LYRICS

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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Todo era muy extraño, muy ajeno, muy “nunca visto”; pero estaba allí, ante mi atenta mirada, reclamando que le de licencia para existir, afanándose por parecerme cotidiano… por pertenecerme. Era una deliciosa invitación a la locura y, difícilmente, quien transita por el estrecho sendero que limita entre la fantasía y la demencia, podría negarse a participar de ella.

Decenas de seres paridos por alguna mente delirante, que los concibió graciosamente deformes, danzaban, se contorsionaban, o simplemente caminaban haciendo muecas, pero siempre manteniendo la cadencia que dictaba aquella invasiva fanfarria que copaba la demencial escena. Era una coreografía alucinante, extraordinaria, exacta y saturada de colores.

Al fondo, había unas esferas de brillantes de variadas tonalidades, suspendidas por cuerdas, oscilando en diversas direcciones, y era tal la precisión que jamás chocaban entre ellas. Sobre estas, estaban montados unos seres con patas de chivo, sin cabeza y con los ojos en el centro del tórax. Brincaban acompasadamente de una a otra esfera. Un par de hermosas piernas femeninas, cada una independiente de la otra, se paseaban por el escenario haciendo gráciles y provocativas cabriolas. Un huevo rosado con patitas de madera, saltaba a la soga que agitaban, de un lado una mujer con cabeza de árbol y pies rematados en rueditas, y del otro lado un pez con cabeza de buitre. Los personajes aparecían y desaparecían de la escena, dando paso a otros de apariencia tanto o más descabellada.

De improviso, todos desaparecieron; se hizo un silencio muy denso, pero desde el  lado izquierdo, fueron reapareciendo uno a uno en extensa hilera, jalando en común esfuerzo, unas andas rodantes con una caja negra que al llegar al punto central del escenario, hicieron girar, dejando ante mí su contenido: Un ángel de alas y piernas mutiladas que pese a la ausencia de ojos, pues su cabeza era solo una boca, supe que lloraba, realmente lo percibía ya que toda ella era un monumento a la tristeza.

El ángel comenzó a cantar en una lengua incomprensible, sin embargo yo intuí que le cantaba al amor. Todos, tanto los deformes del escenario como yo mismo -el único de la platea-, la escuchamos más que extasiados. Cuando culminó su interpretación, me puse de pie y subí al escenario, conmovido y con lágrimas que me nublaban los ojos. Abriéndome paso entre la multitud de deformes, al llegar hasta ella, me arrodille ante el anda, le agradecí por estimularme a enjuagar mis ojos y me acerqué a abrazarla. Ella, en respuesta, lamió mis mejillas y bebió de mis lágrimas.

-Canté para ti y quiero volver a hacerlo. Te espero mañana en otro de tus sueños, loco divino- Fue lo que escuche de sus labios.


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