ORÁCULO

Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía

Cap. 4 del libro “Delirios del Lirio”

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Venía de muy lejos; llevaba siglos caminando, cuatro o cinco tal vez… qué más da. Obsesionado con la búsqueda de una verdad, cada día era hurgar y hurgar en todos los rincones del mundo a la espera de hallar una respuesta. Ausencia de amistades, ignorado por el amor, ansiando un atardecer que apreciar… mi presencia en diferentes planos y bajo distintos cielos, se reducía a caminar y caminar; ojos y oídos atentos; olfato, gusto y  tacto, alertas. La codiciada respuesta podría estar en cualquier lugar o manifestarse a través de alguno de los sentidos. No había tiempo para el esparcimiento. La respuesta, la verdad tan anhelada, podía estar en frente y no ser percibida debido a un instante de distracción.

Había recorrido el mundo entero y sin embargo no lo conocía. Había visto millones de hombres y mujeres y nada sabía de los seres humanos. Había convivido conmigo mismo todos estos siglos… y tampoco sabía nada de mí. No supe del deleite, ni tengo  recuerdos de mí andar, algún que otro pasaje, paisaje, noches de luna, tardes de sol obstinado lacerándome la piel. Nada, tan sólo  un vacío en la mente… sé que vengo de acullá, donde el sentido se obstruye y los recuerdos se ahogan…  pero no me doy por vencido… camino sin cesar en busca de la revelación que me conduzca a la gran verdad, la verdad que persigo… si bien ya he olvidado mi interrogante.

Escalar la cima de este volcán extinguido es un martirio, estoy exhausto. El roce incesante con las filosas rocas de las que me debo sujetar para seguir trepando, hacen sangrar mis manos y pies.  De todos modos no debo renunciar…la respuesta anhelada puede estar en cualquier lugar…

Es casi la medianoche cuando llego al borde del cráter. El cielo, negro azulado, está tapizado de estrellas que brillan intensamente, semejándolo a un paño de terciopelo donde descansan pequeñas piezas de diamante tallado.

Me recuesto en una piedra saliente y observo el firmamento con escrupulosidad, pudiera ser que  él me proporcione la verdad ansiada. Hundo los ojos, escudriño cada milímetro de su extensión pero tampoco allí encuentro la respuesta; debe ser porque no sé qué preguntarle. Igual insisto, tengo muchos siglos más por delante. Insisto, sí pero justo  cuando intuyo que la respuesta no está arriba, cuando decido cerrar los ojos en busca de una exigua tregua para mi mente obnubilada, una fosforescencia proveniente del mismísimo centro del cráter, me encandila. Parece un ojo seductor espiando la noche. Debo acercarme y observar con mayor atención. Es una señal y cualquier señal podría ser una potencial portadora de la respuesta.

Al otear por el agujero puedo darme cuenta de que es una entrada hacia… Hay una escalinata en espiral conformada por innumerables escalones que descienden bordeando las paredes del volcán hasta llegar a una inmensa rotonda atestada de personas que van de aquí para allá. Mi curiosidad me supera y me dejo llevar por la fuerza de la gravedad hacia la zona más  insondable del cráter.

A medida que voy bajando, todo lo que percibo  me resulta misterioso pues jamás vi nada análogo. Con mucha cautela, comienzo el descenso y cada cierto tramo de la escalinata, debo detenerme porque me topo con cuevas cuya iluminación va en aumento, de tal modo que puedo apreciar con nitidez lo que ellas pretenden ocultar. Alcanzo la primera. Grotescas rameras expenden sus caricias embebidas en licor y “hashis”  que también te ofrecen a cambio de un puñado de monedas. Observo ese paisaje de aire impuro e intuyo que no está allí mi respuesta. Prosigo el peliagudo declive y luego de unos metros, vuelvo a detenerme frente a otra caverna donde hay gitanas vestidas de sedas multicolores. Ellas te venden el futuro que está escrito en tus manos… Cada una de las cuevas es un antro atiborrado de parroquianos y curiosos en busca de placeres momentáneos, quimeras que por fugaces lapsos serán parte de su realidad. Deambulo con naturalidad, como si fuera uno más entre ellos, intentando mimetizarme para pasar desapercibido. No deseo contratiempos que puedan desviarme de mi búsqueda. Me cruzo con fenómenos, seres de lo más extraños que juzgo extraídos de un mundo mordaz: enanos que encerrados en jaulas pequeñas colgando del techo, piden limosna; travestidos con rostros tatuados, pintarrajeados y exhibiendo su anatomía, impasibles ante su desnudez, muestran sin pudor todo lo que tienen; mujeres de cabellos multicolores, con cortes y peinados extravagantes.

Estoy en el reino del absurdo, averno donde se dan cita la demencia, la decadencia y la degradación del ser humano. En este reinado libertino, todos los vicios reclaman presencia y notoriedad. Conforme voy descendiendo, me resulta cada vez más natural y  familiar ¡Si hasta me dan ganas de sonreír con la misma sonrisa vacía y estúpida que manifiestan los otros! El hedor imperante, mixtura de humo de hashis, licor, sexo y sudor, me causa repugnancia… pero se van tornando soportables. La timidez y el recelo ceden y me confieren pasos firmes, mucho más decididos. Este caos es como un virus que va atacando mi organismo; comienzo a pensarme uno más de ellos, deambulando en mi elemento. El ruido monótono, incesante pero acompasado que produce un grupo de extravagantes con aspecto paradójico, provistos de tambores e instrumentos raros, es cada vez más invasivo. Casi todos caminan moviéndose al compás. También yo agito la cabeza siguiendo el ritmo, no me lo propongo, simplemente actúo como un zombi al que se le despojó  de la voluntad.

Una mujer que llevaba la mitad derecha de su cráneo rapado y la otra mitad cubierta por una frondosa y desordenada cabellera color verde, clava su mirada en mí. Por su aspecto podría ser la personificación de la lascivia; sus apetitos son más que evidentes. Abriéndose paso entre los andantes, se aproxima y descaradamente me coge de la entrepierna. Así, con esa desfachatez, me conduce hasta la cueva de donde vino. Las emociones son desconocidas, aunque encontradas. Tengo urgencia por el palpable placer pero también miedo y repugnancia, me siento sucio pero no es mugre de cuerpo sino inmundicia del alma, y sin embargo no puedo resistirme a la circunstancia que me sabe excitante.

Habíamos avanzado unos metros hacia el interior de la cueva cuando una vocecilla suave, disonante  con  la  realidad circundante, se dejó escuchar.

-¡Esto no es para ti! Eres forastero en este mundo… Ni tu cuerpo ni tu espíritu pertenecen a este lugar-

La joven que había pronunciado tamañas palabras, permanecía recostada entre la refulgencia de tules y sedas. Era bellísima mas en ese hermoso rostro, resaltaban unos ojos negros que no cesaban de manar lágrimas… también negras.

 -¿Quién es ella?—Pregunté a la mujerzuela que me jalaba.

-Dice llamarse “La Voz del Oráculo” pero nadie le hace caso. No come, no duerme, todo lo que hace es llorar, día y noche se escuchan sus sollozos… está loca, nadie se ocupa de ella. Olvídala y sígueme ¡Vamos!

-¡Quiero verla de cerca!- Dije y me zafé de las manos de la mujerzuela que se quedó maldiciéndome e insultándome sin intentar detenerme.

Me aproximé a un ventanal hoyado en la roca que se comunicaba al habitáculo de la bella joven de  ojos lagrimeantes.

-Viniste en busca de sabiduría ¿Te conformarás con llevarte unos instantes de placer inmundo y como recuerdo alguna enfermedad venérea, quizá? Sé quién eres, sé a qué viniste… aunque tú ya ni recuerdas qué querías hallar. Ven, recuéstate a mi lado, debes dormir. Lo que debo decirte debe ser pronunciado entre sueños.

Y así aconteció. Un letargo intenso fue apoderándose de mí mientras yo me deleitaba con la cercanía, visión y aroma de la linda joven. Los párpados me pesaban, ya no era dueño de mis sentidos, escuchaba su voz como una caricia y por ella me dejaba envolver.

-Tú vienes de otro lugar, tiempo y espacio. Estás acá para recolectar el conocimiento que en un período no lejano, deberás dar a conocer. Es por ello que viniste a esta sucursal del infierno; con ese cometido es que manchaste tus sandalias con el fango del averno, más no tu cuerpo ni tu espíritu. Mi misión es preservarte puro e inmaculado de la inmundicia. Eres mensajero y yo debía cuidar de que no te contamines con los mensajes que deberás entregar. Ya cumplí mi cometido. Ahora debes irte pero llévate estas plumas blancas que estás dejando en mi lecho. Nadie debe saber quién era el forastero que una noche soñó a mi lado.

Me despertó la voz de mi madre. Entonando un tierno arrullo, me acunaba mientras me daba de lactar de su seno, entonces recordé lo que entre sueños me dijo la joven que mojaba su rostro con lágrimas y ensuciaba sus cabellos con cenizas del volcán. Por el momento debía guardar silencio, no era el tiempo de entregar mi conocimiento, mas nunca olvidaría aquello que debía decir…

-Yo era un mensajero.


15 respuestas a “ORÁCULO

  1. Oswaldo, artista, creador de fantasías y por qué no de realidades que no nos animamos a contar. Tu vocabulario exquisito, tus recursos estilísticos, tu prosa tan bien llevada que intrigas al lector deseando llegar al final…Y qué final la de esta historia que seguramente tiene algo de ficción y mucho de real….Abrazos infinitos…

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