NUBARRONES DE CORDURA

Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía

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Vino desde allí y va hacia allá… La sombra que proyecta sobre el piso jamás se borra. A su paso va dejando cicatrices en la mente de quien la mira. Sus senos amamantan a los hijos de los hombres con dolor, deseo, soledad y angustia; quien prueba de su sexo se inventa el temor a perderla y aunque su aroma es un constante olor a muerte, casi todos la desean.

Se detuvo aquí y no quise mirarla; previamente cosí mis parpados, no vi nada pero el aire se llenó de su sedosa piel blanca, lampiña y apetitosa; no vi nada pero escuché los cánticos de quienes se inmolaban siendo aplastados por su cortejo; no vi nada pero la oí reír con esa risa de burdel que dista de plantear alegría y a cambio propone satírica burla.

Cuando rompí las costuras de mis ojos pude ver las andas alejándose y sobre ellas a la Redentora. Se auto-complacía con caricias que recorrían sus partes más íntimas, sexo que supo, con generosidad entregar… más también ella deseaba proporcionarse gozo y de sus entrañas extraía doradas monedas que arrojaba dejando a su paso una estela de tentación. Intenté recoger unas de esas monedas pero estas quemaron mis manos; entonces di media vuelta y caminé en sentido contrario.

Ahora re-ando lo por ella caminado y con estas manos chamuscadas devuelvo la visión a los ciegos, sano heridas y hago caminar a los paralíticos. Ellos vienen tras de mí pues saben que aunque no haya agua, si los toco, lavaré sus recuerdos; y del paso de la Redentora nadie volverá a hablar jamás pues en mi rebaño sembré la amnesia eterna.

Bien, queridos alumnos, la historia que les acabo de narrar está aquí, en este gran libro incapaz de contener ni una letra, pues todas sus hojas están y estarán en blanco por toda la eternidad. Gracias por su atención…

Video LOS TRAUMAS PSICOLÓGICOS

Monólogo de Oswaldo Mejía

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Monólogo sobre la determinante tragedia de los traumas psicológicos en el ser humano …La forma como posiblemente pueden afectarnos, y también las posibilidades de revertir en alguna medida, sus efectos devastadores, los cuales suelen bestializar a muchos, que naciendo humanos, extravían esa condición mientras transitan por esta vida.

APRENDIZ DE ANGEL

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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*-Dime, mi fiel consejero ¿Qué tienes para mí?

**-¿Sabes que estas criaturas tienen adheridas a su esencia, una extensa variedad de vidas animales? Mas casi todas ellas resultan inútiles y hasta contraproducentes a nuestros propósitos, mi Señor… A nosotros nos interesa que su rango de acceso prioritario sea apenas entre el felino y el perro que llevan dentro.

*-¿De que hablas anciano demente?

**-Para que tú, como gobernante y yo como la voz de tu conciencia tengamos larga vida, a estas criaturas debemos limitar su naturaleza totémica a perro y gato; neurótico y psicópata; el lleno de culpas y remordimientos… y el inescrupuloso. A ambos los haremos relevantes si ponemos en sus manos lo que llamaremos religión. Con ello te convertiré de Rey a Dios; y yo seré el intermediario entre ellos y tu divinidad… Yo seré el Guardián de la fe.

*-El perro y el gato… El lleno de culpas y el inescrupuloso… Tiene sentido. Dime ¿Y nosotros dos, qué sitial ocupamos en ese rango? ¿Somos perro o somos gato?

*-Mi Señor, nosotros no nos metamos en ese saco. Tú y yo, desde ahora, somos divinos… ¡Je-je-jeeeeeee…!

RETORNARE AYER

Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía

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-Te traje hasta aquí. He sido tu guía entre la oscuridad, pero este umbral deberás atravesarlo solo. Allí dentro están tus demonios más recónditos y debes enfrentarlos en soledad. Esa oscuridad te pertenece; debes saldar lo que tengas pendiente con tus infiernos, yo esperaré aquí tu regreso.

Una lejana luz mortecina de color naranja era todo lo que quebrantaba la penumbra en que se sumía el lugar. Apenas si podía distinguir en siluetas las esferas irregulares diseminadas en la cercanía. Más allá, sólo la vasta lejanía perdiéndose en la negrura.

Arrastrando los pies, para facilitarse el tanteo de lo que pisaba, el “Buscador” fue deslizándose entre las esferas, algunas superaban la altura de sus hombros, y se estremecían, era evidente que contenían algo en sus entrañas.

La madre de los pánicos estaba haciendo presa de él, pero si había llegado hasta allí, no cabía la opción de detenerse. Debía continuar. Lo peor que podía ocurrirle era morir, y sin embargo estaba consciente que la muerte, por terrible que fuera, sería la antesala a su renacimiento.

Repentinamente reconoció aquel aroma que se le hacía familiar. Estaba en el ambiente, y rapidamente  invadió por completo sus pituitarias ¡Sí! Era la fragancia del “Éxtasis 69”, ese perfume barato que, con orgullo, Emérita solía aromatizar su piel.

Dio unos pasos a tientas, tratando de ubicar la procedencia del aroma, pero tropezó y cayó sobre una de las esferas, descubriendo que esta y las demás eran cascarones como de grandes huevos y estaban quebradas de tal forma que se podía acceder a su interior. Algo latente, con vida, había en su interior.

Quiso salir corriendo y huir, pero ¿hacia dónde?  Estaba completamente desubicado. No recordaba en qué dirección quedó el umbral por donde ingresó a ese extraño mundo. Entonces se contuvo.

La fragancia del “Éxtasis 69” se hizo más intensa. Moviéndose a gatas localizó su origen; provenía desde uno de los cascarones. Para qué otear al interior si igual no vería nada…

Largo rato estuvo allí, quieto, entremezclando su miedo y su curiosidad. La fragancia fue tornándose en un llamado feromonal, al extremo que el ingresar al cascarón se le presentaba como una urgencia.  No lo dudó, entró.

Lo que había en su interior, empezó a moverse agitándose en suaves ondulaciones que fueron rozando su humanidad, cada vez con mayor atrevimiento. Su dermis era suave y delicada, inquietante, perturbadora, y hasta excitante. Se recostó sobre lo que allí se meneaba y tuvo algo similar a una cópula. Fue tan intenso todo que luego cayó en un adormecimiento, pero consciente.

Desde su parálisis pudo percibir que estaba siendo devorado vivo por aquello que momentos antes le había proporcionado placer, como una amante. Quiso gritar pero no pudo. Su cuerpo estaba siendo mutilado a dentelladas, y él no podía moverse, ni su boca podía emitir sonido alguno, sólo le quedaba ver en siluetas el festín del cual él era el manjar. Luego… la nada.

Cuando volvió la luz, no consiguió recobrar ni el movimiento ni el habla. El guía introdujo en una de sus fosas nasales una pequeña cerbatana y por ella sopló algo que llegó hiriéndole, en su recorrido, hasta el mismo cerebro. Las convulsiones fueron aviso de que su cuerpo estaba allí ¡No había sido devorado! Tampoco había fuerzas para alegrarse, pero sintió alivio.

Alguien puso entre sus manos una patata recién cultivada que todavía tenía tierra húmeda pegoteada a su cáscara

-Abrigala, que ella se llevará el color gris de tu aura-

Luego le colocaron un paño sobre los ojos.  Lo último que escuchó fue:

 -Hoy lograste vencer. Mañana retornaremos al umbral puesto que aún te quedan muchas…batallas…contra…tus…de…mo…ni…oooooo…ssss…

VERSOS EXTRAVIADOS

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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-Han puesto chasquidos de piedras, tintineo de monedas, voces de calumnia y mentira en mi camino. Intentan evitar que lleve a cabo la misión que se me encomendó: Entregar los mensajes que me dicto “EL GRANDE

*-¡No te quejes! Eres león, ellos… simples hienas. Por eso ríen cuando no amerita risas; envidian el brillo que te da la luz que estigmatiza a los diferentes; tu mirada les asusta, y tu ruido les perturba, pues no lo entienden…

– Pero… Soy el portavoz de un alarido que quizás no debió ser gritado aún. No sé si tenga fuerzas para continuar mi rol de eco…

*-Lo harás, lo harás… El camino que estás haciendo con tu andar, en su momento servirá de piso, para que los intolerantes de ahora retocen. El “SENDERO PARA VOCES MUDAS” ya tiene tus huellas.

– Déjame descansar.

*-¡No amigo mío! Debes levantarte ahora mismo y continuar; esas hienas quedaron atrás pero aparecerán fieras y envidias nuevas.

60 MINUTOS POR SEGUNDO

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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Al caer la tarde, debo asegurarme que ambos estemos aquí, pues si faltásemos tú o yo, este sueño no podría estar completo. Yo, porque tengo que soñar y tú, porque debes espectar lo que estaré soñando.

LIBIDIFLOR

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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Ya no hay tiempo ni espacio. Sólo queda una profunda y sombría depresión donde no cabe más que la desesperanza. Apenas si puedo captar una que otra letra de las palabras de aliento que los AJENOS susurran: “Hay un jardín afuera… hay peces de colores surcando un cielo azul… hay amores luminosos aguardando tu miedo…” Como si las voces huecas pudieran fabricar las endorfinas que me fueron negadas ¿Crees que una hembra estéril podría parir sólo porque le soplas esperanza al oído?

*-Es cierto, ella está físicamente incapacitada de concebir, y tú no tienes la capacidad de ser feliz. Tu química vital te lo negó.

Así es, amigo ESPEJO… y tú tampoco tienes capacidad para detenerme, solamente puedes observarme. Con permiso… debo seguir cayendo…

NAM ATOM PATHETIC

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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Cada paso que doy me demanda mayor esfuerzo, y aunque podría reírme en su cara y hacerle bromas a la muerte, lágrimas en mí afloran al sentir agarrotadas mis piernas y al no poder contener este temblor de mis manos. Mi magia se está yendo como el humo de mi cigarrillo que aunque barato y modesto, intenta vanamente devolverme mi frescura de superhombre; ese descaro ansiado que no me permite evidenciar mi fragilidad y que me anima a seguir fingiendo… que me alienta a continuar entre esta polvareda incierta, inventándome musas que a la carrera se van alejando de mí para inspirar a quienes ni siquiera necesitan inspiración, pues desconocen lo que es jugar a ser dioses.

HACEDOR DE DESTINOS

Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía

Cap. 3 del libro “Delirios del Lirio”

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¿Dónde estoy? ¿Qué lugar es este? No sé qué o quién soy. La oscuridad me envuelve, tengo frío, tengo mucho miedo; ni siquiera puedo saber qué aspecto tengo pues no logro distinguir nada. Quizás esté muerto y sin embargo no recuerdo haber nacido. Palpando puedo notar que poseo un cuerpo. ¡Sí,  tengo piernas y brazos!

 Me da pavor tocarme el rostro, me aterra darme cuenta qué soy pero asimismo me angustia esta soledad. Estoy recostado sobre una superficie muy dura. Debo ponerme de pie, me falta el aire, estoy empapado en sudor, un dolor insoportable me oprime el pecho. Debo pararme, mi instinto me dice que al hacerlo, menguará este sufrimiento. Mi desesperación me impulsa a erguirme, tomo envión y lo hago. La proximidad de la locura me indica que dé unos pasos, que huya, no sé de qué ni hacia dónde pero es necesario moverme. ¡DIOS! Mi tobillo derecho está fuertemente sujeto al lugar por un cordón que me lastima. Intento librarme pero todo esfuerzo resulta inútil, está muy ceñida mi atadura y resulta imposible liberar mi pie… ni modo. Bien, hay algo en mi interior que me dice que toda situación extrema requiere de una solución extrema.

Con las manos hurgo en lo que debe ser mi rostro. Descubro que tengo boca y dientes. Sin dudarlo me siento en el piso y curvando mi tórax, mi boca logra alcanzar mi pie. La primera dentellada me arranca dos o tres dedos. El dolor es intenso, no obstante debo soportarlo. Preciso alejarme del lugar pero esta ligadura me lo imposibilita. Continúo infiriéndome mordiscos, desgarrando músculos, huesos y tendones hasta que consigo zafarme de esta maldita atadura. No se hacia dónde pero debo moverme, debo alejarme de aquí…¡Pero ya!

Empiezo a caminar, mas aunque me invade la desesperación, lo hago con prudencia, temo golpearme. Sólo me guío por una brisa gélida que voy tanteando, es fría pero esperanzadora. Me doy de cabezazos contra las aristas e irregularidades de las paredes y el techo, entonces desisto de mi postura erguida, mejor avanzar a gatas y con una mano delante en pos de  precaver nuevas colisiones. Aun así, sin poder ver ruta ni destino, avanzo muy de prisa.

La brisa gélida se potencia y aunque estoy tiritando de frío, es estimulante saber que ese vientecillo helado que cala mis huesos proviene de algún lugar que tal vez sea mi única posibilidad de huida. Estoy cada vez más cerca, lo sé. El frío lacera mi piel desnuda, entonces no siento dolor en el desgarrado muñón que quedó donde antes hubo un  pie derecho.

A lo lejos veo una tenue lucecilla. No creo estar alucinando ¡Allí está! Debo darme prisa, tengo que alcanzarla. Mi ansiedad me obliga a ponerme de pie aunque medio agazapado. Como puedo, corro a fin de alcanzar la entrada por donde ingresa aquella luminosidad pero mi desesperación me juega una mala pasada. Descuidé la cautela que me guió hasta hace unos instantes, imperiosa cautela de tantear lo que podría hallar en mi ignoto camino y… ¡Estoy cayendo! Por efecto de la caída libre, siento mis órganos estrujados contra el tórax mientras la rugosidad de las paredes por donde voy cayendo, me desgarra la piel y los músculos. Al fin aterrizó sobre una superficie blanda, que reduce el impacto del porrazo final.

Estoy en medio de un lugar repugnante pero bajo un esplendoroso cielo azulado. Pasada la conmoción primaria, me doy a la tarea de observarme al detalle para reconocer mi cuerpo. Por vez primera puedo verme tal como soy. Mi cuerpo está casi enteramente cubierto de esta materia pestilente que amortiguó mi caída. En contraste a toda la inmundicia que me rodea, hay dos plumas blancas sobre mi muslo derecho. Debo salir de aquí…

Mientras camino me cruzo con seres muy parecidos a mí, salvo que ellos tienen la piel pálida y la mía es de color verduzco. Ellos caminan en sentido contrario a la dirección de su mirada, como si retrocedieran. Todos van en un continuo soliloquio consigo mismos. Nadie repara en nadie, por tanto tampoco reparan mí.

Estoy muy desconcertado y para colmo, el dolor del muñón que me quedó por tobillo, es cada vez más intenso. Quiero comunicarme, pedir ayuda… pero nadie se detiene. Todos van como autómatas con una ruta programada, siempre caminando hacia atrás.

Tengo sed, no debo detenerme ¡Pero necesito beber algo! Estoy en medio de una multitud de seres que hablan solos, caminan hacia atrás y me ignoran tanto como entre sí. Me topo con tres cuadrúpedos de largos hocicos y dientes afilados que me gruñen y amenazan con atacarme. Sospecho que los atrae mi tobillo herido pues siguen amagando con atacarme aunque de tanto en tanto se detienen a lamer los restos de sangre que dejo con cada pisada que doy.

Oportunamente, de una casucha sale una criatura de belleza angelical, los cabellos recogidos en dos trenzas que caen desde ambos lados de su rostro cubriendo en parte, las tentadoras turgencias que brotan de su pecho. La celestial aparición, coge una vara y con ella espanta a mis potenciales atacantes que no se demoran en huir. Apenas logra su cometido de alejarlos, viene hacia mí. Recién entonces reparo que es diferente al resto de los seres con los que me crucé. Ella camina como yo… hacia adelante. Toma mis manos, las mira y acaricia con devoción, eleva la cabeza hasta conectar su mirada con la mía, se empina sobre los delicados dedillos de sus piececitos  y apoya sus labios  en los míos. Una vez más se retira, vuelve a tomar mis manos y repite el ritual de mirarlas y acariciarlas con devoción.

-¡Tú eres el enviado del HACEDOR DE DESTINOS! Pasa, te estaba aguardando. Tal vez no lo recuerdas pero tú y yo fuimos marido y mujer entre la tenue luz del pasado… también yo pasé por la purificadora transición de la oscuridad.

Entramos a la casucha y me da de beber un líquido agridulce que trae en la concavidad de sus manos. A continuación, saciada mi sed, con un paño húmedo va limpiando cuidadosamente cada centímetro de mi piel, cuando llega al muñón de mi tobillo derecho, me dice:

-También tuviste que hacerlo…-

Comienza a lamer mis heridas. Asombrado, veo que con cada lamida mi corroído pie va regenerándose hasta quedar completamente restablecido, sin ninguna cicatriz que exponga lo sufrido.

Una vez más me toma de la mano invitándome a incorporarme. Me conduce hasta una puerta que da hacia la parte trasera de la casucha. Al abrirla, noto que más allá del umbral no hay paisaje, sólo un vasto espacio en blanco con ausencia total de imágenes u objetos. Confundido, volteo hacia ella. Intuyendo que me apremia una explicación, tras otro delicado beso, me entrega un tarrito lleno de pinceles con cerdas de diversas formas y grosores.

-Los guardé para cuando regresaras. Nuestro jardín está en blanco, debes pintarlo con los colores de la felicidad plena que se me ha comisionado prodigarte.

-No sé si soñé, morí o nací… ni siquiera estoy seguro de mi existencia pero me urge narrarte esto que tampoco sé si ocurrió.

“Pinté un hermoso ocaso donde sólo sus cabellos azabache competían con el brillo de la noche estrellada. Ambos, de aquí para allá, extasiados al vernos sonreír uno al otro, éramos dos niños jugando y retozando en un prado inmenso que yo me había encargado de pintar con agraciados colores que dejábamos a nuestro paso. En este infinito éramos dueños del mundo, El Orden universal nos había conferido el poder de diseñarlo acorde a nuestras necesidades. Era lo más parecido a nuestra existencia prenatal pero no flotábamos en líquido amniótico ni había límites. La vastedad sin horizontes era una dádiva exclusiva para nuestro vagabundear. Se nos ocurrió sentarnos en la hierba y con mis pinceles coloreé una gran seta para guarecerla de la fresca brisa nocturna”

Ella me premió con un suave beso en los labios, me tomó las manos, las acarició y besó con devoción.

– Tienes dedos delgados y largos, como las aves. Con ellas podrás dar color a todos los mundos que visites ¿No quieres pintarme una hermosa corona?… Quiero ser Reina desde hoy y para siempre. Emergimos de entre el dolor y la oscuridad para volver a ser seres de luz.

En el preciso instante en que su boca se abrió en “O” para el beso apasionado, el cielo se tiñó de azul profundo y una lluvia de plumas níveas cayó sobre nosotros, formando el mullido colchón donde nuestros cuerpos se unirían en sacro amor…