PLASCEBO

Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía

Cap. 5 del libro “Delirios del Lirio”

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-Llegas muy a tiempo, mi viejo amigo, tengo algo que quiero compartir contigo. Lástima que no tengas boca pues sería lindo conversar fluidamente pero para mostrarte lo que he descubierto, basta con que puedas ver y oír. Dios te diseño así,  lo hizo adrede para que fueras un almacén de sabiduría y tu sapiencia no se extravíe entre palabras que pocos entenderían. Pero no te quedes ahí ¡Pasa, ven! No tengo mucho para invitarte, apenas unos bocados de maná que cogí esta mañana de mi jardín.

Mira ¿Ves este extraño libro cuyo único contenido es una receta? Lo hallé para deleite de nuestro espíritu. Dizque esta pócima tiene el poder de convertir a quien lo bebe  en antena receptora de mensajes emitidos por seres extraños que constantemente nos están vigilando desde más allá de donde penden las estrellas.

¿Estabas al tanto de ello? Vaya, vaya, veo que sí, has asentido con tu cabeza. Y si sabías de esto ¿Por qué nunca me lo comunicaste? Tus manos me hablan y yo entiendo lo que quieren expresarme, así como el brillo de tus ojos; siempre fueron muy elocuentes para mí

¿Dices que has visto a esos seres? ¡Jaaaaaaaaa-ja-Jaaaaaaaaa! No, por favor, no te enfades, no me estoy burlando, es que me sorprendiste… ¿Dices que eres uno de ellos y que viniste a cuidar de mí? Ciertamente, creo que estás loco ¿Acaso no soy yo quien cuida de ti y a menudo te provee comida? Aunque… ahora que reparo en ello…siempre te la llevas en los bolsillos, nunca te vi comerla ¡Lógico, si no tienes boca! Hay muchas cosas que se me pasaron por alto… tu salud…  jamás te he visto enfermo, no es natural, poco más, poco menos, alguna vez todos nos enfermamos… pero no tú, es extraño, ya lo creo. ¡Ey, tu risa! A pesar de tu incapacidad para exteriorizarla  ya que careces del elemento físico en pos de que el sonido se expanda, puedo percibir tu silenciosa carcajada ¡Ah! Te mofas de mi torpeza y distracción… jajaja, me has hecho reír de nuevo… es verdad, llevo años dándole comida a quien está falto de boca para ingerirla. Tienes razón, soy estúpido o  tal vez el loco sea yo…

¡Ya deja de reírte de mí! Es cierto, sí, soy un estúpido demente que por andar ensimismado, hurgando entre quimeras y sueños, descuido mi vida real, entonces el mundo que me rodea me es extraño, no consigo comprenderlo. Quita tus brazos de mí, no intentes consolarme, tu abrazo me hace sentir más ridículo aún.

¿Por qué te llevabas el alimento si no puedes ni necesitas comer? Aja, sí, sí, tu imaginario perro de dos patas que, según tú, es capaz de hacer música hasta con los latidos de su corazón. A él se la llevabas… la comida que yo te daba se la llevabas a tu imaginario perro de dos patas…

¡Ya suéltame! ¡Mira lo que has hecho! Por tu culpa he tropezado y tiré el saxofón. Un día de estos me dedicaré a ordenar este caos en el que habito, acorralado por objetos inútiles que se van amontonando, acaparando más y más espacio, bloqueándome la salida. Si, voy a tener que poner un poco de orden o ya no podré moverme ni siquiera para recoger maná de mi jardín y preparar bocadillos para tu imaginario perro de dos patas… pero eso será otro día.  Ahora leamos el libro que, para deleite de nuestro espíritu, hallé entre tantas futilidades. Escucha, escucha…

*Ingrediente principal:

 Un trozo de esos cactus que resguardan la entrada al cielo. Reconocerás el apropiado pues tiene el diseño de una estrella de siete puntas.

*Preparación:

Cortarlo en rodajas, sumergirlo en tres litros de agua y hacerlo hervir a fuego lento durante trece horas, luego machacar todo, tamizar el resultante y beberlo. Ahora sí eres una de nuestras antenas. El resto del libro está en tus manos…

¿Lo ves? Todo es sincrónico, amigo mío, nada es casual en esta dimensión, lo que está es porque debe estar, en el sitio preciso, en el momento indicado. Este desorden es mi cielo. Fui a la puerta y efectivamente, hallé un cactus que al mirarlo desde arriba, presenta el diseño de una estrella de siete puntas. He seguido al pie de la letra las indicaciones de la receta y mira, obtuve esta pócima de verde fosforescente. Quería compartirlo contigo pero claro… si no tienes boca… Lo que me inquieta es que el resto del libro está en blanco y aquí dice que ello está en mis manos… ¿Qué querrá decir?

No, por favor, amigo mío, no te vayas, quiero que estés aquí para que seas testigo de  lo que este brebaje provoque en mí. Con tu permiso, voy a beberlo ¡SALUD POR TI! Ahhhhhhh… corre por mi esófago, llega a la boca del estómago, está dentro de mí y sin embargo no ocurrió nada extraordinario. Salvo el sabor amargo del preparado este, no siento nada extraño ¿Estoy temblando? Creo que sí pero no es frío que cale los huesos, es el ocaso… La noche se presenta como un papel arrugado, toda en color gris, con esa pesada quietud que sustenta la sospecha de que es augurio de algún acontecimiento de esos que traspasan las entrañas y también el alma. La angustia de ese presentimiento invade la realidad. Entre todas esas formas difusas de paredes y calles empedradas, con brillos fantasmales que origina la humedad que las recubre, repentinamente hace su aparición un ente. Parece extraído de una pesadilla… el viejo jorobado y narigudo está cubierto por una manta andrajosa y raída. Su presuroso andar es el remedo de los pasos que daría una gallina renga. Un bastón intenta paliar la desmesurada cadencia de sus caderas sin conseguirlo ¡Pobre y estúpido viejo que quisiera ser gacela! Lo intuyo pues constantemente mira asustado hacia atrás, como queriendo cerciorarse de cuánto se ha alejado o cuán cerca está el objeto de su pánico. En perfecta sincronía, un murmullo y una opaca iluminación amarillenta irrumpen en  la noche gris. El bullicio es cada vez más intenso al tiempo que  la luz va tornándose naranja y con mayor presencia ¡Válgame Dios! Es una multitud enardecida enarbolando palos, garrotes, tridentes, teas encendidas y odio, inconmensurable odio que se percibe a la distancia. Más que obvias sus intenciones… ¡Desean linchar al viejo que huye en perturbada carrera! ¡Dios mío! ¿Cómo es posible que yo sienta el pánico que debe sentir el viejo? ¿Acaso soy  el viejo jorobado y rengo que huye? ¡Nooooooooooooooooooooo! Los parpados me pesan… Debo parpadear, mis globos oculares están resecos, debo lubricarlos, debo parpadear… ¡Mis órganos internos me oprimen el pecho! ¡Aaaahhhhhhhhhhhh! No puedo respirar…oxígeno, necesito oxígeno, me asfixio… ¡Estoy cayendo! ¡Estos trozos de cristal que caen más aprisa que yo, me están destrozandoooooooo! Las vísceras de mis entrañas se contraen como el papel arrugado que semeja la noche gris… duele… duele… duele…

¡No me toquen, nooooooooooo! OH, eres tú, amigo mío, que alivio… No tienes idea de donde he estado ni lo que he visto… ¿Escuchas esos toc-toc-toc? ¡Contéstame! ¿Puedes escucharlo? ¡Habla con tus manos, hazlo! ¿No notas mi miedo? Toc- toc-toc… ¡Llaman a la puerta! No, no, no abras…Deben ser ellos,  los que me quieren linchar ¡No abras! ¿Dices que no? Piensas que deliro, es eso, no me crees… ¡No estoy delirando, maldición! ¡No abras! ¡No lo hagas!

A pesar de mis súplicas, mi amigo abrió la puerta pero no había una multitud enardecida, no,  el que entró fue el perro de dos patas del que siempre me hablaba. Pasó por mi lado escudriñándome de pies a cabeza y  luego se sentó en un rincón, adoptando una postura casi humana. Mi amigo cogió el saxofón y le colocó la boquilla en el hocico. El extraño perro empezó a soplar mientras que con sus dos únicas patas tecleaba las llaves del saxofón, arrancándole sonidos entre sensuales y melancólicos. Mis emociones habían virado del pánico al éxtasis. La música que ejecutaba el perro de dos patas sonaba como una caricia. Me llamó la atención el ruido que provocaba mi amigo sin boca. Se retorcía tal si estuviera danzando. Imprevistamente empezó a sufrir un proceso de metamorfosis; su cuerpo fue revistiéndose de escamas amarillentas a la vez que mutaba a ofidio. Atónito, lo vi desmoronarse y una vez en el piso, reptó unos metros. De sus colmilludas fauces emergió una bellísima mujer con extensas alas blancas empapadas de una secreción cristalina. La mujer alada continuó la danza que mi amigo interrumpiera con su transformación. Paulatinamente, su aleteo fue secando el blanco plumaje de sus alas. La música cesó y ni siquiera me volteé  a ver al perro de dos patas, sólo reparaba en ella, no conseguía despegar mis ojos de su espigada figura. Aparecieron unas losetas flotantes, ordenadas a modo de escalinatas que conducían hacia el portal abierto del cielo y por ellas emprendió la ascensión. Había avanzado unos pasos, cuando giró hacia mí y me dijo “Volveré por ti” y continuó ascendiendo hasta perderse en el firmamento. Me dejó de recuerdo una pluma blanca como las que recubrían sus alas…  es esta con la que voy escribiendo sobre las hojas en blanco del libro que alguna vez contuvo únicamente la receta del brebaje mágico, y que ahora se van rellenando con mis alucinantes vivencias.


12 respuestas a “PLASCEBO

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