ella me inventé un mundo llevadero. Mi resiliencia y esta sonrisa indeleble que pinté sobre mi rostro las construí sobre su base. Aquí hubo una gran mentira, mas no hubo engaño. Yo me mentí y yo fui mi cómplice, pues me esforcé por creerla, pues deseaba sonreír, y ténganlo por seguro, me iré de aquí, sonriendo con mi auto mentira bajo el brazo.

…Si los verdugos vinieran en busca de mi madre, yo la ocultaría y les diría que ella no está, que se fue hacia el oeste. Dios ¿Me condenarías por mentir…?

“¡Mentira! ¡Maldita mentira!”…Como si la mentira fuese el pecado...

EL FIN DE LOS FINES

Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía.

Cap. 19 del libro “Delirios del Lirio”

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*-¿Crees que te temo? He estado cara a cara contigo en muchas ocasiones de todas estas mil vidas que me tocaron vivir y nunca bajé mi mirada, siempre me planté ante ti desafiante. Fui león, fui druida, fui oso de peluche, fui soñador errante. Fui gato, fui consejero de reyes, fui fabricante de ilusiones y mundos fantásticos. Fui lobo vagabundo entre bestias y humanos, fui solitario por designio, fui un eterno enamorado del amor que apenas conocí por instantes. Fui titán, fui dragón de enormes patas caminando con delicadeza para no pisotear las margaritas de mi jardín. Fui pez nadando contra la corriente, fui guerrero luchador de batallas de antemano perdidas, pero nunca te temí… sólo fuiste un trámite en mis mil vidas. Mil vidas viví, mil muertes morí bajo el filo de tu guadaña y mil veces renací para tu desconcierto. Por ello me odias, por ello me detestas, porque nunca dejé de sonreír ante tu presencia, porque siempre fui testarudo y me empeciné en volver a vivir… y no te tuve miedo. Ahora cometiste un error, pusiste tus garras sobre la ninfa que se me dio para amar; tomaste sus cabellos y cual si fuera un despojo arrastraste su delicado cuerpecillo por todo el desierto de la confusión. Te crees triunfadora, te regocijas en tu soberbia ufanándote de ser el fin de los fines. Te deleitas tejiendo la mortaja que destinaste para envolver sus restos. Esta contienda de vidas y muertes era sólo entre tú y yo, mas tu impotencia te ha llevado a ensañarte con ella ¿Para darme un escarmiento? ¿Para hacerme sentir que tienes el poder de segar lo que El Orden Universal siembra y alienta?…Pues cometiste un error. Tiembla Muerte, pues voy tras tus pasos ¡Ella no es para ti! Yo la perdí entre los vericuetos de mis mil vidas pero la busqué incesantemente y ahora que la hallé, no renunciaré a adorarla. Voy por ella y si insistes en cruzarte en nuestro camino, te juro que te haré sentir toda mi ira contenida en estas mil vidas que me tocaron vivir bajo tu acoso.-

El Titán descubrió completamente su cuerpo ya que la desnudez es muestra de pureza y sinceridad  y así se debe enfrentar a aquello que te depara el destino. Aunque pareciera contradictorio, por amor tenía una cita impostergable con la muerte y debía acudir puntual. Entonces inició su andar; el desierto de la confusión se mostraba interminable, hostil, áspero y reseco como la agonía ¿Pero qué puede disuadir a un luchador dispuesto a pelear por amor? Caminaba y caminaba en línea recta y aunque no veía su norte lo guiaba su instinto. Previamente había cosido sus parpados para así ignorar las distancias y evitar el desánimo. Su espalda iba ampollándose por la inclemencia abrasadora del sol. Su pecho y rostro sangraban a causa de la fricción de la arena que traían los vientos y golpeaban contra su humanidad, pero nada detenía su terco andar. Caía, respiraba profundamente, escupía la arena que se le introducía por la nariz y boca, se erguía y seguía caminando, a ciegas, pero siempre en línea recta. Sólo detectaba la caída de la noche por la baja repentina de la temperatura. El frío gélido y penetrante hería su piel tanto como el calor del mediodía pero ¿Qué dolor o sufrimiento podría desalentar al guerrero que por amor se encaminó al encuentro de la mismísima muerte?

Cuántos días con sus respectivas noches llevaba caminando, no importaba. La noción de tiempo y espacio se había esfumado, al igual que el cansancio, hambre, sed, dolor y miedo. Nada importaba más que mantener el rumbo y llegar lo más antes posible a su destino.

Sumido en su ceguera voluntaria, el titán es avisado de la cercanía de la guarida de la muerte, pues el camino se había tornado pronunciadamente descendente y por los olores pestilentes que ahora viajan en el viento, la inercia hizo trastabillar al Titán, haciéndole perder el equilibrio y rodando cuesta abajo hasta que un golpe seco detuvo su caída.  Momento de descoser sus parpados. Luego de mucho tiempo de oscuridad, volver a ver la luz resulta saturante y enceguecedor, por lo que decidió sentarse a secar el líquido que brota de sus inflamados ojos. En ese estado es que escuchó una voz enérgica que le decía:

-¡Aquí sólo llegan cadáveres y tú no pareces serlo ¿Qué es lo que buscas?- La visión aún era borrosa y sin embargo podía ver al barquero que mientras le hablaba iba cargando cuerpos en su barca, no sin antes abrirles la boca y extraer las monedas que bajo la lengua  traía cada uno de ellos. Al aclararse su vista, el Titán se acercó al barquero, quien inmutable, continuaba su tarea de cargar  cadáveres a su barca-¿Acaso eres un alma que camina en pena? ¿Qué es lo que buscas aquí?

*-Busco a la niña que amo. La Muerte la trajo y he venido a arrebatársela.

-Eres un demente. Nadie puede quitar a la Muerte lo que  toma como propiedad.

*-¿Crees que vine hasta aquí para irme sin mí amada en brazos?

-Si tienes una moneda, te haré cruzar este charco pestilente y te llevaré a la morada de la Muerte, aunque te advierto que de allí no ha regresado nadie…

*-No poseo moneda alguna pero igual me llevarás al otro lado o empezaré a desatar mi ira contra ti, asqueroso carroñero.

Cruzaron las fangosas aguas esquivando los miles de cuerpos putrefactos que flotaban en ellas. Al llegar al otro lado no hubo despedidas. El barquero empezó a descargar su macabro flete y el Titán, en silencio, se encaminó a enfrentar a la Muerte.

El espectáculo era dantesco: cadáveres en estado de descomposición regados por doquier, cráneos y osamentas desparramadas a los pies de la gran Señora del fin de los fines. Ella era enorme; su tamaño y aspecto inspiraban pavor y el Titán no fue ajeno a la conmoción que infundía su magnificencia. A su alrededor aletearon vampíricas criaturas lanzando ensordecedores chillidos. Al estar frente a su mirada de cuencas vacías hizo retroceder al Titán un par de pasos. Un severo escalofrío recorrió su columna vertebral y algo muy cercano al pánico se apoderó de sus sentidos. Fue entonces cuando un haz de luz, proveniente de muy arriba, se abrió paso entre la oscuridad y la penumbra, posándose sobre la figura desnuda del gran hombre que por amor había llegado hasta allí para desafiar a la Muerte. El haz de luz dejó a la vista que a un lado, sobre tules flotantes, que danzaban en el aire, hallábase el cuerpo de su amada ninfa en espera de que la dama de la guadaña sorbiera su esencia.

El Titán infló su pecho y lanzó un grito que retumbó por todo ese mundo subterráneo:

-¡Magdalenaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!- E intentó llegar a ella, mas la Muerte interpuso su pantorrilla derecha haciéndole tropezar y caer de bruces con tal violencia que el Titán quedó inconsciente.

La niña, al oír el grito, como volviendo de un profundo letargo, fue abriendo sus ojos lentamente, entonces pudo intuir la acción venidera…

La muerte estiró su brazo, alzó amenazante su enorme puño y descargó tremendo golpe contra el cuerpo del atrevido Titán. Se disponía a rematar al Titán que yacía a su merced.

En ese momento, la ninfa irrumpió de un salto interponiéndose entre el puño de la muerte y el inerte cuerpo del Titán. Entre sus delicadas manitas traía un par de plumas blancas y dirigiéndose a la Muerte dijo:

-¡No lo toques! Él Debía llegar hasta aquí para recuperar su inmortalidad. Ni él ni yo somos para ti…Vinimos porque escrito estaba-

Seguidamente sin quitar su desafiante  mirada de la vista de la Muerte, con inusitada energía clavó profundamente una pluma en cada omóplato haciendo manar dos borbotones de sangre de la espalda del Titán. Lo tomó de ambos brazos, y así, arrastrándolo, se fueron alejando…  

-Viniste hasta aquí por mí y estás a un paso de recuperar tus alas…-

La Muerte aun transita las tinieblas rumiando la desdicha de su fracaso.

BERENICE QUIERE UN VESTIDITO BLANCO

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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Aquí nadie entra, de aquí nadie sale. Sólo hay dos accesos y los dos están enrejados; por el del lado Este se presenta el alba, por el del lado Oeste, la agonía del Sol desangrándose; más nada de eso importa. Si este lúgubre lugar no necesita de lo ausente, si este pequeño ataúd donde yace su cuerpecillo es su real jaula. Desde aquí, apenas si se entera del alumbramiento del día por el fogonazo de luz que le llega por su lado izquierdo, y el ocaso se le anuncia con esos resplandores rojizos que tiñen su lado derecho.

Nada más queda rememorar al animal ansioso brincando de aquí para allá bronceando su piel bajo el abrazador Sol del estío, alimentándose de esperanzas y sueños, desgarrando adversidades, mientras el follaje y la maleza se hacen a un lado para dar paso a su ímpetu.

Ahora desea dormir, aunque le angustia saber que mañana deberá despertar, y despertar le duele pues sabrá de un alba y un ocaso más, pero también sufrirá al reafirmarse que ya no habrá oportunidad para degustar los dorados granos de maíz que eran su deleite. La mazorca quedó allá afuera, muy lejos…

Cuanto quisiera que ya no ocurriera, pero no puede evitar despertar.

AL OTRO LADO DE LA RETINA

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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Pasaron horas y tiempos desde la tarde en que él decidiera vivir al otro lado de tu espejo, con la intención de estar frente a ti cada vez que vinieras. Quizás no recuerdes la vez que te ofreció sus manos desde el otro lado del espejo y te propuso colocar las tuyas sobre las suyas. Él no lo dijo, mas tal ceremonial, era el sello de un pacto.

*-Es cierto. Él siempre está allí, pero no sé desde cuando… no lo recuerdo, quizás siempre estuvo al otro lado de mi espejo.-

¿Sabías que la memoria de los peces, apenas retiene recuerdos por dos o tres minutos? Por ello jamás se aburren. Cada tres minutos renuevan el conocimiento que tienen de su entorno. Es esta la razón por la cual, al momento de desovar, ocultan sus huevecillos. Se lo dicta el instinto de conservación de su especie, intentando salvaguardar a la prole de la acción de los depredadores. Los peces no recordaran donde dejaron sus huevecillos. Es más, ni siquiera recordaran si alguna vez los pusieron. El humano es lo opuesto. Él sí tiene consciencia del tiempo, y sabe que el suyo no es eterno, por eso reza plegarias e inventa Dioses.

*-Quizás en sueños soy un pez, pues al despertar no recuerdo sueño alguno.-

Anoche, ambos se atrevieron a cruzar el portal hacia este plano que permite lo que sólo está permitido a la sinrazón. Esta playa desierta, lamida por las oscuras aguas de un mar libidinoso y descarado, es el escenario de turno para la tormenta, bajo la cual ocurrió el encuentro.

*-Mira donde nos venimos a conocer; entre este lodazal y bajo esta tormenta. Ya nos encontramos, ya nos conocimos…Pero no recuerdo porqué, ni de donde vinimos. No sé dónde quedó la vida que estaba viviendo-

**-Tampoco yo tengo recuerdos… Excepto tú, todo esto me aterroriza. ¿A dónde ir si no sabemos de dónde venimos? –

El viento traía un rugido persistente, como persistente era la lluvia. El frío calaba sus huesos. Hubiera sido pleno hallarse en un contexto apropiado para prodigarse las caricias que por tanto tiempo habían guardado el uno para el otro, mas ahora, ambos parecían haber olvidado esas ansias. La única urgencia era esquivar el pánico…

Ella permanecía abrazada a sí misma, rodeándose casi por completo con sus brazos desnudos, y él, miraba atónito hacia la nada. Ambos titiritaban. El viento helado flagelaba sus cuerpos expuestos, empapados, y salpicados de lodo. Hubo miedo, frío y dolor en el alma. Estuvieron juntos, pero unidos por la nada, la desolación y la ausencia de recuerdos…

Por instinto fueron hembra y macho en medio de la confusión y el caos, más ni uno ni otro jamás lo recordó.

Lo último que vieron antes de separarse fue a aquella mujer de túnica blanca emergiendo de las oscuras aguas del mar, y del otro lado, un funeral. La muerte que precede al renacer… Y el espejo volvió a ser infranqueable…

“La pelotita debía ser lanzada con la mano izquierda contra la pared. De allí rebotaría al piso, y del piso retornaría a la mano que la lanzó. Un ciclo repetitivo, tedioso y estúpido ¿Pero servirá? Un anciano delirante alguna vez me aseguró que sí funciona para evitar tener memoria de pez.”

A VECES CREO QUE NI CREO

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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Nadie sabrá que aquella noche caminamos por las paredes, el techo, y el tiempo.

Cuando estés al otro lado de la herida, querrás traer a tu memoria la deliciosa tortura de recordarme invadiendo cuanto portal hallé en ti; tu sumisión reclamando mi sudor y mi aroma a celo.

Un enjambre de mariposas manó de nuestras bocas, degustando nuestras esencias, taladrando la oscuridad del Yo animal. Semidioses revolcándose entre lujurias ancestrales que evocan un pasado en el que los humanos procreaban huevos. No importa si la realidad es cuadrada o una elipse de ciclo continuo, la testarudez nos impuso devorar lo sensato.

-Yo te acompañaré a retomar el devenir. Ahora habito en ti, y tú, rememoras al semental de barro humedecido con saliva, llanto y flujos de ambos.