GALLETITAS CON ROSTROS ABSURDOS

Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía

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Quizás era la edad, o quizás alguna enfermedad del alma, pero cada vez le era más dificultoso dar el siguiente paso; por ello, apoyándose sobre aquella vara de madera negra que usaba como cayado, solía pasear por aquella esferita que algún Dios burlón le asignó por mundo.

Entre la soledad y lo estrecho de su espacio, era imperante refugiarse entre la fantasía, y para ello el gigante con sonrisa de niño era muy proclive.

Mientras duraba el día, y estaba despierto se inventaba juegos y realidades alternativas en las que se adjudicaba poderes y facultades imaginarias, en complicidad con su alucinante mitomanía.

En esos estados había logrado auto-convencerse de que si olvidaba algo, le bastaba con caminar hacia atrás, de espaldas, hasta llegar al lugar donde ocurrieron los hechos olvidados, y luego  re-andar y recordar los acontecimientos… Juego estúpido y manipulado, pues siendo él, juez y parte, siempre acertaría en lo recordado.

Una tarde, cuando ya el ocaso empezaba a negrear el cielo; regresando de su rutinario paseo alrededor del aproximado centenar de metros que media la circunferencia de su exclusivo mundito, halló en la vera del  camino, en posición de sentada, a una  decolorada muñequita de trapo, de carita regordeta, amplia sonrisa dibujada, e hilos de lana azabache fungiendo de cabellos, que caían con mucha gracia sobre su pecho  y hombros.

En un mundo dominado por la fantasía, sería más que un sacrilegio exigir explicaciones sobre el porqué o de donde procedía lo que se le presentara. Por ello, sin mediar palabra o interrogante, la cogió con delicadeza entre sus manazas temblorosas. La estrechó contra su pecho y acarició los filamentos de lana azabache que coronaban su cabecita; ello con la ternura y devoción que sólo puede inspirar el tocar a un ángel. Así, con su muñequita pegada al pecho, enrumbó hacia el cubículo que le servía de refugio, pletórico de una inusitada euforia.

Apenas atravesado el umbral de acceso a la casucha, el gigante con cara de niño, estiró sus brazos hacia adelante, con la muñequita asida por el tórax; como para verla en toda su plenitud física la puso frente a sí. El temblor descontrolado de sus manotas se reflejó en las piernitas, bracitos y cabecita de la muñequita contagiándoles  un  movimiento  pendular. Entonces el gigante preguntó -¿Quién eres realmente? ¿A quién perteneces?- Lógicamente, no hubo respuesta alguna…

-¿Por qué no me respondes? ¿Tienes miedo de mí, o le temes a alguien? Es posible que ni existas, y sólo estés en mi imaginación… O quizás tienes la enfermedad del silencio… Si es así, intentaré curarte. La Mandrágora tiene el poder de curarlo todo-

“Cuando un ahorcado despide su última exhalación, al mismo tiempo eyacula. Si su semen cae a la tierra, este se introduce en el subsuelo, y centímetros más abajo hace germinar un  tubérculo con retorcidas formas que remedan a una pareja de cuerpos humanos en posiciones coitales. Quien sea frotado con esta raíz, será curado de todos sus males.” 

El gigante se cubrió con una manta para protegerse del  frío nocturno y salió de la casucha caminando hacia atrás, de espaldas, en búsqueda de un tiempo y un lugar que él se inventó como escenario donde alguna vez ahorcaron a un villano.

De aquí para allá anduvo en la oscuridad, siempre hacia atrás, de espaldas; hasta que al fin se detuvo, diciendo -¡Aquí es!- Y empezó a excavar con sus temblorosas manos, hasta que halló y pudo desenterrar el tubérculo que estaba buscando. Este tenía la forma de una grotesca pareja humana en la posición coital de “El Misionero”. La envolvió entre su manta y emprendió el retorno a casa.

En el interior de la casucha, embargado por una ansiedad desmedida, frotó con la raíz, cada centímetro del cuerpecillo de la muñequita. Luego de su minuciosa tarea volvió a las preguntas: -¿Quién eres realmente? ¿A quién perteneces? ¿Por qué no me respondes? ¿Tienes miedo de mí, o le temes a alguien? …Lamentablemente tampoco hubo respuesta alguna…

Tomó a la muñequita con su mano derecha, con la izquierda se sujetó al cayado, y salió a la intemperie, caminando hacia atrás,  de espaldas. Así llegó hasta el lugar donde, por la tarde halló a la muñequita. La colocó en la misma posición en que la encontró, y regreso a casa con los ojos llorosos, y con la convicción de no volver a jugar jamás el juego de caminar hacia atrás, de espaldas, en busca de recuerdos.

“Es mejor olvidar para siempre lo que no tiene respuestas a interrogantes tan simples”


Una respuesta a “GALLETITAS CON ROSTROS ABSURDOS

  1. Hola Oswaldo, vaya relato que nos regalas esta vez. Uno siente cariño por ese gigante con cara de niño. Me hubiera gustado que la muñequita le contestara y que él se deleitara en las respuestas. Una gran ilustración también. Un abrazo cariñoso.

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