ACEITES PARA LA VIGILIA

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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-Dime ¿Cómo permitiste que tu padre abriera tu cráneo y jugueteara con lo que tienes allí dentro? ¡Si sabes cómo es de distraído y olvidadizo! Ahora que desordenó tu cordura, serás parte de esa legión de errantes sin sosiego que vagan descalzos pisando las espinas del camino. O serás otro Ángel demente de los que reconocen su par etéreo entre los vericuetos de las cavernas del destino ¡Y todo por un tornillo mal puesto! O una tuerca olvidada…

*¡No es cierto, yo nací así! Hechicera por ti, y Ángel por ese orate divino que nos mira asustado desde su rincón, pensando que, quizás, la fantasía que me heredó pueda ser áspera.

-¿Y ahora dónde vas? ¿No sabes que los martes las niñas no deben usar botas, ni el color verde en los cabellos?

*Algo me dice que alguien que no conozco ni me conoce aguarda ansioso mi llegada, y no quiero ser impuntual. Ambos nos reconoceremos, pues llevaremos un periódico de pasado mañana en la diestra. Viviré una vida con él, y luego vendremos juntos para la cena. Guárdanos unos panes, pues hacer el amor siempre abre el apetito.

“Ella venía de Magdala, y él del otro lado del río. Ni bien se vieron, corrieron a abrazarse… Y fue entonces que hablaron la misma lengua”.

HOY NO ATIENDE MARAT

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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Si es tu deseo, si eso se te antoja, puedes morirte ahora mismo, sin embargo, no olvides renacer. Recuerda que necesito escucharte cantar; es preciso que me cuentes otra más de tus historias, Cuentero. Ahora ve y pernocta más allá de este punto dimensional en que cohabitamos, pero al despertar el sol, nuevamente quiero oír tu voz.

…Y no te lo estoy pidiendo, no te otorgo libertades ¡No! Te ordeno brillar en la mañana. Comprende y haz lo que te digo, ya que no hablo desde el caprichoso decir. “Si no hay amante para la noche ¿Cómo has de despertar amando?”

Me acurrucaré a tu lado, y al abrir tus ojos, mi nombre será canción en tus labios ¡Buenas noches, Palabras del Amanecer! Descansa, mientras aguardo tu renacer…Por favor…

SÓLO LOS POETAS MUEREN MIL VECES

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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El cielo se teñía de rojo con el desangre del Sol que asistía a su rutinario morir diario. Espeluznante momento para los espíritus depresivos. Estoy convencido de que no hay nada peor que enfrentarse a la muerte durante la hora del ocaso… mala hora para la agonía.

La doncella  irrumpió en la escena. Trastabilló cayendo sobre su rodilla derecha; con su pierna izquierda extendida instintivamente, evitó caer de bruces. Sus brazos estaban atados entre sí tras su espalda, dejando expuestos en su desnudez sus florecientes senos. La muchedumbre observaba con muda ansiedad a la bella mujer, cuya piel nívea -tan blanca como las impertinentes nubes que se infiltran rasgando los presagios macabros- La esplendorosa figura de la fémina de rostro angelical se mantenía imponente, pese a que su mirada vacía exteriorizaba la cercanía de la muerte.

Quien alardeaba de ungido sacerdote, en un estado análogo al trance, con los ojos en blanco, parecía buscar respuestas entre los nimbos celestiales. Sujetando con ambas manos el filoso puñal de pedernal, lo elevó como solicitando el beneplácito de los Dioses. A continuación, con su brazo izquierdo rodeó el cuello de la doncella, y con su mano derecha descargó una certera puñalada en su pecho. Luego, con habilidad de cirujano, extrajo ágilmente, de entre los senos de la muchacha, el corazón aún latente.

La multitud miraba atentamente cada acción de aquella macabra parafernalia. El ungido volvió a elevar sus brazos, esta vez con el corazón de la doncella en sus manos, consumada ofrenda para el agonizante Sol. El gentío allí presente, abrió desorbitadamente sus ojos, a la vez que un barullo general violentaba el silencio del crepúsculo. Fue en el preciso instante en que el corazón extirpado recomenzó a convulsionar y con voz estentórea, que retumbó entre los millares de orejas allí presentes, dijo:

 -¡Debo regresar a ella! Debo regresar o con ella morirá para siempre el Sol, renunciando a su esfera, otorgándola a las perpetuas tinieblas, pues el astro dorado sólo brilla por amor a ella, renace cada mañana únicamente por y para ella…

El ungido entró en pánico, los brazos le temblaban. Exponiendo la farsa de su vicariato, dejó caer al piso el corazón parlante. La multitud, atónita, estaba momentáneamente incapacitada para emitir exclamación alguna. Ante el mutismo reinante, el corazón reptó en dirección al cuerpo de su dueña que, aunque sin vida, mantenía su posición de orante. Trepó por sus muslos y  abdomen, hasta llegar a la zona de su pecho para volver a ocupar su lugar en el interior de la muchacha. Ella levantó la cabeza, abrió los ojos y se irguió, a la vez que sus ataduras caían liberando sus brazos. Luego levitó, para iniciar, con pasos volátiles, una larga caminata hacia los cielos.

Aquella noche la Luna brilló por primera vez, inundando con su luz, las pasiones de los amantes.

LYRICS

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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Todo era muy extraño, muy ajeno, muy “nunca visto”; pero estaba allí, ante mi atenta mirada, reclamando que le de licencia para existir, afanándose por parecerme cotidiano… por pertenecerme. Era una deliciosa invitación a la locura y, difícilmente, quien transita por el estrecho sendero que limita entre la fantasía y la demencia, podría negarse a participar de ella.

Decenas de seres paridos por alguna mente delirante, que los concibió graciosamente deformes, danzaban, se contorsionaban, o simplemente caminaban haciendo muecas, pero siempre manteniendo la cadencia que dictaba aquella invasiva fanfarria que copaba la demencial escena. Era una coreografía alucinante, extraordinaria, exacta y saturada de colores.

Al fondo, había unas esferas de brillantes de variadas tonalidades, suspendidas por cuerdas, oscilando en diversas direcciones, y era tal la precisión que jamás chocaban entre ellas. Sobre estas, estaban montados unos seres con patas de chivo, sin cabeza y con los ojos en el centro del tórax. Brincaban acompasadamente de una a otra esfera. Un par de hermosas piernas femeninas, cada una independiente de la otra, se paseaban por el escenario haciendo gráciles y provocativas cabriolas. Un huevo rosado con patitas de madera, saltaba a la soga que agitaban, de un lado una mujer con cabeza de árbol y pies rematados en rueditas, y del otro lado un pez con cabeza de buitre. Los personajes aparecían y desaparecían de la escena, dando paso a otros de apariencia tanto o más descabellada.

De improviso, todos desaparecieron; se hizo un silencio muy denso, pero desde el  lado izquierdo, fueron reapareciendo uno a uno en extensa hilera, jalando en común esfuerzo, unas andas rodantes con una caja negra que al llegar al punto central del escenario, hicieron girar, dejando ante mí su contenido: Un ángel de alas y piernas mutiladas que pese a la ausencia de ojos, pues su cabeza era solo una boca, supe que lloraba, realmente lo percibía ya que toda ella era un monumento a la tristeza.

El ángel comenzó a cantar en una lengua incomprensible, sin embargo yo intuí que le cantaba al amor. Todos, tanto los deformes del escenario como yo mismo -el único de la platea-, la escuchamos más que extasiados. Cuando culminó su interpretación, me puse de pie y subí al escenario, conmovido y con lágrimas que me nublaban los ojos. Abriéndome paso entre la multitud de deformes, al llegar hasta ella, me arrodille ante el anda, le agradecí por estimularme a enjuagar mis ojos y me acerqué a abrazarla. Ella, en respuesta, lamió mis mejillas y bebió de mis lágrimas.

-Canté para ti y quiero volver a hacerlo. Te espero mañana en otro de tus sueños, loco divino- Fue lo que escuche de sus labios.

SOMBREROS PARA LA NOCHE

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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Temo a la eterna, silenciosa y solitaria noche entre la que deambulo, pero aun así no detengo mi andar. Habito un mundo de barrotes que a duras penas si los distingo, mas percibo rejas y encierro por doquier. Creo que fueron destinados para detener mis pasos, y sin embargo no lo consiguen ya que soy como volátil humo, viajando con el viento de aquí para allá, aunque no más allá de esta bóveda oscura, donde sólo hay cabida para mí y los demonios que debo enfrentar… mis demonios… Sí, ellos son de mi exclusiva propiedad, están dentro de mí; y aunque se empeñan en torturarme mostrándome cada minuto siguiente como insalvable, siempre me doy maña para caminar hacia nuevos instantes que se eternizan junto a mi imperecedera existencia.

Mientras dormía de pie, soñé con una lucecita, tenue, tibia, pero suficiente para que hoy, inicie mi solitario vuelo con una sonrisa…

¿Crees que soy un orate por soñar lo que quizás no me corresponde?

VESTIDO DE FABULA PARA ACUNARTE

Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía

Cap. final del libro “Delirios del Lirio”

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La tertulia es un bocado largo; se paladea, se saborea… La disfruta quien habla, y también quienes escuchan. Si la charla es incoherente, mucho mejor. Aunque esta, más que charla, era un monólogo continuo. Cual si tuviera mil bolsillos imaginarios, el Cuentero iba sacando historia tras historia. Los oyentes, boquiabiertos, apenas si se limitaban a asentir por momentos con alguna gesticulación, mueca, o pronunciando un breve “¡Ajá!”, o un “¡Claro!” …

En determinado momento, el Cuentero requirió de un adjetivo huidizo, entonces cerró los ojos un instante, como si fuera a hurgar su mente en busca del ansiado adjetivo.

Al volver a abrir los ojos, algo no encajaba… Algo había variado radicalmente en el contexto.¡¡Sí!! ¡¡Ya no eran las mismas caras conocidas de los oyentes!! Ya no era el mismo lugar…Ni siquiera era la misma noche…

La primera reacción del Cuentero fue el pánico – ¿Qué está pasando? – Instintivamente intentó ponerse de pie, mas los que ahora le rodeaban se lo impidieron.

-No se pare…-

*- ¿Por qué…? –

-Se cayó, se golpeó la cabeza, y estuvo sin conocimiento por unos minutos. Es mejor que espere a que llamemos a algún familiar o algún conocido suyo…

El Cuentero se llevó las manos a la cabeza, y entonces pudo palpar que sus largos cabellos estaban empapados de una sustancia gelatinosa. Cuando miró las palmas de sus manos se dio cuenta que era sangre en proceso de coagulación – ¿Qué había ocurrido realmente? ¿Cómo llegó a este lugar? ¿Dónde quedaron los amigos con quienes estuvo tertuliando hacía un instante? –

Al Cuentero sólo se le ocurrió huir despavorido de aquella extraña realidad repentina, mas, al primer tranco, sus piernas no reaccionaron a la altura de las exigencias. Trastabilló y cayó pesadamente al piso, recayendo el impacto de la colisión sobre su mano derecha.

-Señor, cálmese. Ya está en camino el auxilio médico. –

El dolor obligó al Cuentero a encoger su brazo derecho para sobarse. Fue allí que notó lo arrugadas y envejecidas que estaban sus manos. Su cuerpo en sí, estaba falto de musculatura, agotado, desgastado…Un cuerpo de anciano – ¿Cómo pudo ocurrir esto en un abrir y cerrar de ojos? –

Arrastrándose hacia atrás, apoyándose sobre sus caderas y codos, El Cuentero, desesperado, se apresuró por alejarse de esa pesadilla – ¡Huir!  ¡Huir!  ¡Huir! –

Esta vez el cambio también fue repentino, pero no hubo brusquedad. Todo varió, pero fue como una veladura, suave, sutil, esfumada…Ahora él se impulsaba con unas piernas muy largas, flexibles y elásticas. Se deslizaba casi flotando por entre un camino heterogéneo de distancias planas y graderías. A su derecha se mostraba una inacabable pared de ladrillos, con una secuencia horizontal de ventanas, desde donde le observaban personas que en algún momento debió conocer, pues sus rostros le resultaban familiares. Que no hubiera hecho por evitar mirarlos, pero su vista era atraída por esos rostros tristes y sombríos que aparecían en las ventanas. Verlos le dolía. Había algo en esas visiones que le hacía daño. Estaba llorando, y sufría…mas no aminoró la velocidad de su carrera. Aun así, el deslizamiento de su existencia se desfasó con la vista de la inacabable pared que se presentaba a su derecha. El paso de las ventanas frente a sus retinas fue adquiriendo más y más velocidad, hasta hacérsele imposible distinguir nada. Sólo podía percibir el vértigo moviéndose a su derecha.

Cuando detuvo su correría, el paisaje se mostró desoladoramente plano y sin fin, estéril, vacío. Sin atrás, sin adelante. Sin Este ni Oeste, sin Norte ni Sur. Hacia donde mirara, sólo hallaba la soledad más profunda. La madre de las ausencias y las carencias. Esa soledad que ni permite rezar, pues en ella no hay cabida para ningún Dios …

El Cuentero se derrumbó sobre sus rodillas. Los recuerdos de sus mil vidas, ahora resultaban un peso excesivo para su organismo cansado y desgastado por esa vejez fortuita y repentina…

Vinieron a su mente, Eva… Su Madre… Magdalena…Emérita, Betsy, Esther, Diana, Lucy, Patricia…Y Myriam. Todas con sus diferentes rostros, pero con el mismo aroma feromonal en sus pieles, y las mismas ojeras color promesa -¡¡Claro!! Siempre fueron la misma, sólo variaba su rostro para no ser conocida sino, reconocida-

*-Ella nunca vino. Todo fue una mentira…A ella la inventé yo…-

En esas circunstancias, en ese instante, la mente del Cuentero había empezado a sufrir repentinos arrebatos de cordura selectiva. Seguía sumergido en esa vorágine de realidad delirante, pero por momentos sus recuerdos daban brincos cada vez más prolongados hacia la lucidez.

Había vivido mil vidas, miles de aventuras, y los recuerdos de todo ello estaban intactos, dentro de su cerebro. Allí estaban minuciosamente detallados, olores, texturas, sabores, sensaciones y sentimientos transcurridos. Las luchas, las lágrimas…las plumas blancas que aparecían inexplicablemente -¡¡Claro, las plumas!!-

Entre sus mil vidas, en cada una de sus aventuras siempre ocurría un hecho por demás inquietante…como por arte de magia en algún momento aparecían plumas blancas.

Entonces el Cuentero reparó en que estaba desnudo, y que llevaba un armatoste sujeto a sus hombros por unas correas, y del cual sobresalían un par de largas varillas de las que se sujetaban algunas tiritas de papel blanco. El Cuentero se llevó las manos al rostro y lloró como un niño.

Los recuerdos cobraron ribetes de una nitidez tan vívida que casi eran palpables…

*-Estas ridículas alas las fabriqué yo hace mucho. Las hice con mis propias manos; con varillas de desechos y les fui pegando tiritas de papel para simular plumas. Con ellas me auto confeccioné la mentira de que yo podía volar…-

La fantasía que su mente afiebrada le otorgara todo ese tiempo, ahora se desvanecía. Aquellas alas que otrora se le antojaron majestuosas, ahora se le presentaban tal cual: Un armatoste inútil, hecho de varillas de desecho, y con algunas tiritas de papel, que aún se mantenían tercamente pegadas.

Nunca vino Eva, nunca vino su madre, nunca vino Magdalena, ni Emérita, ni Betsy, ni Esther, ni Diana…ni Lucy…ni Patricia…tampoco Myriam.

Nunca hubo mil vidas, ni aventuras épicas…Quizás ni siquiera hubo tertulias con sus monólogos continuados…

Roto el hechizo de su delirante magia, el Cuentero supo que aquellas preciosas plumas blancas que hallaba en sus imaginarias aventuras, no eran más que las tiritas de papel que iban desprendiéndose de su armatoste…

*-Todo fue una mentira. Todo esto me lo inventé para hacer soportable mi soledad. –

 El Cuentero permaneció arrodillado, con ambas manos cubriéndose el rostro, sumiéndose entre la tristeza y la desesperanza. Su magia se había acabado -¿Cómo digerir la orfandad de razones para continuar la ruta que el destino le asignó? –

Quizás fue solo un instante, quizás hubo transcurrido una eternidad… Quizás ya no había más lágrimas para derramar. Lentamente el Cuentero fue retirando sus manos liberando de a pocos su mirada. Entonces sus enrojecidos ojos se abrieron desmesuradamente y una amplia sonrisa cobró vida en él…

Frente a sí, entre sus rodillas, yacían un par de hermosas plumas blancas.

OPERETA DEL MENDIGO

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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Tres titanes de lustroso ébano, se regocijan al fondo ejecutando en deliciosa sinfonía, “Banda de Gitanos”, como el himno a la nostalgia genial de tres seres de otros mundos irrumpiendo en este con sus ruidos estridentes, cadenciosos y pletóricos de una melancolía suprema. Billy, reptando por lo bajo, con un sonido estentóreo muy grave, como rugido de un magnifico león vociferando su llamado en celo. Buddy, con sus manazas regordetas, tamborileando un sabor con reminiscencias a danza pagana que crispa las emociones en sublime deleite. Y por último, Jimi, invadiendo nuestros órganos auditivos con la magia de sus seis cuerdas agudas y reverberantes, cargadas de lascivia irrepetible.

Voces de quejidos en coro y contrapunteos narrando batallas, amores truncos, sueños sin materia y esperanzas desesperanzadas. Recién entonces reparo en ti, leal loco mío. Te forcé a correr a mi lado como pordioseros de  sonrisas ajenas, cuando pudimos haber sonreído juntos, paseando bajo la luz de la luna. Te llevé en pos de alas de ángeles falaces que se resistían a cargar nuestra pesadez, en lugar de llevarte a retozar al huerto de las frutas de la amnesia. Me aproveché de tu cómplice negativa para decir “¡No!” a mis más descabellados deseos y sentimientos, como si unas palabras escritas o por teléfono, fueran relevantes en nuestro peregrinar.

Ahora me postro de rodillas ante ti, suplicándote perdón por haber acelerado tus latidos con quiméricas expectativas de dérmicos encuentros ¡Perdóname, amigo! Perdóname, corazón mío por haberte expuesto al rechazo continuo de quienes no te merecían… mas hoy te prometo: no volveré a entregarte en mendicidad a la jauría que se afana en sentirte latir aquí, en mi pecho, para saciar sus egolatrías.

Ven, siéntate conmigo. Escuchemos “Banda de gitanos”, sintámonos dos enamorados del amor, sin dueños… Tú, yo y nuestra nostalgia podemos sonreír pues tenemos la dadiva de poseernos hoy día.

¡Perdóname corazón mío!

EL GALEÒN DEL CAOS II

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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Afuera, el frío continuaba calando los huesos a los fantasmas, a los vampiros y a uno que otro “parroquiano lechucero”. Mas, para un Coleccionista de sueños idos, qué puede importar el rostro del clima…

La música estaba allí: Densa, trasnochada; con esa voz aguardentosa y melancólica como protagonista. El sonido del saxofón aportaba una cuota de libidinosa sordidez a la canción.

Los burdeles suelen ser así de patéticos al amanecer. 

Podría jurar que aquella mujer lloraba mientras cantaba…-

-¿Dónde estabas tú  cuando me acurruqué en la ventana a lamer mis heridas?

-¿Por qué saliste corriendo, si viste a boquicéfalos  atándome los pies?

¿Es que acaso olvidaste que siempre fui tu sombra fiel?

(Coro)

¡Aplastemos a la criatura hasta hacerla reventar!

¡Que graciosos sus ojitos, nunca cesan de llorar!

¡Cantemos mientras restregamos nuestras uñas en su piel…!

El  jardín reverdeció, y hay luces brillando allá afuera. 

Estoy aguardando al pez dorado que ha de llevarme a la estación…

Mi aquí vendrá en uno de los vagones que traen sueños de la villa.

(Coro)

Se va…

Se va…

El viento sopla para allá

-Hoy eres tú quien tiene vendas en los ojos y caminas hacia atrás.

Ten cuidado con tu cola, no la vayas a pisar.

Ya ni rezar por ti puedo, vino por mí una nueva vida.,

(Coro)

Se va…

Se va…

El viento sopla para allá…

Finalizada la canción, colocó unas monedas junto a su vaso vacío, y se enfundo la cachucha; pero no por abrigarse, sino porque temía se le escapara alguna estrofa de aquella canción, y olvidaría lo  que le pareció, era su historia…

Así, entre la neblina del amanecer, tarareando el estribillo, se perdió el Coleccionista de sueños idos…

AYES DEL CADAVER PERSISTENTE

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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De los labios de la niña que dormitaba a su lado, fluía una interminable serpentina violeta con la escritura de un nombre diferente.

Si la sombra del escuchar “me quiero ir” le infundía miedo… Ello era nada ante la angustia de un posible “ya no te quiero”.

Lo inminente es tirano al reclamar su instante, y unas lágrimas no pueden desviar su rumbo.

Cuando ella trepó al avioncito de papel y remontó por los cielos, en la oreja derecha llevaba una larva imaginaria que devoraría cualquier recuerdo del aquí.

¿Cuántas monedas son el precio de un sueño quebrantado?

Revestido de ingenuidad, vulnerable en su soledad, torpe en sus arrebatos, crédulo a los cantares… Cuando perdona, él se perdona a sí mismo.

¿Qué sabes tú de este desdichado que, cuanto más dijeron amarlo, más debió cuidarse de no ser exhibido como momentáneo trofeo?

Dejémosle que deambule creyéndose aún el sonriente conejito marrón que es paseado en su ridículo cochecito chirigota.

*-¡Mamáaaaaaaaa! ¿Es que vas a soltar mi mano? ¡Tengo frío y aquí todo está oscuro! ¡Mamáaaaaaaaaaaaaaaa…! ¡No sueltes mi mano! ¡Te lo suplico!

…Claro. Tú no eres mi madre… sólo eres Ella…