HACEDOR DE DESTINOS

Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía

Cap. 3 del libro “Delirios del Lirio”

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¿Dónde estoy? ¿Qué lugar es este? No sé qué o quién soy. La oscuridad me envuelve, tengo frío, tengo mucho miedo; ni siquiera puedo saber qué aspecto tengo pues no logro distinguir nada. Quizás esté muerto y sin embargo no recuerdo haber nacido. Palpando puedo notar que poseo un cuerpo. ¡Sí,  tengo piernas y brazos!

 Me da pavor tocarme el rostro, me aterra darme cuenta qué soy pero asimismo me angustia esta soledad. Estoy recostado sobre una superficie muy dura. Debo ponerme de pie, me falta el aire, estoy empapado en sudor, un dolor insoportable me oprime el pecho. Debo pararme, mi instinto me dice que al hacerlo, menguará este sufrimiento. Mi desesperación me impulsa a erguirme, tomo envión y lo hago. La proximidad de la locura me indica que dé unos pasos, que huya, no sé de qué ni hacia dónde pero es necesario moverme. ¡DIOS! Mi tobillo derecho está fuertemente sujeto al lugar por un cordón que me lastima. Intento librarme pero todo esfuerzo resulta inútil, está muy ceñida mi atadura y resulta imposible liberar mi pie… ni modo. Bien, hay algo en mi interior que me dice que toda situación extrema requiere de una solución extrema.

Con las manos hurgo en lo que debe ser mi rostro. Descubro que tengo boca y dientes. Sin dudarlo me siento en el piso y curvando mi tórax, mi boca logra alcanzar mi pie. La primera dentellada me arranca dos o tres dedos. El dolor es intenso, no obstante debo soportarlo. Preciso alejarme del lugar pero esta ligadura me lo imposibilita. Continúo infiriéndome mordiscos, desgarrando músculos, huesos y tendones hasta que consigo zafarme de esta maldita atadura. No se hacia dónde pero debo moverme, debo alejarme de aquí…¡Pero ya!

Empiezo a caminar, mas aunque me invade la desesperación, lo hago con prudencia, temo golpearme. Sólo me guío por una brisa gélida que voy tanteando, es fría pero esperanzadora. Me doy de cabezazos contra las aristas e irregularidades de las paredes y el techo, entonces desisto de mi postura erguida, mejor avanzar a gatas y con una mano delante en pos de  precaver nuevas colisiones. Aun así, sin poder ver ruta ni destino, avanzo muy de prisa.

La brisa gélida se potencia y aunque estoy tiritando de frío, es estimulante saber que ese vientecillo helado que cala mis huesos proviene de algún lugar que tal vez sea mi única posibilidad de huida. Estoy cada vez más cerca, lo sé. El frío lacera mi piel desnuda, entonces no siento dolor en el desgarrado muñón que quedó donde antes hubo un  pie derecho.

A lo lejos veo una tenue lucecilla. No creo estar alucinando ¡Allí está! Debo darme prisa, tengo que alcanzarla. Mi ansiedad me obliga a ponerme de pie aunque medio agazapado. Como puedo, corro a fin de alcanzar la entrada por donde ingresa aquella luminosidad pero mi desesperación me juega una mala pasada. Descuidé la cautela que me guió hasta hace unos instantes, imperiosa cautela de tantear lo que podría hallar en mi ignoto camino y… ¡Estoy cayendo! Por efecto de la caída libre, siento mis órganos estrujados contra el tórax mientras la rugosidad de las paredes por donde voy cayendo, me desgarra la piel y los músculos. Al fin aterrizó sobre una superficie blanda, que reduce el impacto del porrazo final.

Estoy en medio de un lugar repugnante pero bajo un esplendoroso cielo azulado. Pasada la conmoción primaria, me doy a la tarea de observarme al detalle para reconocer mi cuerpo. Por vez primera puedo verme tal como soy. Mi cuerpo está casi enteramente cubierto de esta materia pestilente que amortiguó mi caída. En contraste a toda la inmundicia que me rodea, hay dos plumas blancas sobre mi muslo derecho. Debo salir de aquí…

Mientras camino me cruzo con seres muy parecidos a mí, salvo que ellos tienen la piel pálida y la mía es de color verduzco. Ellos caminan en sentido contrario a la dirección de su mirada, como si retrocedieran. Todos van en un continuo soliloquio consigo mismos. Nadie repara en nadie, por tanto tampoco reparan mí.

Estoy muy desconcertado y para colmo, el dolor del muñón que me quedó por tobillo, es cada vez más intenso. Quiero comunicarme, pedir ayuda… pero nadie se detiene. Todos van como autómatas con una ruta programada, siempre caminando hacia atrás.

Tengo sed, no debo detenerme ¡Pero necesito beber algo! Estoy en medio de una multitud de seres que hablan solos, caminan hacia atrás y me ignoran tanto como entre sí. Me topo con tres cuadrúpedos de largos hocicos y dientes afilados que me gruñen y amenazan con atacarme. Sospecho que los atrae mi tobillo herido pues siguen amagando con atacarme aunque de tanto en tanto se detienen a lamer los restos de sangre que dejo con cada pisada que doy.

Oportunamente, de una casucha sale una criatura de belleza angelical, los cabellos recogidos en dos trenzas que caen desde ambos lados de su rostro cubriendo en parte, las tentadoras turgencias que brotan de su pecho. La celestial aparición, coge una vara y con ella espanta a mis potenciales atacantes que no se demoran en huir. Apenas logra su cometido de alejarlos, viene hacia mí. Recién entonces reparo que es diferente al resto de los seres con los que me crucé. Ella camina como yo… hacia adelante. Toma mis manos, las mira y acaricia con devoción, eleva la cabeza hasta conectar su mirada con la mía, se empina sobre los delicados dedillos de sus piececitos  y apoya sus labios  en los míos. Una vez más se retira, vuelve a tomar mis manos y repite el ritual de mirarlas y acariciarlas con devoción.

-¡Tú eres el enviado del HACEDOR DE DESTINOS! Pasa, te estaba aguardando. Tal vez no lo recuerdas pero tú y yo fuimos marido y mujer entre la tenue luz del pasado… también yo pasé por la purificadora transición de la oscuridad.

Entramos a la casucha y me da de beber un líquido agridulce que trae en la concavidad de sus manos. A continuación, saciada mi sed, con un paño húmedo va limpiando cuidadosamente cada centímetro de mi piel, cuando llega al muñón de mi tobillo derecho, me dice:

-También tuviste que hacerlo…-

Comienza a lamer mis heridas. Asombrado, veo que con cada lamida mi corroído pie va regenerándose hasta quedar completamente restablecido, sin ninguna cicatriz que exponga lo sufrido.

Una vez más me toma de la mano invitándome a incorporarme. Me conduce hasta una puerta que da hacia la parte trasera de la casucha. Al abrirla, noto que más allá del umbral no hay paisaje, sólo un vasto espacio en blanco con ausencia total de imágenes u objetos. Confundido, volteo hacia ella. Intuyendo que me apremia una explicación, tras otro delicado beso, me entrega un tarrito lleno de pinceles con cerdas de diversas formas y grosores.

-Los guardé para cuando regresaras. Nuestro jardín está en blanco, debes pintarlo con los colores de la felicidad plena que se me ha comisionado prodigarte.

-No sé si soñé, morí o nací… ni siquiera estoy seguro de mi existencia pero me urge narrarte esto que tampoco sé si ocurrió.

“Pinté un hermoso ocaso donde sólo sus cabellos azabache competían con el brillo de la noche estrellada. Ambos, de aquí para allá, extasiados al vernos sonreír uno al otro, éramos dos niños jugando y retozando en un prado inmenso que yo me había encargado de pintar con agraciados colores que dejábamos a nuestro paso. En este infinito éramos dueños del mundo, El Orden universal nos había conferido el poder de diseñarlo acorde a nuestras necesidades. Era lo más parecido a nuestra existencia prenatal pero no flotábamos en líquido amniótico ni había límites. La vastedad sin horizontes era una dádiva exclusiva para nuestro vagabundear. Se nos ocurrió sentarnos en la hierba y con mis pinceles coloreé una gran seta para guarecerla de la fresca brisa nocturna”

Ella me premió con un suave beso en los labios, me tomó las manos, las acarició y besó con devoción.

– Tienes dedos delgados y largos, como las aves. Con ellas podrás dar color a todos los mundos que visites ¿No quieres pintarme una hermosa corona?… Quiero ser Reina desde hoy y para siempre. Emergimos de entre el dolor y la oscuridad para volver a ser seres de luz.

En el preciso instante en que su boca se abrió en “O” para el beso apasionado, el cielo se tiñó de azul profundo y una lluvia de plumas níveas cayó sobre nosotros, formando el mullido colchón donde nuestros cuerpos se unirían en sacro amor…


30 respuestas a “HACEDOR DE DESTINOS

  1. Ah Oswaldo, sí que me sorprendiste con este relato, no la pintura; esa ya la conocía pero de relato… fuerte, muy fuerte… el color de azabache de sus cabellos…antes eran dorados… la vida fluye y vienen aires renovadores… congratulaciones, Maestro!!!!

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  2. Myriam Jara. QUIEN MEJOR QUE TU PARA REFERIRSE A MI OBRA. HAS PARTICIPADO EN LA EDICION DE MIS LIBROS Y EN LA CORRECCION DE MUCHA DE MI LITERATURA, POR TODO ESO, TAMBIEN TE ESTARE ETERNAMENTE AGRADECIDO, ADEMAS DE EL HECHO DE ESTAR NUEVAMENTE AQUI. MUCHAS GRACIAS!!

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