LUNA DE HIEL EN EL MARAJO

Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía

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Desde tiempos inmemorables había estado allí. Al amparo de su sombra fue que el ánima del viejo Enrique, entre humaredas de hashish se les apareció a ese par de niños locos para entre risas anunciarles la muerte de la madre de Tawapara. Fue bajo su follaje, que Vicentico se ocultó para vestirse con aquel ridículo disfraz de lagarto, que llevaría por el resto de su vida mientras peregrinaba por el mundo repartiendo sus caramelos envenenados de fantasía. Fue de entre sus ramas que, en los albores de la humanidad, descendió el primer par de amantes que interactuó con los venidos de las estrellas. Muchos de los acontecimientos más relevantes de esta comarca triste y fantasmal, se gestaron al pie de este árbol milenario, ahora sin hojas y sin sombra que proyectar.

Un día, proveniente de algún sueño afiebrado, a los pies del viejo roble, se materializó un iluminado; mezcla de druida, orate, mago y artista. Tenía una encantadora sonrisa y la mirada estúpida, pero limpia, como la mirada de aquellos seres incapaces de entender lo más elemental.

El viejo árbol pareció contagiarse de la alegría que irradiaba el recién llegado, e inexplicablemente empezó a coparse con el verdor de renovadas y lustrosas hojas.

Una creciente multitud de curiosos ávidos de creer en algo, fueron agolpándose alrededor del roble para ver su milagroso reverdecer y observar de cerca al iluminado, quien con su saliva iba tejiendo unas tupidas esterillas, que luego de secarlas al sol, usaba para garabatear en ellas, símbolos y figuras extrañas. Como tinta utilizaba una mezcla de sus propias lágrimas y tierra, aplicándola con su dedo índice derecho.

Nadie se iba del lugar sin llevar, aunque sea uno de los peculiares lienzos garabateados que el recién llegado obsequiaba con entusiasmo, sembrando con ello más y más sonrisas entre los asistentes. Especialmente las mujeres estaban auto-convencidas que aquellos símbolos tenían poderes curativos contra los males de amor y las heridas del alma. La comarca en pleno ahora rebosaba de alegría, contagiada por el brillo del recién materializado. Muchos se acercaban para tocarlo y untarse los dedos de las manos con su sudor.

El iluminado jamás descansaba, nunca dormía… tampoco se alimentaba. De sus espaldas había brotado algo parecido a raíces que se adhirieron al milenario roble; al parecer de esa manera parasitaba la energía vital del árbol.

Una mañana, todo varió. La multitud arremolinada ante el viejo árbol había desviado su atención hacia la repentina aparición de una hermosa mujer de piel color turquesa que, con total desparpajo se exhibía desnuda, mientras gruñía amenazante a quien intentara acercarse al iluminado. Esta agresiva manera de reclamar exclusividad dio sus frutos. Entonces, ya nadie pudo acercarse… Ya nadie pudo tocarlo, ni tampoco recibir de sus manos las esterillas garabateadas.

Poco a poco la multitud fue perdiendo el interés, hasta ignorar por completo al viejo roble, al iluminado y a la agresiva mujer con piel color turquesa. Ella sonreía satisfecha al ver logrado su egoísta objetivo, mas el iluminado no cesó de llorar por cuarenta y dos días con sus respectivas noches.

La comarca volvió a sumirse en su triste y fantasmal aspecto. La ilusión del iluminado que repartía sonrisas y alegría se había esfumado…

Al cabo de las seis semanas, el iluminado arrancó con sus manos los apéndices con forma de raíces, que lo conectaban al roble, y tal como vino, se fue en silencio.

El milenario árbol perdió sus hojas y paulatinamente fue secándose hasta convertirse en un leño inerte.

Inútil resultarían las caricias y lágrimas incontenibles con que la mujer de piel color turquesa, desesperadamente lo regaba intentando reverdecer lo ya concluido.

“Hay destinos que jamás debieran cruzarse, aunque la vida parezca permitirlo”

Video LOS TRAUMAS PSICOLÓGICOS

Monólogo de Oswaldo Mejía

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Monólogo sobre la determinante tragedia de los traumas psicológicos en el ser humano …La forma como posiblemente pueden afectarnos, y también las posibilidades de revertir en alguna medida, sus efectos devastadores, los cuales suelen bestializar a muchos, que naciendo humanos, extravían esa condición mientras transitan por esta vida.

JUNTOS SOMOS LA TORRE QUE ORDENARÁ LOS VIENTOS

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía 

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Soy el ave con alas de palo que, al no poder remontar el viento, no dudó en cercenar su cabeza, ideas y fantasías, para lanzarlas al aire en tu búsqueda. Quizás no viste mi sentir rodando entre azules intensos, entre aromas siena y sinsabores verdes, pero llegué a ti cuando dormías y pude palpar tus sueños. Eres la Reina onírica que ahora cabalga el reluciente corcel de flacuchas y alargadas patas de metal. Ya no hay restos de esas eras que te mantuvieron anclada a la desértica soledad de las manos vacías. Lamí tus pies y los dedos de tu diestra invitándote a montar en mí y ahora retozo contigo, aupada a mi lomo, dejando una estela de huellas delirantes que quizás, otros dementes como nosotros, se animen a seguir.
Ahora caminamos asidos, tú con tus manitas henchidas de mí, y yo, aferrado a la visión de verte sonreír.

EPISTOLAS DEL EXQUISITO

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía.

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Esa bruja me tildó de falso.

-¡Quiero viajar y no me das el pasaje! ¡Tú sí irás a pasear a NEUROPA!-dijo.

Hubiera querido darle mi boleto…pero este viaje no se lo deseo a nadie; mueres poco a poco mientras observas el paisaje. No se sabe si avanzas o es el camino el que retrocede, las ventanas nunca dicen la verdad pura, siempre guardan algo de mentira… Quizá el vidrio le diga a la hechicera que me fui sonriendo, cuando en verdad, mis labios eran incapaces de manifestar alegría.

Sólo quiero desconectarme, detener este viaje a NEUROPA ¿Me servirán estas tijeras para intentarlo? Voy introduciéndolas por mi nariz… las puntas tocan mi cerebro, sangro profusamente y me duele el alma ¡Maldición, quiero hacerlo, pero no sé qué es lo que debo cortar!

¿Por qué te fuiste papá? Tú siempre estirabas tus manos y me alcanzabas todo…ahora esto está allá, muy arriba, y no logro desconectarlo.

Quiero detener este mi viaje a NEUROPA.

¡Papáaaaaaaaa! Estoy sangrando excesivamente y me duele el alma ¿Quieres decirme qué debo cortar para desconectarme?

Ahora voy a dormir, te espero allá, en mis sueños… No te tardes papá, es incómodo dormir con tijeras en la nariz.

Esa bruja me tildó de falso.

-¡Quiero una escoba nueva y no me la das! ¡Tú sí te irás a pasear a NEUROPA!- Dijo

LAS NUBES NO SON PARA TODOS

Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía.

Cap. 14 del libro “Delirios del Lirio”

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Entre aquella penumbra envolvente, podía escucharse el bullicio proveniente de una gran actividad. Todo latía. Se percibía el flujo de un torrente alimentando de vida toda esa gran bóveda. Aún así, un denso vaho a muerte se esparcía en el ambiente y es que ese binomio contradictorio es ley universal: La vida se presenta como heraldo de la muerte y la muerte es la renovación de la vida. La gran bóveda estaba hecha de una estructura ósea recubierta de músculos, tendones y arterias en versión macro que albergaba infinidad de huevecillos palpitantes. Una mucosidad ámbar barnizaba todo, creando destellos, brillos y contraluces, todo muy macabro.

Al parecer, yo era el único testigo consciente y tengo negada la inteligencia necesaria para comprender el inicio de esto, tan sólo me mueve la necesidad de parasitar. Tengo la virtud de la paciencia… era esperar la llegada de mi hospedero era lo único que debía hacer.

De manera casi simultánea, muchos de los huevecillos se rompieron e hicieron eclosión varias decenas de seres con las formas anatómicas más diversas, desde las más repugnantes hasta las más hermosas criaturas, algunas hasta tenían aspectos angelicales y mostraban muñones de alas saliendo de sus omóplatos. Todos pugnaban por abandonar rápidamente el nidal que hasta ese momento los había cobijado, como si un dictado instintivo los guiara a emprender el urgente éxodo hacia una misma dirección. Unos se arrastraban; otros caminaban con la torpeza de un cervatillo recién nacido, trastabillando y dando tumbos; otros reptaban, mas ellos, sin excepción, se movilizaban utilizando el mayor potencial de sus fuerzas, lo cual dificultaba que yo pudiera lograr mi propósito: abordar a alguno de ellos.

Cuando alguno de estos seres alcanzaba a otro, inmediatamente se desataba una lucha encarnizada donde se derrochaba dentelladas, arañazos, pinchazos y ataques, cada cual utilizando los recursos que poseían para agredir. En este contexto, la violencia esgrimida era indistinta de parte de los seres repugnantes como de los de aspecto angelical que, en contraste a su dulce apariencia, también sacaban a relucir una desmedida fiereza. El resultado ineludible era, al menos, la muerte de uno de ellos pues los que venían detrás y los alcanzaban, también tomaban parte de la contienda. Los que sobrevivían continuaban la marcha hasta que se topaban con alguno que llevaba la delantera o eran alcanzados por los rezagados, entonces se reanudaba la reyerta mortal y despiadada. Cada vez eran menos los que continuaban en carrera. El recorrido era una estela de vidas segadas y restos sanguinolentos regados como manifiesto de la crueldad de aquella competencia irracional.

Los pocos que llegaban hasta el final del sendero, hallaban una entrada estrecha y cavernosa y por allí se introducían, desapareciendo de mi vista. Todo se había desarrollado de manera rápida y violenta, tal como lo estipula la vida misma.

Mi agudo olfato o quizás mi instinto, me llevó a volver la mirada hacia el inicio del drama, la nidada. Allí, entre la penumbra y los restos de los huevecillos, el último de los rezagados, permanecía sentado succionando el dedo pulgar de su mano derecha, como si fuera ajeno a todo lo ocurrido, al pasaje mismo. Su frondosa cabellera azabache marcada por ondas, apenas si dejaban ver parte de su rostro y su mirada triste y confundida. En conjunto, su cuerpo y cabellera, daban la apariencia de un arbolito solitario y seductor amparado en la oscuridad. Cual espora, aproveché una brisa y empujado por el viento fui a posarme entre sus cabellos. Ni bien tuve contacto con él, sentí un fogonazo de luz muy intenso pero acogedor; él era puro, limpio, un ser con mucha luz, de esos que no tienen cabida ni oportunidad de sobrevivir en este mundo hostil, pero era mi última oportunidad, luego de él no quedaba nadie a quien parasitar, hubiera tenido que esperar la eternidad para que aconteciera la siguiente eclosión masiva y yo no me podía exponer a sucumbir en la espera. Guiado por mí apetito, me abrí paso hasta alcanzar su piel, me adherí a ella y entonces sorbí de su sangre con avidez y hasta saciarme. Ahora era mi hospedero, él me pertenecía, entonces, al tiempo que me nutría con su líquido vital, que me brindaba la dadiva de vivir a sus expensas, me impulsaba a cuidarlo. Así fue que nuestra relación viró a la mutua dependencia. Protegerlo a él, era proteger mi propia existencia y estaba dispuesto a darme íntegramente en ello. Por naturaleza yo tengo enraizado el instinto de la supervivencia ¿Y por qué no compartir algo de ello con mi hospedero? Ello lo haría competitivo, luchador y por ende más apto. Si él vivía yo vivía, así es que segregué algo de mi instinto y lo inoculé en su torrente sanguíneo.

Inmediatamente su organismo reaccionó con un ligero enervamiento seguido de una euforia inusitada. Se puso de pie y con paso cansino pero firme inició el recorrido hacia la gruta de salida. Su andar pausado dio oportunidad a que otros parásitos que se habían mantenido imperceptibles, saltaran sobre él en pos de su sangre, más sólo tres lograron aferrarse. Pude notar su presencia pues la sangre de nuestro hospedero ahora tenía el sabor de la ira, el sabor de la fe y el sabor del razonamiento, ingredientes aportados por los otros tres parásitos que, al igual que yo, debían estar empeñados en proteger nuestra fuente de vida… nuestro hospedero.

A partir de entonces, quien nos llevaba a cuestas era un hombre desafiante, alguien que creía en sí y en sus capacidades para enfrentarse a cualquier adversidad. Su riego sanguíneo se había acelerado… caminaba con más aplomo… era casi un semi-Dios terrenal, poseyendo todas las condiciones para ser un vencedor. Caminamos hacia la gruta de salida, pero él siempre atento de no pisotear los restos de los caídos en la brutal competencia.

Cuando llegamos a la gruta vimos un hueco al final, era el paso a un corredor que concluía en un salón donde se mostraban como únicas salidas tres puertas. Caminamos llenos de curiosidad, pero con la cautela que da la prudencia; pasamos el corredor y llegamos al salón. En estado de alerta, nos mantuvimos dubitativos unos instantes. Desde mi posición, yo percibía, además de la mía, la angustia de los otros tres parásitos como la de nuestro hospedero mismo ya que su sangre variaba de sabor según su estado de ánimo y según lo que aportábamos cada uno de los parásitos en pro de la toma de decisiones. Éramos lo más análogo a un equipo dedicado a salvaguardar nuestra supervivencia.

Abrimos una de las puertas y una intensa luz nos encegueció, pero sólo un instante. Inmediatamente vimos un ambiente lleno de escaleras inconexas por donde se paseaban seres muy extraños que desafiaban la gravedad y la lógica pues muchos tramos de estas escaleras debían hacerse caminando de cabeza, como si se tratara de un mundo al revés. Nos llamó la atención un tipo con el cráneo rapado que tiraba de una cuerda atada a una piedra a la que le daba órdenes; otro se auto-flagelaba las espaldas mientras recitaba plegarias; muchos reían a carcajadas sin motivo alguno. Vimos a uno trepado a una vara y con una brocha en la mano, intentando alcanzar el cielo para pintar un Sol esplendoroso. Una mujer lloraba sin cesar mientras cargaba entre brazos a un bebé imaginario. Un anciano de mirada extraviada hablaba sobre historias de mundos fantásticos que a nadie le interesaba escuchar. Todo allí era una mezcla de estupidez, demencia y absurda genialidad. Un tipo vestido con sombrero y ropas multicolores, con una pluma entintada en sangre, se nos acercó y nos dijo:

-¡Bienvenido a la locura!- A continuación, con su pluma ensangrentada escribió algo en la frente de nuestro hospedero -Ya eres uno de aquí, puedes volver cuando lo desees- dicho esto, se fue caminando hacia atrás sin quitarnos la vista de encima.

Salimos, cerramos aquella puerta y nos enrumbamos hacia la siguiente. Ni bien abrimos la segunda puerta, una mezcla de olores nauseabundos pero tentadores cual feromonas llegaron hacia nosotros. El lugar estaba escasamente iluminado por una tenue luz rojiza y todo lo visible tenía impregnado un sabor retorcido y patético. Casi todos los allí presentes, tenían garabateadas caricaturas de sonrisas en sus rostros. La mayoría de ellos bebían, fumaban, contaban monedas y copulaban; los que no, yacían tirados en el piso o arrumados en algún rincón en posiciones que semejaban a muñecos desarticulados. El piso estaba alfombrado de secreciones y vómitos, por lo que decidimos no dar un paso más hacia el interior. Una mujer semi desnuda y con un tufo a todos los vicios, vino hacia nosotros, rodeó el cuello de nuestro hospedero con sus brazos y se restregó contra su anatomía, a continuación, le estampó un prolongado beso en la boca. Yo sentí claramente la contaminación de la saliva de la mujerzuela en la sangre de nuestro hospedero. Cuando por fin se separó, la mujer puso el dedo índice en sus labios y dijo:

-Cuando tu soledad te agobie, tienes un lugar aquí- Nos dio la espalda y se alejó cimbreando sus nalgas y caderas. Presurosos y algo asqueados salimos de allí y cerramos la puerta.

Al llegar a la tercera y última puerta, la abrimos con extremo cuidado, muy lentamente. Nuestro hospedero introdujo la cabeza y vio que allí reinaba un cielo azul apenas interrumpido por un largo muro y una columna en primer plano sobre la que estaba recostada la criatura más hermosa que pudiera imaginarse. Ella lloraba y con delicadeza juntaba sus lágrimas en un cuenco. Cuando se dio cuenta de nuestra presencia, nos preguntó:

-¿Tienen sed, verdad?- y nos ofreció a beber las lágrimas que había recolectado en el cuenco. Luego de beber el dulce líquido, los cuatro parásitos, al unísono, nos percatamos de que ella era la primera que se había dirigido a nuestro hospedero hablándonos en plural.

La mujer tomó de la mano a nuestro, hasta ese momento, hospedero y le susurró al oído:

-Nunca más tu mano estará huérfana, yo no voy a soltarla…- Y juntos empezaron a caminar hacia un espiral ascendente que culminaba en una gran burbuja. En el camino cayeron cuatro plumas blancas y en cada una, nosotros, los parásitos. Ese hombre ya no era de aquí, estaba completo y ningún parásito era digno de beber su sangre…

ENAJENIA

Ilustración y poema de Oswaldo Mejía.

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Soy una fiera monstruosa, rabiosa…
Y asquerosamente sentimental.
Soy letal.
Soy un perol infernal donde se cuecen ideas sueltas.
Cabalgo entre la confusión, y sobre mi caos escribo:
¡Abran paso a este débil súper-hombre!

CICATRICES

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía.

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Infelizmente nacida, infelizmente casada con el fracaso… infelizmente cargaba su vida inútil entre la soledad de aquí y la soledad de allá.

Todos los amores que pudo hallar en su andar, se le mostraron incompletos. Los buscaba por doquier, siempre esbozando aquella sonrisa ficticia y frágil de señorita vieja.

-¡Maldito espejo! ¿Por qué no guardas tu sinceridad para aquellos que no tienen motivo para el llanto?-

A menudo se vestía de primavera e iba a la estación, siempre con la esperanza de volver con un amor que mostrar para despertar envidias. A veces pescaba alguno y retornaba muy oronda con él del brazo; más siempre eran amores líquidos, de esos que se escurren entre las manos. Y retornaba el llanto, y volvía el sarcasmo del maldito espejo. Y nuevamente las idas a la estación, enfundada en la primavera de sus vestidos.

-¡Hey niño! ¡Hey anciano! ¡Hey perrito callejero! ¿Es que no me podrían vender un poquito de su sonrisa verdadera? ¡Tengo en mi bolso dinero suficiente! Sólo quiero sonreír de verdad…-

Esa mañana compró una manzana y un lindo ramo de flores, se inventó un nombre de galán y pidió que enviaran el conjunto a su domicilio

¡Que buena idea! Las flores serían el justo homenaje a su coquetería y la manzana sería la promesa del desenfreno.

Pasó el día deambulando entre cigarrillo tras cigarrillo. Cuando llegó a casa, ya estaban allí el ramo de flores y la manzana. Fingiendo sorpresa y entusiasmo, leyó en voz alta el nombre del galán, dio un mordisco a la manzana y volteó su sonrisa hacia el espejo, esperando que este la envidiara… Pero el maldito espejo sonreía más sarcástico que de costumbre…

UN CÁLIZ VACIO

Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía

Cap. 11 del libro “Delirios del Lirio”

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Desde muy niño, Nim dio muestras de ser un elegido, un ser especial, uno de esos pocos que nacen para guiar grandes rebaños de “normales”. Era evidente que por sus venas corría sangre de Titán, en sus genes, la semilla de aquellos que tiempo atrás, subrepticiamente bajaron del cielo y preñaron a ciertas hembras, sembrando sus entrañas  con su herencia. La contextura física de Nim era superior a la de los demás. Estaba dotado de gran estatura, era hermoso y temerario… Su agudeza y carisma lo destacaban ampliamente muy por encima de cualquier normal que hubiera estampado huellas en el suelo de este planeta.

Los “normales” eran de naturaleza débil. Poseían una piel endeble, fácil de rasgarse y eso los exponía a desangrarse ante el menor accidente o ataque de bestias que pululaban en constante acechanza de presas. Esa fragilidad los estaba llevando al borde de la extinción y por ende, a la supresión de su presencia en el contexto de la forja de un legado. Apenas si pasarían como el recuerdo de una huidiza especie que sirvió de alimento a los depredadores.

Nim vino a este mundo con habilidades paranormales. Tenía excelentes reflejos y una gran fortaleza física y emocional. Fabricar armas y artificios para enfrentarse a las bestias que merodeaban por su precaria aldea, era un juego para el pequeño Nim, quien desde muy jovencito supo erigirse como un “Alfa” entre la gran manada de los “normales” con los que convivía. Poco a poco su fama de cazador y protector se propagó por toda la faz del planeta. Desde las zonas más lejanas, venían grupos y clanes de “normales” dispersos, a solicitar la protección  del gran “Nim”

No tardó el hábil cazador en convertirse en líder y luego erigirse Rey de su clan. Su poder iba en aumento, el reinado resultaba insuficiente para su sed de poder, entonces iba camino a ser el protector y guía de un imperio, el emperador de todos los “normales”. Nim el único, Nim el grande, “NIM, REY DE REYES”

Una vez acaparado todos los dones, dádivas y circunstancias favorables, conquistar poder, riquezas y el respeto de sus súbditos, fue lo esperado. Del mismo modo y como consecuencia de su grandeza, era el poseedor de la mujer más hermosa de todas las habidas. Claro que la vida no olvida su sarcástico juego y siempre se ensaña quebrantando la dicha total con algún “pero…” Para Nim, la desdicha fue la imposibilidad de procrear.

El gran Nim, dueño del destino de cada integrante de la raza de los “normales”, estaba incapacitado para engendrar su prole. Entre tanta luz que irradiaba, esa era la parte oscura de su existencia, el origen de sus penas, desdichas y fatales desatinos.

Ese ingrato segmento de su existencia era el secreto que guardábamos celosamente, el gran Nim, su esposa Semira y yo. Crecimos juntos, compartiendo juegos de niños, nuestras primeras experiencias con las hembras de la especie, luchas, batallas y su precoz asenso al poder, yo, refugiado en su fuerza y destreza y él, amparado en mis consejos y opiniones.  Fue así que me convertí en el guardián de sus confidencias.

Por lo demás, Nim seguía sorprendiendo a la humanidad con sus genialidades. La que más trascendió, pues no había precedentes, fue la de construir una muralla de protección que rodeara el perímetro de su extenso reino, una hazaña que agregó a la enorme lista de sus proezas. Nim era el arquitecto  de la primera ciudadela edificada y amurallada con piedras y ladrillos. Había construido a pulso, un cobijo de material noble para guarecer a toda la raza de los “normales” y sin embargo era incapaz de construirse un hogar propio, como cualquier mortal. Esto era motivo de preocupación pues si no tenía hijos, no estaría completo, quedaría expuesta ante sus vasallos, esa maldita fisura que lo condenaba. Esa oquedad por la falta de un heredero biológico  para mostrar al mundo, fue la tortura que  transformó al noble protector en un tirano cruel y despiadado.

Una tarde, en el preciso instante  en que el día agoniza y el sol se desangra tiñendo al cielo con tonos rojizos, un ser misterioso -De esos que producen frío y angustia a quien los mira o se les acerca-  apareció en palacio diciendo tener un mensaje vital para el gran Nim. Estaba cubierto de pies a cabeza por una gran manta negra que arrastraba por el piso como si tuviera la orden de borrar sus pisadas. Lo conduje hasta el trono y cuando estuvo frente al gran Nim, se postro ante él y beso sus pies.

-¿Quién eres? Di lo que tengas que decir y lárgate- Exclamó Nim, fastidiado.

Sin abandonar la postura de devoto arrodillado, el extraño dijo:

-¡Soy la solución a tus problemas!  Soy quien puede darte el cáliz con tu sangre para que la muestres a tu pueblo. Te daré el hijo que tanto anhelas, te convertiré en el Dios de todos esos “normales” que te siguen.

– ¿Por qué tanto interés? ¿Qué deseas?- quiso saber Nim que para entonces mostraba curiosidad y recelo al mismo tiempo.

– A cambio quiero que me nombres tu sacerdote mayor y hacer todo lo que yo te indique- A partir de aquellas palabras, el gran Nim perdió toda voluntad, ni siquiera quería oír mis consejos.

Inicialmente, yo me opuse, no me gustaba nada este asunto.

– Nim, Dios no verá con buenos ojos lo que vas a hacer- Fue mi consejo.

-¿Y crees que a mi, al gran Nim, le puede interesar lo que opine un Dios que jamás se ocupó de proteger a esta raza que yo albergo, resguardo y guío? Aquí yo soy Dios. Esta raza vive e ira esparciéndose y dominando el mundo porque yo se lo he concedido. No vuelvas a mencionar a ningún Dios que no sea yo o lo interpretaré como una blasfemia contra mí y no dudaré en negarte el derecho a seguir viviendo. Entiende bien esto: Soy el dueño de tu vida y de la vida de cada uno de los “normales” ¡Ustedes me deben la vida a mí y sólo a mí!

 Mientras decía esto, una sombra negra en forma de disco cubrió la luna privando de su luminosidad al mundo. En la absoluta oscuridad, el chisporroteo del fuego que emitían los ojos del gran Nim se hizo más notorio.

-Ve y trae inmediatamente al más hermoso y mejor dotado de mis esclavos, quiero tener un hijo que compita conmigo en belleza, fortaleza y brío- acaté su orden sin mediar palabra.

En el cielo, el disco se dispersó y la luna recuperó su fulgor iluminando la cópula del esclavo con la Reina Samira. El gran Nim se me acercó y me dijo al oído:

-Déjalo que concluya su cometido y luego, llévatelo lejos y elimínalo. No debe haber boca que hable de esto.

Yo no era un asesino, así es que ayudé a huir al esclavo y lo dejé libre. Regresé al palacio, no sin antes manchar mi espada y manos con sangre de cordero.

Cuando nació el fruto de esa farsa, el sacerdote mayor convocó a todos los “normales” del mundo. Con el gran Nim y la Reina Semira a su lado y el niño entre sus manos, se acercó al balcón, elevó sus brazos al cielo y mostró al recién nacido a la multitud, diciendo:

-¡Este es el cáliz que contiene la sangre del Dios Nim, nuestro Dios!

Como presagiando la tragedia, el cielo se oscureció y una estela de luz bajó del mismo. El suelo empezó a temblar. Desde el norte sopló un enérgico viento desintegrando a su paso cada piedra y cada ladrillo de la majestuosa ciudadela. Entre la polvareda que pugnaba por cegarme, alcancé a distinguir al gran Nim, cual si fuera un escorpión, introducir su propia daga en sus entrañas. Semira quiso escabullirse pero unas lianas “salidas de la nada” la sujetaron forzándola a mirar la catástrofe que su mentira había causado.

Pasado el cataclismo, me levanté penosamente y empecé a caminar entre los cientos de miles de cadáveres que quedaron regados por acción de lo que debió ser el castigo divino. Noté que tenía heridas en el pecho pero seguí caminando, esquivando los cuerpos que la muerte había dejado por doquier.

Plumas blancas cubrían la vastedad del lugar… en mi camino fui hallando algunos “normales” que, atónitos ante tal destrucción, luchaban por ponerse de pie. También ellos mostraban heridas en el pecho similares a las mías. Fue entonces que pude distinguir que aquellas llagas se articulaban en un epígrafe: “SÓLO LOS JUSTOS PERDURARÁN”.

MORADA PARA LOS INSTINTOS

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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Su llegar fue silencioso, subrepticio; como llegan los ladrones en la noche. Llegó entre la turbia neblina del amanecer. Debía pasar inadvertido.

 Probó todos los pecados del mundo. Amó y también degustó de los sabores de la piel, pues debía ser hombre y a la vez, hijo de las estrellas.

 Esparció el conocimiento entre “Los Normales”, los hizo pensantes y desató sus mentes cuando obsequió al mundo el libre albedrio.

El Dios verdadero no te quiere “Esclavo adorador”, lo que Él desea, es tu plenitud.

Los celos de los farsantes lo tergiversaron a Demonio, lo difamaron, y lo confinaron eternamente a las entrañas del subsuelo.

…Pero el fin de los tiempos esta “al doblar la esquina”; y entonces, Él emergerá de las entrañas del inframundo. Y todos veremos el brillo de sus escamas; sus ojos insectoides; sus garras reivindicatorias… y sus mandíbulas ostentando el furor de sus mordidas.

¡Que tiemblen y huyan los que se autoproclamaron guardianes de la fe!

¡Que oculten sus cabezas los Reyes, Gobernantes y Tiranos!

¡Los candados han caído; los goznes fueron forzados y las cadenas ya ni recuerdo son!

La luz del farol agrega brillos macabros a esa mancha roja que cubre el empedrado; y sobre ello se edificará el NUEVO ORDEN… libre de pecado…

Con hombres libres de cuerpo y pensamiento.

 (Libro de los lamentos, XIII-XLII.)

RELATO TRES VECES ERMITAÑO

Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía

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Luego de que la serpiente que andaba en dos patas desobedeciera a los Señores de las estrellas y regalara a “los negados” la capacidad para dibujar con su rostro una cruz, al expresar el “no” con un movimiento en horizontal, y el “sí” con un movimiento en vertical… El libre albedrio en su esencia, dio origen a todas las inteligencias.

Fue por aquellos tiempos en que Mauro -aquel viejo que de lo encorvado que era semejaba a un signo de interrogación- este solía viajar a su aldea natal. Siempre con un terno de segunda mano, de varias tallas más grandes de la que a él le correspondía, y con el gran atado de fuegos artificiales bajo el brazo. Según decía; allá en su pueblo escalaba la montaña más alta y desde allí petardeaba al cielo, buscando joder a los Dioses para que le hicieran milagros a cambio de dejarlos dormir tranquilamente la siesta.

Quizás él trajo la primera plaga. El hecho es que de pronto, todos los habitantes de Villa Tribulación empezaron a mostrar enrojecimiento e hinchazón en los parpados; y a las horas, todos tenían los ojos irradiando una luz amarillenta, cual si fuesen linternas para neblina. Además nadie quería hablar, pues por la boca expelían un vaho denso cargado de fuerte olor a azufre. Inexplicablemente, así como se iniciaron, así terminaron estos acontecimientos; y a los pocos días todo volvió a la normalidad. Nadie quiso recordar más esos hechos.

Pero la seguidilla de sucesos extraños recién empezaba:

Una soleada mañana de Febrero, el cielo de pronto se vio oscurecido debido a la repentina aparición de un enjambre de lustrosos insectos, que con su multitudinario vuelo cubrieron la luz del sol sumiendo a todo el pueblo en penumbras. Cuando los bichos se posaron en el suelo dando retorno a la luz del día, empezaron a moverse a brincos y a picar a cuanto ser tuviera sangre en su organismo, dejándole cubierta de ronchas rojizas la piel expuesta, y un desesperante escozor. La angustia y el pánico colectivo empezaron a hacer presa de toda persona, animal o bestia en el pueblo. La iglesia estaba todo el día atestada de personas implorando perdón por sus pecados, a la vez que no cesaban de espantar bichos y rascarse… Así pasaron los días, hasta que no faltó un observador acucioso que notó en los bichos, una severa miopía y un nulo olfato. Tras su descubrimiento, el viejo Hermógenes, “mil oficios” por vocación, pensó: -Será fácil engañarles si se interpone entre ellos y la piel, una tela-… ¡Y sí! ¡Dio resultado! Entonces, empezó la tarea de fabricar unos envoltorios que cubrían de pies a cabeza a quienes los usaban, dejando apenas una rendija a la altura de los ojos, por donde el usuario podía mirar y otra a la altura de la boca por donde podía comer. A estas peculiares vestimentas, su inventor las llamó, “Los Disfraces de Noestoyaquí”. Hombres, mujeres y niños los compraban como medio eficaz para protegerse de las picaduras. Esto generó una rápida y suculenta fortuna al viejo Hermógenes, que a la postre vio incrementada su clientela, pues también le sería solicitado confeccionar los disfraces para proteger a las mascotas y a otros animales domésticos. Resultaba risible ver a las personas, gatos, perros, gallinas, caballos y otros animales, vagabundeando enfundados en “Los Disfraces de Noestoyaquí”. Pero así los insectos de la segunda plaga, eran burlados; y al no poder hallar a quien picar para extraerle sangre, entonces empezaron a morir de inanición, dejando todo el suelo de Villa Tribulación cubierto con sus lustrosos cadáveres, que luego fueron barridos, apilados en montículos y finalmente tirados al río…Así pasó la segunda plaga…

La tercera plaga, de hecho la más terrible, pues aún ahora, luego de trece siglos de acontecida, sus secuelas son una endemia que se propagó por el mundo entero.

Sucedió un domingo, en plena culto de mediodía. El Reverendo Bernardino estaba arrodillado frente al altar; de espaldas a la feligresía, aparentaba orar, más cuando se dio vuelta, tenía los labios pintados en rojo carmesí, con las cejas y pestañas garabateadas de un negro intenso. Se irguió; se alzó la sotana y empezó a danzar como lo haría una hembra provocadora. Los feligreses, atónitos se miraban entre sí; algunos se santiguaban horrorizados. De pronto una iluminación sin origen definido alumbro el recinto… Y a unos dos metros de altura se materializaron cinco cuerpos desnudos, que cayeron pesadamente al piso. Los cinco desnudos tenían cara de niños confundidos, tiernos y desvalidos, por lo que rápidamente, los feligreses pasaron del estupor al instinto paternal y/o maternal; afanándose en abrigar y acariciar a los recién llegados. Todos se disputaban el adoptarlos y acogerlos en sus hogares; así salieron en multitud a la calle. El Reverendo Bernardino continuó bailando solo, nadie le tomó más atención.

Cuando todos estuvieron fuera, en la plazuela se dieron varios fogonazos de iluminaciones repentinas, con la aparición de más seres desnudos, con sus dramáticos aterrizajes y la seguida disputa de los pueblerinos por llevárselos a sus hogares.

Una y otra vez el fenómeno se repitió. Los desnudos con cara de niños confundidos ahora sumaban tantos, que ya no había disputas por apropiárselos.

Más al día siguiente, empezaron las primeras muestras de descontento entre los pobladores. “Los Cara de Niño” eran bellos, pero incapaces de hilvanar ideas, razonar, u ocuparse de algo mas que sus necesidades básicas, por lo que la gente del pueblo empezó a referirse a aquellos sucesos, como la plaga de “La Lluvia de Imbéciles”…

Cuando al cabo de unos días, el pueblo se convenció de la inutilidad de estos seres, la gente empezó a congregarse desde muy temprano en la plazuela; y cerca del mediodía se dirigieron a la iglesia a pedir consejo al Reverendo Bernardino, al cual hallaron desnudo y colgando de los pies, atado al techo. Entonces, desde esa posición habló:

-“Los Dioses debieron satanizar la imbecilidad…Pues ella es más dañina que la maldad… El malvado hace daño cuando lo requiere o se lo propone, pero el imbécil hace daño hasta sin querer”-

Nunca más, nadie quiso recordar donde estaba ubicada Villa Tribulación…Pero la imbecilidad ya estaba diseminada por el mundo…