JUEGO DE LOS INTENTOS

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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La interminable carretera se internaba en la penumbra apenas rasgada por tenues iluminaciones mortecinas de color violáceo. En la lejanía, la negrura se engullía el  escueto paisaje, mientras que la carretera los sometía a la nada. Nunca estuve aquí, sólo recuerdo mi miedo. Todo era desolación, y lo desolado siempre apalea al alma.

Un par de luces, como ojillos de felino nocturno venían de allí dirigiéndose hacia allá. Cuando pasaron delante de mí, vi que eran las luces de un bus narigudo con formas redondeadas. Entonces se encendieron sus luces de salón, lo que me permitió visualizar a tres niños de roca en su interior; no se movían pero tenían en sus caritas una expresión que era la personificación del pánico; sentí mucha pena por ellos. El vehículo pasó raudo y apenas atiné a cubrirme el rostro con las manos.

Cuando descubrí mi rostro y recuperé la visión, me deslizaba por la carretera a mucha velocidad, valiéndome de unas largas piernas que por su flexibilidad, parecían ser de caucho. En mi ruta me encontré con una joven que con apenas la luz de un farolito, escribía sobre la piel de un cerdito, mientras este comía hojas de papel en blanco.

-¿Has visto pasar un bus que en su interior lleva a unos niños de piedra con mirada de pánico?- Pregunte.

-Por aquí jamás pasa nada ni nadie; tampoco estás tú aquí, ni estoy yo, ni esta mi cerdito, ni el farol ni los papeles en blanco. Todos hemos sido olvidados y los olvidados no tienen lugar, nunca están en ningún sitio. Si tienes ansias de ser y estar, toma mi mano y rebobinemos nuestro andar.

Y así anduvimos de regreso…

ANTENAS TRAS FEROMONAS

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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-El tiempo se ausentó desde que decidí enterrarme entre los muros de esta noche; los absorbo y me hundo en ellos una y otra vez… de ellos me nutro. Quizás sea porque compartimos la misma orfandad de luna y estrellas.

**-Te miro…Te observo…Te espío desde la omnisciencia que los orates nos permitimos arrebatar a la realidad para convertirla en sueños.

-Aquí soy la solitaria dueña de las provocaciones y los placeres. Me pierdo entre estas paredes inexistentes, cual lujuriosa estampa que desafía la cordura mientras humedece las ansiedades que se deslizan por mis dedos.

**-Quizás no es cierto que puedo leer tu mente; mas no importa…Si yo me auto conferí el poder de inventar tus pensamientos…

-La luz que aquí, alguna vez acarició mi piel, la devoré toda. Sólo la oscuridad puede brindarme la complicidad necesaria para mis propósitos que, ante cualquier claridad serían sentenciados como pecaminosos.

**-Desde mi posición de observador, soy tu inefable e intangible compañero, aunque para ti tenga el olor de la inexistencia.

-Ni soy ángel ni soy demonio. Apenas si soy un ente que solaza entre lo humano y lo divino con mi sincera y pura desnudez. Aquí soy libre, autentica, e impredecible. Aquí nada puede detener el vuelo de mi esencia.

**-Te he creado y diseñé este espacio-universo para que retoces en libertad plena mientras te observo para mi deleite…

-Lamento decirte que siempre supe que estabas allí, oteándome con tus encendidos ojillos de depredador ansioso, atento a mis movimientos y provocaciones, mas no quería quebrar este hechizo que a ambos nos da vida.

**-No entiendo. No comprendo ¿Te estás refiriendo a mi como si tú tuvieras el control de este contexto que a mí me pertenece…?

-Si eres el Creador, o eres la Creación, es una nimiedad sin importancia. Sólo dedícate a escribir sobre este oscuro mundo que me esfuerzo por hacer girar para que tú tengas vívido el motivo de tus versos.

**-Está bien… Pero reservaré el último verso para contar, cómo un sueño hizo despertar al soñador entre los muros de esta noche.

GALLETITAS CON ROSTROS ABSURDOS

Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía

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Quizás era la edad, o quizás alguna enfermedad del alma, pero cada vez le era más dificultoso dar el siguiente paso; por ello, apoyándose sobre aquella vara de madera negra que usaba como cayado, solía pasear por aquella esferita que algún Dios burlón le asignó por mundo.

Entre la soledad y lo estrecho de su espacio, era imperante refugiarse entre la fantasía, y para ello el gigante con sonrisa de niño era muy proclive.

Mientras duraba el día, y estaba despierto se inventaba juegos y realidades alternativas en las que se adjudicaba poderes y facultades imaginarias, en complicidad con su alucinante mitomanía.

En esos estados había logrado auto-convencerse de que si olvidaba algo, le bastaba con caminar hacia atrás, de espaldas, hasta llegar al lugar donde ocurrieron los hechos olvidados, y luego  re-andar y recordar los acontecimientos… Juego estúpido y manipulado, pues siendo él, juez y parte, siempre acertaría en lo recordado.

Una tarde, cuando ya el ocaso empezaba a negrear el cielo; regresando de su rutinario paseo alrededor del aproximado centenar de metros que media la circunferencia de su exclusivo mundito, halló en la vera del  camino, en posición de sentada, a una  decolorada muñequita de trapo, de carita regordeta, amplia sonrisa dibujada, e hilos de lana azabache fungiendo de cabellos, que caían con mucha gracia sobre su pecho  y hombros.

En un mundo dominado por la fantasía, sería más que un sacrilegio exigir explicaciones sobre el porqué o de donde procedía lo que se le presentara. Por ello, sin mediar palabra o interrogante, la cogió con delicadeza entre sus manazas temblorosas. La estrechó contra su pecho y acarició los filamentos de lana azabache que coronaban su cabecita; ello con la ternura y devoción que sólo puede inspirar el tocar a un ángel. Así, con su muñequita pegada al pecho, enrumbó hacia el cubículo que le servía de refugio, pletórico de una inusitada euforia.

Apenas atravesado el umbral de acceso a la casucha, el gigante con cara de niño, estiró sus brazos hacia adelante, con la muñequita asida por el tórax; como para verla en toda su plenitud física la puso frente a sí. El temblor descontrolado de sus manotas se reflejó en las piernitas, bracitos y cabecita de la muñequita contagiándoles  un  movimiento  pendular. Entonces el gigante preguntó -¿Quién eres realmente? ¿A quién perteneces?- Lógicamente, no hubo respuesta alguna…

-¿Por qué no me respondes? ¿Tienes miedo de mí, o le temes a alguien? Es posible que ni existas, y sólo estés en mi imaginación… O quizás tienes la enfermedad del silencio… Si es así, intentaré curarte. La Mandrágora tiene el poder de curarlo todo-

“Cuando un ahorcado despide su última exhalación, al mismo tiempo eyacula. Si su semen cae a la tierra, este se introduce en el subsuelo, y centímetros más abajo hace germinar un  tubérculo con retorcidas formas que remedan a una pareja de cuerpos humanos en posiciones coitales. Quien sea frotado con esta raíz, será curado de todos sus males.” 

El gigante se cubrió con una manta para protegerse del  frío nocturno y salió de la casucha caminando hacia atrás, de espaldas, en búsqueda de un tiempo y un lugar que él se inventó como escenario donde alguna vez ahorcaron a un villano.

De aquí para allá anduvo en la oscuridad, siempre hacia atrás, de espaldas; hasta que al fin se detuvo, diciendo -¡Aquí es!- Y empezó a excavar con sus temblorosas manos, hasta que halló y pudo desenterrar el tubérculo que estaba buscando. Este tenía la forma de una grotesca pareja humana en la posición coital de “El Misionero”. La envolvió entre su manta y emprendió el retorno a casa.

En el interior de la casucha, embargado por una ansiedad desmedida, frotó con la raíz, cada centímetro del cuerpecillo de la muñequita. Luego de su minuciosa tarea volvió a las preguntas: -¿Quién eres realmente? ¿A quién perteneces? ¿Por qué no me respondes? ¿Tienes miedo de mí, o le temes a alguien? …Lamentablemente tampoco hubo respuesta alguna…

Tomó a la muñequita con su mano derecha, con la izquierda se sujetó al cayado, y salió a la intemperie, caminando hacia atrás,  de espaldas. Así llegó hasta el lugar donde, por la tarde halló a la muñequita. La colocó en la misma posición en que la encontró, y regreso a casa con los ojos llorosos, y con la convicción de no volver a jugar jamás el juego de caminar hacia atrás, de espaldas, en busca de recuerdos.

“Es mejor olvidar para siempre lo que no tiene respuestas a interrogantes tan simples”

DELIRIOS PARA KHARONTE

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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Corro y corro; no sé si persigo o soy a quien persiguen, no hay chance de averiguarlo; sólo obedezco a mi ansiedad. Quizás huyo del hambre persiguiendo una presa aún invisible, o quizás huyo de un depredador para no ser devorado.

No recuerdo en qué momento empecé a correr. Me encontré conmigo en plena carrera y no quise ni me quiero detener. Aquí a la vista, no hay nada, pero si me detengo… ¿Cómo llegar a algo? Debo seguir, debo seguir. En la oscuridad y entre el murmullo de mi demencia, me ha parecido oír un “¡Lo hicimos!” Sin detener por completo mi carrera, volteo hacia el punto de donde debió provenir la voz, hubiese querido hallar a alguien o algo que abrazar; soy un dérmico, y como tal, me agrada sentir otros brazos rozando los míos, pero no hay nada ni nadie.

Debo seguir corriendo… O me quedaré eternamente en esta nada.

COLORES VINO Y MIEL PARA MIS CIELOS

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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Déjame contarte una estúpida historia de amor, tan tonta como llorar por lo que se amó y se perdió por no saberlo cuidar:

“Estaba el aprendiz de humano, tendido sobre la losa fría, tiritando; más su hipotermia era del alma. La posición fetal adoptada era una vana forma de buscar auto entibiarse. El dedo pulgar en la boca, era síntoma del ansia de conexión con su origen.

Un ángel llegó provisto de sonrisas y un farolito para guiar sus pasos, mas, su afán solo era alejarlo de afectos y atenciones ajenas. Por ello marco territorio orinando a su rededor. Seguidamente, con sus nudillos dio tres toquecitos en la sien del aprendiz de humano:

-Hola

¿Hay alguien ahí?

¿Puedes oírme…?

Sé que te sientes mal pero yo puedo aliviar tu dolor y conseguir que tus piernas troten otra vez.

El aprendiz de humano continúa recostado en posición fetal, sobre la losa fría, chupándose el dedo. El ángel partió con sus sonrisas y su farolito, dejando sólo el olor de sus orines que aún se afanan en alejar los afectos y atenciones ajenas.”

LUZ DE AURA

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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– ¡Él sólo es portador del mensaje que se le encomendó entregar!

Porque no entienden su verso; porque habla en una lengua extraña; porque en su frente lleva el estigma de los diferentes, ¿creen que merece que le tapien la boca con piedras y lodo?

Bajé de la casa del árbol y vine por él. No permitiré que toquen ni sellen sus labios, y quien ose lastimar sus sueños, sabrá que también aprendí a morder…

Fue entonces, que la gitana pronunció ante el viento:

**-No importa quién abrió los sellos de tus puertas; no interesa cuántos alados traspasaron ese umbral; está en ti apagar con un soplo el sol, y en complicidad con la luz de la Luna, velar sus fantasías mientras él acaricia tus cabellos, mientras se deleita con tu piel, “Ángel del después”

ACEITES PARA LA VIGILIA

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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-Dime ¿Cómo permitiste que tu padre abriera tu cráneo y jugueteara con lo que tienes allí dentro? ¡Si sabes cómo es de distraído y olvidadizo! Ahora que desordenó tu cordura, serás parte de esa legión de errantes sin sosiego que vagan descalzos pisando las espinas del camino. O serás otro Ángel demente de los que reconocen su par etéreo entre los vericuetos de las cavernas del destino ¡Y todo por un tornillo mal puesto! O una tuerca olvidada…

*¡No es cierto, yo nací así! Hechicera por ti, y Ángel por ese orate divino que nos mira asustado desde su rincón, pensando que, quizás, la fantasía que me heredó pueda ser áspera.

-¿Y ahora dónde vas? ¿No sabes que los martes las niñas no deben usar botas, ni el color verde en los cabellos?

*Algo me dice que alguien que no conozco ni me conoce aguarda ansioso mi llegada, y no quiero ser impuntual. Ambos nos reconoceremos, pues llevaremos un periódico de pasado mañana en la diestra. Viviré una vida con él, y luego vendremos juntos para la cena. Guárdanos unos panes, pues hacer el amor siempre abre el apetito.

“Ella venía de Magdala, y él del otro lado del río. Ni bien se vieron, corrieron a abrazarse… Y fue entonces que hablaron la misma lengua”.

HOY NO ATIENDE MARAT

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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Si es tu deseo, si eso se te antoja, puedes morirte ahora mismo, sin embargo, no olvides renacer. Recuerda que necesito escucharte cantar; es preciso que me cuentes otra más de tus historias, Cuentero. Ahora ve y pernocta más allá de este punto dimensional en que cohabitamos, pero al despertar el sol, nuevamente quiero oír tu voz.

…Y no te lo estoy pidiendo, no te otorgo libertades ¡No! Te ordeno brillar en la mañana. Comprende y haz lo que te digo, ya que no hablo desde el caprichoso decir. “Si no hay amante para la noche ¿Cómo has de despertar amando?”

Me acurrucaré a tu lado, y al abrir tus ojos, mi nombre será canción en tus labios ¡Buenas noches, Palabras del Amanecer! Descansa, mientras aguardo tu renacer…Por favor…

REQUIEM DESDE ESTE LADO DE LA BOTELLA

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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Cuando todo parecía oscuro; cuando mis dilatadas pupilas buscaban entre el desconcierto la sonrisa cálida de los amigos, estiré mis manos huérfanas hacia el vacío, esperando hallar quien rozara mis dedillos con esperanza. La única respuesta fue la gélida realidad que me escarchaba las ilusiones guardadas.

-Será para otra oportunidad-

…Como si la vida permitiera bailar el mismo vals en dos ocasiones idénticas. Como si mañana pudiera volver a ser hoy a nuestro antojo… Como si el destino y el tiempo fueran a sentarse, aguardando a que se repita el día de tu onomástico número quince…

Cierro mi libro, este que contiene heridas, risas y llantos; emociones vividas a lo largo de toda una vida. Lo pongo contra mi pecho y voy en busca de quienes deseen degustar las golosinas luminosas que, desde esta cajita mágica convido.

¡Hey tú! ¿Deseas probar mis caramelos envenenados con fantasía? ¿O los dejamos para otra oportunidad…?

SÓLO LOS POETAS MUEREN MIL VECES

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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El cielo se teñía de rojo con el desangre del Sol que asistía a su rutinario morir diario. Espeluznante momento para los espíritus depresivos. Estoy convencido de que no hay nada peor que enfrentarse a la muerte durante la hora del ocaso… mala hora para la agonía.

La doncella  irrumpió en la escena. Trastabilló cayendo sobre su rodilla derecha; con su pierna izquierda extendida instintivamente, evitó caer de bruces. Sus brazos estaban atados entre sí tras su espalda, dejando expuestos en su desnudez sus florecientes senos. La muchedumbre observaba con muda ansiedad a la bella mujer, cuya piel nívea -tan blanca como las impertinentes nubes que se infiltran rasgando los presagios macabros- La esplendorosa figura de la fémina de rostro angelical se mantenía imponente, pese a que su mirada vacía exteriorizaba la cercanía de la muerte.

Quien alardeaba de ungido sacerdote, en un estado análogo al trance, con los ojos en blanco, parecía buscar respuestas entre los nimbos celestiales. Sujetando con ambas manos el filoso puñal de pedernal, lo elevó como solicitando el beneplácito de los Dioses. A continuación, con su brazo izquierdo rodeó el cuello de la doncella, y con su mano derecha descargó una certera puñalada en su pecho. Luego, con habilidad de cirujano, extrajo ágilmente, de entre los senos de la muchacha, el corazón aún latente.

La multitud miraba atentamente cada acción de aquella macabra parafernalia. El ungido volvió a elevar sus brazos, esta vez con el corazón de la doncella en sus manos, consumada ofrenda para el agonizante Sol. El gentío allí presente, abrió desorbitadamente sus ojos, a la vez que un barullo general violentaba el silencio del crepúsculo. Fue en el preciso instante en que el corazón extirpado recomenzó a convulsionar y con voz estentórea, que retumbó entre los millares de orejas allí presentes, dijo:

 -¡Debo regresar a ella! Debo regresar o con ella morirá para siempre el Sol, renunciando a su esfera, otorgándola a las perpetuas tinieblas, pues el astro dorado sólo brilla por amor a ella, renace cada mañana únicamente por y para ella…

El ungido entró en pánico, los brazos le temblaban. Exponiendo la farsa de su vicariato, dejó caer al piso el corazón parlante. La multitud, atónita, estaba momentáneamente incapacitada para emitir exclamación alguna. Ante el mutismo reinante, el corazón reptó en dirección al cuerpo de su dueña que, aunque sin vida, mantenía su posición de orante. Trepó por sus muslos y  abdomen, hasta llegar a la zona de su pecho para volver a ocupar su lugar en el interior de la muchacha. Ella levantó la cabeza, abrió los ojos y se irguió, a la vez que sus ataduras caían liberando sus brazos. Luego levitó, para iniciar, con pasos volátiles, una larga caminata hacia los cielos.

Aquella noche la Luna brilló por primera vez, inundando con su luz, las pasiones de los amantes.