VERTEDERO DE TIJERAS.

Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía.

Cap. 20 del libro “Delirios del Lirio”

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Has vivido mil vidas, sumergido en el limbo de la cordura, alternando entre vidas y muertes expiatorias, con  el único fin de redimirte de un pecado que allá, muy allá en el tiempo, te atreviste a cometer quebrantando un mandato fundamental emitido por los venidos de las estrellas.

¿No me recuerdas, verdad? Te diré quién soy. Esta es mi historia:

*-Madre, hoy no desayunaré; debo salir y tengo prisa…

**-¿A dónde crees que irás así? ¿Acaso ignoras que los días martes las niñas no deben usar el color verde en los cabellos?  ¡Además sabes que no te tengo permitido usar esa túnica amarilla!

*-Algo me dice que alguien que no conozco ni me conoce viene por mí, y no quiero ser impuntual. Debemos encontrarnos en el camino que viene de ningún lugar. Ambos nos reconoceremos, por nuestras sonrisas tristes e indelebles. Viviré una vida con él, y luego vendremos juntos para la cena. Guárdanos unos panes, pues hacer el amor siempre abre el apetito.

La primera vez que nos reconocimos, te hallé sentado sobre la gran roca que te servía para atraer los bostezos previos a tus  sueños delirantes. Estabas empacando en unos tubos la magia que manaba de tus manos, pues no tardarían en llegar las aves que los llevarían y  repartirían por el mundo, entre los espíritus inquietos y alertas.

*-Ya estoy aquí; soy quien has estado esperando sin importar mi nombre. No es necesario que lo sepas ni lo recuerdes; lo que no podrás olvidar son mis ojeras que tienen color de promesa…

***-Llegas a tiempo. Pasé la noche construyendo este refugio que cobijará nuestro “por siempre”, aunque este quizás dure sólo un instante.

*-…Un instante de buen amor se graba por siempre…

De un salto bajaste hacia mí, me cargaste y con delicadeza me depositaste sentada sobre la gran roca.

*-Me vestí con esta túnica amarilla para que tú me despojaras de ella…

Entonces juntamos nuestras pieles y disfrutamos plenamente de lo cóncavo y convexo de nuestros cuerpos. Mientras gozábamos recorriéndonos cada centímetro de nuestra desnudez me topé con los apéndices que emergían de tu espalda, uno en cada omóplato. Quise preguntar, pero preferí el placer antes que disipar interrogantes. Aquella noche caminamos por las paredes y el techo de nuestro refugio, unidos, compenetrados como un solo cuerpo y una sola alma.

El instante eterno que nos prometimos…

Repentinamente todo se quebró cuando llegaron esas luces enceguecedoras en medio de aquellos chirridos ensordecedores. Tú te interpusiste entre ellas y yo escudándome; yo me abracé a ti, pero me fuiste violentamente arrebatado. Las luces resplandecientes se concentraron frente a mí y no pude ver más, sólo escuché tus gritos desgarradores mientras todo el lugar era invadido por ese acre olor a carne chamuscada.  

Cuando empezaron a disiparse mis sentidos pude ver tu cuerpo inmóvil, tendido bocabajo; y en tu espalda, donde antes hubo esos extraños apéndices, aún humeaban dos círculos negros, como marcas de tajos cauterizantes.

Tu cuerpo inanimado, quieto, estaba allí, pero tú te habías ido. Aguardando tu regreso, arrodillada ante lo que de ti quedó, entre mi dolor y el llanto se me fue la vida.

Así empezó esta enviciada espiral de vidas en la que ambos caímos, viéndonos envueltos en constantes encuentros, el reconocernos y luego los desencuentros. Esa fue tu condena por abandonar la caminata que regían los venidos de las estrellas, y por regar tu semilla en mis entrañas. Te seguí en cada una de tus mil vidas; en cada una de ellas morí de tristeza por tu amor perdido, o de vejez aguardando tu retorno. Fui Eva, fui Magdalena, fui oso de peluche; fui niña, mujer y hembra. Aparecí en tus mil vidas con mil nombres y mil rostros diferentes; en algunas, hasta con mi ausencia estuve presente, pues fui la inspiración para tu andar…Siempre intentando entender el porqué de nuestra repetitiva frustración; queriendo descifrar quien eras, pero sobre todo ello, amándote.

Hasta ahora que bajaste hasta los mismos infiernos a rescatarme de las afiladas garras de la mismísima Muerte. Entonces tuve una revelación mientras caminaba desde mi lecho mortuorio hacia la luz al final del túnel. Visualicé al Arq-ángel desterrado. Imploré por volver a ti, y se me concedió.

En cada una de tus correrías, entre tus mil vidas; en casi todas fui tu compañera, en otras fui testigo en primera fila de las batallas que debiste librar.

Hoy no hubo lluvia de plumas blancas, pero aquí tengo una que guardé para esta ocasión…Ella te servirá por si decides escribir esta historia delirante que juntos vivimos.

No importa si nadie cree lo que narres… Al fin y al cabo, es posible que todo esto jamás haya ocurrido… Quizás tus mil vidas, las inventaste tú…  


2 respuestas a “VERTEDERO DE TIJERAS.

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