LAGRIMAS EN LA TACITA DE TE

Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía.

Cap. 18 del libro “Delirios del Lirio”

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Mientras escuchaba los ruidos parecidos a voces, que provenían del exterior, hurgaba en su mente buscando una reminiscencia, una evocación; algún rezago de un pasado… mas no los hallaba. En sus mil vidas, incontables veces pasó por estos extravíos, pero cada vida trae sus propias luces y sus propias oscuridades. Sólo una orfandad de recuerdos, copaba su raciocinio.

Cuando despertó a esta realidad, ya estaba aquí, atrapado dentro de esta jaula que pende de esa rechinante cadena venida desde allá arriba. Allá, donde su vista no alcanza a distinguir nada, pues la oscuridad es más densa y todo lo devora con cada centímetro de lejanía.

-¿Cómo  es que llegué aquí? ¿Qué es este lugar dónde estoy? ¡¿Dónde, dónde?! ¿Cuánto tiempo llevo en esta jaula? ¿Qué le sucedió a mi cuerpo? ¡No! ¡Esto no es más que una pavorosa alucinación!… No soy yo ¡No, este monstruo de osamenta cubierta con filosas escamas color verde! ¿Por qué habría de adoptar la forma de un nauseabundo reptil con alas? ¡Alas! Tengo alas…¡¡Grandes alas!! Pero…  ¿Para qué me sirven dentro de esta jaula? ¡Esta pesadilla es real! Y si es real,  quizás tenga el poder de volar sobre… ¿Sobre qué? Me resultan extraños estos parajes ¿Y la jaula? ¿Por qué estoy aquí, por qué? Tengo las piernas entumecidas. Debo llevar una eternidad en esta incómoda posición de cuclillas… pero esta maldita jaula no me permite variar mi penosa postura. Los barrotes aprietan mis alas contra mi tórax. Me resulta difícil respirar. ¡Ruidos extraños y el pánico que no cesan de martillar mi cerebro! ¡Esto debe ser el infierno! ¿Pero qué culpas o pecados estoy expiando? ¿O es que, simplemente, me volví loco? …Además del pánico que me provoca estar pendiendo en el vacío desde esta altura. No quiero mirar hacia abajo, el piso está tan lejos…-

Muy por encima de aquella casi total oscuridad, una débil luminosidad penetra hiriendo con tenues destellos algunas aristas de las paredes y los escalones empedrados de una larguísima escalera. Es una luz muy tímida, casi imperceptible, y de color gélido: pero es suficiente para copar la atención de un confinado. Se le hace sumamente atractiva. Huele a esas esperanzas que se anidan en la razón como una  delirante obsesión.

-Debo alcanzarla. Estos barrotes de acero no me lo impedirán… Dios mío, permite que mis debilitadas manos fuercen los hierros que me recluyen en este aislamiento  desesperante y cruel.

 ¡Ahhhhhhhh! Sí puedo, sí puedo ¡Ahhhhhhh…Ahhhhhhhhhh…Ahhhhhhh! ¡Sí, lo voy a lograr! …Esto está cediendo…

Los barrotes se rindieron a sus ansias de libertad. Aunque a duras penas pudo deslizar hacia afuera la poca maniobrable envergadura de sus alas, pero ya estaba afuera.

Evitando mirar hacia abajo para no ser presa del vértigo y el pánico, empezó a descender por la cadena, ansioso por alcanzar el piso.

La cadena chirriaba incesante; las manos le ardían por la fricción. No desvió para nada su mirada hacia abajo, mas sus cálculos le iban indicando que ya faltaba poco…

-¡El extraño intenta huir! ¡No lo dejen escapar!

¡Atrapadle! ¡ Atrapadleeeeeeeeeeeeeeee!

No pudiendo localizar de quienes, ni de donde provenían las voces, sólo atinó a soltarse, cayendo y estrellándose pesadamente contra el empedrado del piso. No era el momento para atender dolencias. De un brinco se puso de píe, y emprendió veloz carrera hacia el rincón por donde había visto que ingresaba la mortecina lucecita, pero que su instinto se la pintaba como una gran esperanza de salida.

-¿Quién grita? ¿Quiénes son esos que vienen hacia mí? ¡Debo darme prisa! No les veo, pero puedo oír sus respiraciones y sus pasos apresurados acercándose. Debo alcanzar esa luz. ¡Ah, maravillosa luz que alimenta la claridad! No importa a dónde me conduzcas mientras me saques de esta cerrazón…Hacia ti voy… 

-¡Centinelas! No dejen escapar al extraño, va hacia las escaleras ¡Deténganlo!

Conforme avanzaba hacia su objetivo, es paso iba estrechándose más y más…

-Me ahogo… ¡Dios mío, no consigo respirar!… Mis alas golpean contra las filosas salientes y aristas de las paredes. Me duele… ¡Duele mucho!

Trozos y jirones de carne ensangrentada le son arrancados en cada roce, quedando estos pegados a los muros, como señal de su apresurado paso.

 -¡Duele… duele mucho!… Pero no debo renunciar ¡No lo haré! No importa que mis alas se quiebren, no importa el fuego quemando mis carnes heridas, no importa lo que de mi quede en el camino …Debo concentrarme en la luz ¡Sigue, sigue!  Ya falta poco… Unos cuantos metros más… … ¡Vamos, vamos!

La luz crece en tamaño e intensidad. Ella es la esperanza, y está tan cerca

-¡Centinelaaaaas! ¡El extraño está subiendo por las escaleras! ¡Atrapadleeeeeeeeeeee, que no alcance la ventana!

¡Inútiles! ¡Usen los arcos y flechas!

Correr, correr y saltar al vacío… ¡Ahora! ¡Ahoraaaaaaaaaaaa!

Está parado sobre la base del marco de la ventana, frente al vacío, paralizado; deleitándose con el aire fresco que penetra por sus pituitarias invadiendo su ser, cuando siente las manos de sus perseguidores rozándole los tobillos, entonces salta…

-¡Diosssssssssssss, noooooooooooooo! ¡Mis alas no me obedecen! ¡Me voy a estrellar! ¡Debo aletear con más fuerzaaaaaaaaa! ¡Eso, eso! Lo estoy logrando…

Rapidamente, aunque sus alas se manifiestan torpes, van estabilizando su caída hasta convertirla en flotación.

-¡Quince monedas al arquero que lo derribe! ¡ Yaaaaaaaaaaaa!

-¡Lo logré! Estoy volando, puedo planear… maravillosa sensación… ¡Soy un ángel! ¡Sí, eso soy!

-¡Disparen malditos! ¿O quieren probar de mi ira?

-¡Oh, Noooooooo! Ajjjjjjjjj  ¿Qué es esto que me quema el pecho? ¡Maldición!  Me han da…do… Ahhhhhhhhhhh…

La caída libre. El cuerpo precipitándose en tirabuzón, y la desesperante sensación de las vísceras apretando el pecho y amenazando con salír expelidas por la boca. Crispa los dedos de las manos en un vano intento por sujetarse a algo…

-¡Está cayendo el extraño! ¡Le di en medio del pecho!

Je je je… Menudo porrazo que se ha dado.

Lo último que sintió, fue el sabor salado del fango, mezclado con su sangre, cubriéndole la lengua e invadiéndole la boca toda…

-Lo que tenías que pasar ya concluyó.

-Pero… ¿Quién eres? ¿Dónde estoy? ¿Cómo llegué aquí? Lo último que recuerdo, es retorciéndome en el lodo… y luego, como me fui sumergiendo en la oscuridad.

*-Soy Magdalena… Eva; la mujer de los mil rostros, y los mil nombres, que siempre estuvo a tu lado desde tus sueños. Soy quien venía a tus fantasías, con las alas blancas que pintaste para mí, y con estas ojeras color promesa que fueron tu inspiración durante tus mil vidas.

Yo rescaté tu cuerpo del fango Arq-ángel. Fui enviada para cuidarte y proteger tu misión, aunque en ello se fuera mi propia vida… Ahora debo irme, tengo una deuda que saldar. Esa Señora de túnica que ves allá, reclama por mi…

Yo soy el precio por el que ella te ha dejado vivir. Ese fue el trato y debo cumplir…¡Adios!

-¡Nooooooooooooooooooooooo!

Video TOXOCARIOSIS

“Un bicho oculto, muy dañino”

Ilustrado por Oswaldo Mejía.

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Este rotafolio, hoy hecho video, se realizó aproximadamente en el año 2005, por iniciativa y gestión del Dr. Ciro Maguiña Vargas y la Dra Judith Breña Chavez. Los diseños e ilustraciones estuvieron a mi cargo.

ES ROCA EL DRUIDA

Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía

Cap 10 del libro “Delirios del Lirio”

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Caseríos, aldeas y ciudades enteras eran arrasadas a su paso. Se decía que por donde hubieron transitado sus huestes, no quedaba ladrillo sobre ladrillo, ni roca sobre roca. Él mismo se hacía llamar “EL LÁTIGO DE LUCIFER”. Quien se cruzara en su camino era despojado de todos sus bienes, incluyendo la vida.

Miles y miles de enormes bestias enfundadas en pieles de animales de las que colgaban cráneos y demás fragmentos óseos de sus víctimas, exhibiéndolos como trofeos, recorrían el mundo sin un norte fijo. Claros eran los objetivos que los motivaba: saquear, destruir, violar, exterminar cualquier tipo de vida que no fuera la de ellos mismos.

Encaramados en terroríficas cabalgaduras bípedas con cabeza de reptil y larguísimas patas rematadas en cascos que sacaban chispas al friccionar el suelo que pisoteaban, iban de aquí para allá cual portadores de destrucción y muerte. Cuando aparecían en el horizonte, seguidos de la polvareda concentrada con el humo proveniente de las antorchas que portaban como preludio del holocausto, el cielo se enlutaba y en contraste, la tétrica luz del fuego que transportaban en sus manazas se tornaba más penetrante. Todo hombre, animal o bestia que hubiese visto ese dantesco espectáculo, difícilmente conservaba su existencia para describirlo. Singularmente, la vida de los dementes era respetada por estos seres siniestros. EL LÁTIGO DE LUCIFER estaba persuadido de que los locos eran los enviados directos del “SEÑOR DE LOS CIELOS”… y él no quería verse involucrado en el conflicto que arriba libraban, su amo, el mismísimo Demonio, con las fuerzas celestiales. Al menos poseía la cordura de saberse un destructor terrenal, verdugo de humanos, sayón de mortales… el terror del mundo… pero terrenal al fin…

La primera vez que me enfrente a él y sus huestes, venían del sur. Se detuvieron a unos trescientos metros de mi aldea; desde nuestras casuchas vimos cómo sin descender de sus cabalgaduras, se atiborraban de bebidas embriagantes mientras excitaban con cánticos a su líder. Se sabían dueños de la situación, eufóricos al alimentar nuestra angustia con la espera pues ellos no tenían prisa por regar su mensaje de muerte.

Empuñé mi cayado y muy decidido fui a su encuentro. Estaba a unos metros de EL LÁTIGO DE LUCIFER cuando este me vio y acto seguido, interrumpió su desenfrenado brindis. Desde lo alto de su cabalgadura arrojó el cráneo que le servía de jarro para libar y lo estrelló contra el empedrado. Me miró fijamente, levantó el dedo índice por encima mío señalando mi aldea, mientras que con su vozarrón pronunciaba palabras inentendibles, una especie de dialecto que en mi largo trajinar por el mundo jamás había oído. De inmediato, su General BELCEBAAL, el más leal y sanguinario de sus chacales, puso en marcha a la horda y enrumbaron en tropel hacia mi poblado, pasando por mis costados, pero teniendo la precaución de no rozarme siquiera. Al mirar hacia atrás, pude ver cómo mi gente, despavorida, intentaba inútilmente huir de su irremediable destino. Lleno de impotencia caí de rodillas y sólo atiné a observar tamaña carnicería ¿Qué otra cosa podía hacer?

Culminado su cometido, el ejército de bestias retornó con el producto del saqueo: joyas, monedas, telas, pieles, comida y vino; retornaron a sus posiciones, a las espaldas de su líder, EL LÁTIGO DE LUCIFER. Este se dirigió a mí con un lenguaje que yo pude entender:

-Agradece a tu Dios que sigues vivo, él sabrá por qué te concibió demente y te envió aquí. No soy quien para derramar tu sangre- Dio media vuelta y se fue seguido de su infernal ejército. En ese momento advertí el calor del viento a medida que el fuego iba consumiendo aquella que alguna vez fue mi aldea. Bajé la cabeza, vencido, apesadumbrado… entre mis pies había tres plumas blancas.

Durante mucho tiempo caminé sin cesar en sentido contrario a la dirección escogida por EL LÁTIGO DE LUCIFER. Me detuve de modo brusco cuando ante mí apareció un oasis. En ese paraíso imprevisto se hallaba una niña; estaba sola y parecía desdichada, con sólo mirarla a los ojos, se podía descubrir la tristeza de su alma. Tenía el cabello desordenado y teñido de diversos colores. Me vio llegar y sin inmutarse continuó jugando con una ramita que introducía en las aguas diáfanas del manantial; la humedecía y luego la llevaba a su boca sorbiendo las gotitas que conseguía juntar. A pesar de estar extasiado con la visión esplendorosa de esa niña ingrávida, atendí la urgencia que reclamaba mi sed; junté mis manos haciendo un cuenco y sin dejar de mirarla tomé unos tragos del líquido elemento. Mientras bebía, con un murmullo dócil me dijo:

-Eres un druida, eres sabio…  por ello llevas el miedo y la duda sobre tus hombros. Si ya saciaste tu sed, tenemos que ponernos en camino, debemos cumplir lo que escrito está, aun cuando nos falte la capacidad para descifrarlo. ÉL nos lo develará cuando sea el momento.

Se puso de pie y vino hacia mí, tomó mi mano, me ayudó a incorporarme y nos pusimos a caminar a la deriva, guiados por la brisa o quizá por el destino mismo que nos transportaba sin pedirnos autorización, nunca lo hace, el destino se presenta y te conduce y tú no debes resistirte pues, tal como dijo la niña, escrito está…

-Scriptum est- le dije y ella sonrió.

Al cabo de siete días de agotadora caminata, ambos en completo mutismo, llegamos a las inmediaciones de una ciudadela.

-Nunca esperes nada de nadie, así no sufrirás decepciones. Ama, pero sin condiciones, no esperes que te devuelvan amor- Dijo sin más. No comprendí qué intentaba decirme y me quedé en silencio.

Nos internamos en la ciudadela en busca de alguna posada o taberna donde nos pudieran facilitar algo de comer y beber. Mi cayado y mi aspecto me manifestaban como druida, así es que no fue difícil procurarnos un trozo de pan caliente, algo de vino y un lugar bajo techo donde guarecernos. Saciado nuestro apetito, nos recostamos en un rincón. Tratando de abrigarla con la tibieza de mi cuerpo, la arrimé a mi pecho y la envolví con mis brazos; gracias al calor que mutuamente nos proporcionábamos, nos tardamos en dormirnos. En mi viaje onírico, la niña y yo estábamos sentados pero suspendidos en el aire; ella me decía:

-Juntos construimos una gran torre que ordenará el curso de los vientos. Seremos un uno, indivisibles… eso pude descifrar del extenso libro de nuestra vida.

De pronto, el estado de onírica levitación, se vio interrumpido por gritos de auxilio y alaridos amenazadores que provenían del mundo real. Me desperté asustado, y con sumo cuidado para no interrumpir su sueño, ubiqué a la niña a un lado. Por una ventanilla penetraba una luz rojiza, también olor a chamuscado junto a una humareda negra y espesa. Cuando alcancé a mirar el exterior, un vaho ardiente azotó mi cuerpo. Afuera todo estaba en llamas. Me puse en alerta, semejante infierno no podía haber sido desatado sino por las huestes de EL LÁTIGO DE LUCIFER. En medio de mis cavilaciones, entró al lugar donde nos encontrábamos, el mismísimo BELCEBAAL, quien poniendo la ensangrentada punta de su espada en mi garganta me dijo:

– ¡Apártate de mi camino, viejo orate u olvidaré que tengo orden de no tocar a los dementes como tú! – Su mirada se había posado en la niña.

– ¡No te atrevas a tocarla, criatura del demonio, es un ángel!- Exclamé desafiante. Al oír mis gritos, la bestia contenida en esa descomunal corpulencia se encolerizó, levantó su espada y la descargó sobre mí con tanta violencia que me quebró la clavícula izquierda. El impacto me derribó. La herida era profunda, una hemorragia incontrolable brotaba de ella.

BELCEBAAL, despreocupándose de mí, se dirigió hacia la niña que estaba acurrucada contra la pared, presa del pánico. El maldito, con un certero y único tajo, cortó sus ropas, cayendo estas al piso y dejándola expuesta en su desnudez. Se la echó al hombro dispuesto a llevársela como si fuera un trofeo-botín. Justo en ese instante apareció en la entrada, espada en mano, EL LÁTIGO DE LUCIFER. Me echó una ojeada, y dirigiéndose a BELCEBAAL dijo:

-¿Te atreviste a tocar al druida? ¿Desobedeciste mis órdenes? ¡Suelta a la niña, ella no es para ti!

Sin ánimo de renunciar a su trofeo, BELCEBAAL protestó:

-El trato fue que lo que yo encontrará sería para mí ¡Y la niña será mía, aunque para ello tenga que desparramar tus tripas por todo este cuartucho! – refutó BELCEBAAL, que no estaba dispuesto a renunciar a su trofeo.

EL LÁTIGO DE LUCIFER, le asestó tan tremenda estocada que le atravesó el abdomen de lado a lado. Con mucha delicadeza y ternura, cargó en sus brazos a la niña y dando la espalda al moribundo BELCEBAAL, dijo en un soliloquio monótono:

-Años llevo recorriendo cada metro de este mundo polvoriento, regando odio, destrucción y muerte. Deseo amar, lo percibo… Tú eres el amor- acarició con devoción los cabellos de la niña, ocasión que aprovechó el “leal” BELCEBAAL para, en un último esfuerzo, hundir su espada en el dorso de EL LÁTIGO DE LUCIFER hasta tocar su pulmón e hiriendo mortalmente su corazón. El hombre-bestia que aterrorizara al mundo entero en nombre de los demonios del averno, cayó gradualmente de rodillas, depositó con delicadeza a la niña en el piso y se desplomó de bruces.

La niña, llorando, se acercó a rastras al cadáver de su salvador y besó su nuca. En ese instante, ambos cadáveres iniciaron el proceso de desintegración hasta quedar convertidos en arena.

La niña vino hacia mí, vendó mi hombro con jirones de lo que quedaba de sus vestidos. Cuando salimos del habitáculo, no había otra cosa que un desierto infinito.

–Vamos, debemos seguir viviendo lo que escrito está- dijo, rompiendo el silencio.

Dos plumas blancas se depositaron en medio de ellos…

RELATO TRES VECES ERMITAÑO

Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía

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Luego de que la serpiente que andaba en dos patas desobedeciera a los Señores de las estrellas y regalara a “los negados” la capacidad para dibujar con su rostro una cruz, al expresar el “no” con un movimiento en horizontal, y el “sí” con un movimiento en vertical… El libre albedrio en su esencia, dio origen a todas las inteligencias.

Fue por aquellos tiempos en que Mauro -aquel viejo que de lo encorvado que era semejaba a un signo de interrogación- este solía viajar a su aldea natal. Siempre con un terno de segunda mano, de varias tallas más grandes de la que a él le correspondía, y con el gran atado de fuegos artificiales bajo el brazo. Según decía; allá en su pueblo escalaba la montaña más alta y desde allí petardeaba al cielo, buscando joder a los Dioses para que le hicieran milagros a cambio de dejarlos dormir tranquilamente la siesta.

Quizás él trajo la primera plaga. El hecho es que de pronto, todos los habitantes de Villa Tribulación empezaron a mostrar enrojecimiento e hinchazón en los parpados; y a las horas, todos tenían los ojos irradiando una luz amarillenta, cual si fuesen linternas para neblina. Además nadie quería hablar, pues por la boca expelían un vaho denso cargado de fuerte olor a azufre. Inexplicablemente, así como se iniciaron, así terminaron estos acontecimientos; y a los pocos días todo volvió a la normalidad. Nadie quiso recordar más esos hechos.

Pero la seguidilla de sucesos extraños recién empezaba:

Una soleada mañana de Febrero, el cielo de pronto se vio oscurecido debido a la repentina aparición de un enjambre de lustrosos insectos, que con su multitudinario vuelo cubrieron la luz del sol sumiendo a todo el pueblo en penumbras. Cuando los bichos se posaron en el suelo dando retorno a la luz del día, empezaron a moverse a brincos y a picar a cuanto ser tuviera sangre en su organismo, dejándole cubierta de ronchas rojizas la piel expuesta, y un desesperante escozor. La angustia y el pánico colectivo empezaron a hacer presa de toda persona, animal o bestia en el pueblo. La iglesia estaba todo el día atestada de personas implorando perdón por sus pecados, a la vez que no cesaban de espantar bichos y rascarse… Así pasaron los días, hasta que no faltó un observador acucioso que notó en los bichos, una severa miopía y un nulo olfato. Tras su descubrimiento, el viejo Hermógenes, “mil oficios” por vocación, pensó: -Será fácil engañarles si se interpone entre ellos y la piel, una tela-… ¡Y sí! ¡Dio resultado! Entonces, empezó la tarea de fabricar unos envoltorios que cubrían de pies a cabeza a quienes los usaban, dejando apenas una rendija a la altura de los ojos, por donde el usuario podía mirar y otra a la altura de la boca por donde podía comer. A estas peculiares vestimentas, su inventor las llamó, “Los Disfraces de Noestoyaquí”. Hombres, mujeres y niños los compraban como medio eficaz para protegerse de las picaduras. Esto generó una rápida y suculenta fortuna al viejo Hermógenes, que a la postre vio incrementada su clientela, pues también le sería solicitado confeccionar los disfraces para proteger a las mascotas y a otros animales domésticos. Resultaba risible ver a las personas, gatos, perros, gallinas, caballos y otros animales, vagabundeando enfundados en “Los Disfraces de Noestoyaquí”. Pero así los insectos de la segunda plaga, eran burlados; y al no poder hallar a quien picar para extraerle sangre, entonces empezaron a morir de inanición, dejando todo el suelo de Villa Tribulación cubierto con sus lustrosos cadáveres, que luego fueron barridos, apilados en montículos y finalmente tirados al río…Así pasó la segunda plaga…

La tercera plaga, de hecho la más terrible, pues aún ahora, luego de trece siglos de acontecida, sus secuelas son una endemia que se propagó por el mundo entero.

Sucedió un domingo, en plena culto de mediodía. El Reverendo Bernardino estaba arrodillado frente al altar; de espaldas a la feligresía, aparentaba orar, más cuando se dio vuelta, tenía los labios pintados en rojo carmesí, con las cejas y pestañas garabateadas de un negro intenso. Se irguió; se alzó la sotana y empezó a danzar como lo haría una hembra provocadora. Los feligreses, atónitos se miraban entre sí; algunos se santiguaban horrorizados. De pronto una iluminación sin origen definido alumbro el recinto… Y a unos dos metros de altura se materializaron cinco cuerpos desnudos, que cayeron pesadamente al piso. Los cinco desnudos tenían cara de niños confundidos, tiernos y desvalidos, por lo que rápidamente, los feligreses pasaron del estupor al instinto paternal y/o maternal; afanándose en abrigar y acariciar a los recién llegados. Todos se disputaban el adoptarlos y acogerlos en sus hogares; así salieron en multitud a la calle. El Reverendo Bernardino continuó bailando solo, nadie le tomó más atención.

Cuando todos estuvieron fuera, en la plazuela se dieron varios fogonazos de iluminaciones repentinas, con la aparición de más seres desnudos, con sus dramáticos aterrizajes y la seguida disputa de los pueblerinos por llevárselos a sus hogares.

Una y otra vez el fenómeno se repitió. Los desnudos con cara de niños confundidos ahora sumaban tantos, que ya no había disputas por apropiárselos.

Más al día siguiente, empezaron las primeras muestras de descontento entre los pobladores. “Los Cara de Niño” eran bellos, pero incapaces de hilvanar ideas, razonar, u ocuparse de algo mas que sus necesidades básicas, por lo que la gente del pueblo empezó a referirse a aquellos sucesos, como la plaga de “La Lluvia de Imbéciles”…

Cuando al cabo de unos días, el pueblo se convenció de la inutilidad de estos seres, la gente empezó a congregarse desde muy temprano en la plazuela; y cerca del mediodía se dirigieron a la iglesia a pedir consejo al Reverendo Bernardino, al cual hallaron desnudo y colgando de los pies, atado al techo. Entonces, desde esa posición habló:

-“Los Dioses debieron satanizar la imbecilidad…Pues ella es más dañina que la maldad… El malvado hace daño cuando lo requiere o se lo propone, pero el imbécil hace daño hasta sin querer”-

Nunca más, nadie quiso recordar donde estaba ubicada Villa Tribulación…Pero la imbecilidad ya estaba diseminada por el mundo…

FUNERALES DE ALFA

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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Llegamos hasta aquí traídos por el viento cual dos barquichuelos a la deriva. Probé del néctar de tus sonrisas y alegría… lo disfruté y a ellas me acostumbré. Ahora, esas voces grises nos jugaron una mala pasada. Con habilidad de cirujano han sellado tu boca, cosiendo tus labios y negándome la luz de tus farolitos. Has soltado mi mano, detestas mi locura; me confundes con los demás seres de este mar. Has tirado tus alas para no volver a tocar los cielos en compañía mía. Afuera hace frío y todo está oscuro; tú me inventaste este destino y debo intentar surcarlo solo. Me iré, pero lo haré caminando de espaldas al mundo, para no perderte de vista, y así mirar si te animas a levantarte y continuar este camino junto a mí, tomada de mi mano. Siempre caminaré de espaldas, pues mantengo la certeza de que volverás, aunque sea con otro rostro, a tomar mi mano.

Afuera hace frío y todo está oscuro…

ALETEA FENIX

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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Conversé con el ángel; tengo aún sus lamentos runruneando mi espacio. Una de sus lágrimas cayó en mi palma; fue un contacto lacerante. Sonreía su carita de niño, pero sus ojillos no cesaban de manar penas y soledad contenida, que sus comisuras, arrugas y cicatrices del tiempo, canalizaban hacia el polvo cruel.

Tenía la postura de un anciano simio y la actitud de un sabio que nada entiende.

*-¿Te atormenta tú soledad?

**-¡No, ya no! Pero siento profunda tristeza pues tuve que decirle que estábamos muy viejos para que me espere volver con otro rostro. El túnel ya no tarda en aparecer ¡lo siento!

Ella acarició mi melena y muchos de mis canos cabellos quedaron entre sus dedos. Ahora deberá recorrer el sendero sin mí…y andar en soledad mata lentamente. Agonizas una eternidad. Yo sé mucho de ello; pues tuve piernas de gacela, más no me ayudaron a escapar. Siempre estuve aquí… sólo corría en círculo…

*-¿Te trajo deleite que ella acariciara tu cabeza? 

**-Esa caricia fue extemporánea, me correspondió en otro tiempo, ahora es lejana… es ajena…

EL PENACHO AMARILLO BRILLARA EN ENERO

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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Yo no las inventé a ustedes, malditas caras sonrientes, vigilantes y punzantes, maquilladas con vidas ajenas. Siempre relamiéndose en torturas y celos que mordisquean la noche ¡Grítenme que es normal, que patear el tablero es parte del juego! Hay un cadáver de tu lado y un cadáver del lado mío. Lloras tú, lloro yo….con una larga y solitaria lágrima que en un cofrecito guardé para la ocasión. Debo pintar mis ojos para no desentonar; debo decorar mi cubil; no quiero que tus tacones tropiecen con mis despojos. Si he de irme, quiero partir como un lindísimo anciano a quien el arado surcó la frente. No quiero irme con temor, no como el fracasado artífice de sueños que las lenguas señalaron con mentiras…

Video FIERA

(Música e imágenes de Oswaldo Mejía)

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Muestra de parte de mi obra pictórica sobre mi propuesta plástica Surreal-erótica, El vídeo ha sido editado con la música correspondiente al track “FIERA”. Un Heavy, de letras con contenido erótico. La canción es de mi autoría en composición y arreglos musicales, así como la ejecución de la guitarra líder junto a mi otrora banda “Brebaje”.    

MI VIENTO AGUARDA POR MARIPOSA

Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía

Cap 8 del libro “Delirios del Lirio”

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¿A qué Dios travieso se le ocurriría crear esta demencial jungla de concreto? Te atrapa, te asfixia, tiene sabor a encierro y condena. Confina las almas hacinándolas en una soledad acompañada que, por ilógico que parezca, vuelve cada vez más distante a quienes más cerca tienes.

 Aquí todos ignoran a todos, sólo te toman en cuenta cuando posees algo que les resulta útil y entonces traman cómo quitártelo. Los senderos están atestados de seres bípedos, muchos de ellos con cabeza de cerdo, buitre, reptil, hiena y cualquier clase de alimaña que puedas imaginar. Estas bestias transitan dándose mordiscos y gruñéndose unas a otras de manera constante. Las cabezas de animal son producto de la vil creación de los SEÑORES DE LA OSCURIDAD. Son ellos quienes se las injertan como condecoración a quienes se destacan por su maldad. El caos es un orden vertical impuesto por el régimen del poder. En este orbe el cielo siempre se muestra frío y gris, al igual que el suelo donde predomina ese tono luctuosamente grisáceo.

Estos señores controlan todo: Los alimentos, las diversiones y… las emociones. Concibieron puertas que deberían servir para facilitar la entrada a diferentes lugares; hay millones de ellas pero todas inviolables pues las mantienen obstruidas. Nada tiene razón de ser aquí. Quienes fungen de ser guías espirituales, cobran en monedas o en especies la tarea de llevar mensajes de plegarias o peticiones a entes crueles que ellos representan como seres alados correteando alegremente entre las nubes. Su pregón es que si no pagas, los de arriba te lanzarán terribles castigos. El miedo, la angustia, la soledad y la avaricia alimentan y ceban al odio, no dejando espacio para el amor.

A quienes predicamos sobre el amor, nadie quiere oírnos y quienes por alguna razón ajena a su voluntad nos escuchan, inmediatamente se alejan y nos denuncian. Si te atrapan, la pena por hacer apología al amor es someterte a una intervención quirúrgica que consiste en aserrarte el cráneo y extraerte del cerebro todo resquicio de tus convicciones. Con ello, los SEÑORES DE LA OSCURIDAD obtienen dos propósitos: Que no vuelvas a recordar tú predica y que por la costura de alambre con que volvieron a unirte el cráneo, la fauna de afuera te identifique fácilmente como un castigado por sedición al régimen.

A mi me denunciaron, me atraparon y me sometieron a la lobotomía, según ellos, para limpiarme de pensamientos protervos. Desconozco cuanto tiempo anduve por allí, privado de argumentos y mi particular elocuencia para hablar del amor, mas ese sublime sentimiento no pudieron extirparlo de mi esencia, todo el tiempo lo albergué en mi pecho. Esos estúpidos SEÑORES DE LA OSCURIDAD no saben que para matar al amor deben arrancarte el corazón, aunque a ellos sólo les interesa que no hables de “eso” ya que están convencidos de que es un virus nocivo que se propaga a través de la palabra.

He vagado por esta fría jungla de concreto, atestada de zoomorfos adoradores del odio, sin poder recordar ni una palabra amorosa y pese a ello, mis entrañas estaban henchidas del más sublime de los sentimientos.

Aconteció un día…Como un paria, un apestado a quien nadie se le arrima por temor al contagio, me recosté entre unos montículos de impurezas y desperdicios. Cuando se siente el frío de la soledad, hasta la tibieza de la inmundicia te parece acogedora. Estaba semidormido cuando un cosquilleo recorriéndome el antebrazo derecho, llamó mi atención. Me iba a rascar pero al momento de hacerlo, vi una hermosa oruguita de cuerpo blanquecino y cabecita amarilla que pugnaba por alcanzar mi hombro ¡Se veía tan tierna!  Parecía buscar cobijo en mí. La tomé delicadamente entre mis dedos y la coloqué sobre mi hombro. Creo que ambos nos sentíamos a gusto en mutua compañía. Lentamente se deslizó por mi clavícula, ascendiendo por mi cuello. Ya no lograba verla pero el hormigueo que me provocaba su andar me iba dictando su posición. Sentí que había alcanzado el lóbulo de mi oreja y la fricción de su cuerpecillo me hizo sonreír, me proporcionaba un enorme placer la cercanía dérmica que estábamos experimentando y así, con esa agradable sensación me quedé dormido… caí en un sueño profundo.

A partir de aquel día recuperé mi otrora capacidad para platicar sobre el amor. Al despertar me reencontré con un léxico que juzgué perdido. Lo primero que pronuncié fue “Permíteme adorarte”. Jamás dejé de estar atiborrado de amor pero una vez vuelto a recuperar el don de la prédica, con esa encomienda me puse en marcha. Iba de aquí para allá vociferando sobre la existencia del amor con palabras que se habían enquistado en mi cerebro, el órgano que gobernaba mi humanidad y me dictaba aquello que debía pronunciar. Los parias como yo -que no eran pocos- se mostraban interesados en mi elocuencia y a medida que yo iba disertando, más y más adeptos se sumaban a la amorosa filosofía que predicaba.

Ocurrió un hecho extraño a partir del instante en que comencé a escuchar el dictado interno de mis discursos… cada día, al despertarme, hallaba una taza conteniendo avena y al costado, unos mendrugos de pan.

Una mañana en que estaba desperezándome luego de mi reparador sueño nocturno y me disponía a coger mi rutinaria taza con avena, sorpresivamente, me vi cercado por una turba de zoomorfos que me gruñían y amenazaban con clavarme los dientes. Algunos gritaban:

-¡Aquí está, él es el predicador!- Presa del pánico, no atinaba a nada, apenas si intentaba esquivar las dentelladas de los más exaltados, ni siquiera intentaba ponerme de pie, sabía que era inútil, no tenía chance de huir, todo lo que podía hacer era permanecer estático… esperando lo peor.

De pronto, la multitud abrió paso a cuatro zoomorfos con cabeza de hiena que, armados de unas varillas de madera con puntas de metal, empezaron a herirme despiadadamente sin dejar un centímetro de mi cuerpo a salvo, aunque lo hacían con meticulosa dosificación. Era notorio que su intención era dañarme pero no matarme. Estaba empapado en sangre y en estado de shock cuando dos de ellos me tomaron de los brazos, me levantaron en vilo y me llevaron a rastras por entre la multitud. A mi paso sentía la presión y el impacto de las mordidas que me profería la turba y sin embargo no sentía dolor.

Al recobrar la consciencia, me vi atado de pies y manos a una fría tarima de metal mientras que un zoomorfo con cabeza de buitre, valiéndose de unas tenazas, iba cortando las costuras de alambre con que cosieron mi cráneo aquella vez que por predicar el amor, fui condenado por sedición. Terminada su faena de quitarme las costuras, el cabeza de buitre, con la tapa de mi cráneo en sus manos, llamó a sus compañeros que estaban muy concentrados en la práctica de lobotomía a otros supuestos sediciosos al régimen.

-¡Miren lo que este tenía alojado en su cerebro!- Gritó el cabeza de buitre-¡Es una crisálida de mariposa con alas de corazón! ¡Maldición, la profecía está por cumplirse!

Dicho esto, los cirujanos y asistentes de la sala, se arrodillaron en actitud de adoración y cubriéndose con las manos sus rostros de buitre, se sumieron en desesperadas plegarias a sabe Dios qué demonios.

La tapa de mi cráneo quedó flotando en el aire y de ella empezaron a refulgir destellos rosados y violáceos. De entre ellos, apareció una pequeña masa ovoide latente, con el color marrón y el brillo lustroso de un insecto. Los resplandores se hicieron más intensos, encegueciendo a los cabezas de buitre, mas no a mí que podía ver todo lo que ocurría con suficiente nitidez. La masa ovoide latió con más frenesí, retorciéndose hasta que la parte superior se cuarteó en forma de cruz y de ella emergió una agraciada criatura femenina de piel tan blanca como la nieve y cabellos como los rayos del sol. Tenía unas preciosas alas de rojo carmesí en forma de corazón y mientras las desplegaba con orgullo, me dijo:

-¿Sabes que a ti te correspondería una cabeza de asno por tu testarudez y necedad? Pero como el amor se nutre de esas taras-virtudes y tú tuviste bastante de ello para alimentar mi metamorfosis pues…quedas exento de ese castigo.-

A continuación, liberó mis manos y pies y sobre la tarima de metal donde estuve recostado dejó una taza de avena y los mendrugos de pan. Luego me hizo una señal con su dedo índice para que la siguiera. Cuando me levanté para coger la taza de avena y los mendrugos de pan, noté que el piso estaba encharcado con un líquido sanguinolento de un repugnante color verde petróleo que descendía a borbotones por las paredes y techo, como si el mismísimo infierno estuviera desangrándose. Entre el horror, flotando en aquel lugar, yacían cuatro plumas blancas. De los cabezas de buitre sólo quedaban sus ropajes y las cabezas de ave rapaz con los ojos desorbitados, pugnando por no hundirse, como si se empecinaran en ser mudo testimonio de lo que allí ocurrió.

Luego de traspasar un largo pasadizo, de paredes y techo que también sangraban, salimos a un mundo diferente, colorido, con el cielo azulado, propio de un día soleado. Mariposa emprendió vuelo y yo seguí su rumbo. A nuestro paso, grupos de parias sonrientes, uno a uno, fueron acoplándose a nuestro peregrinar. Recién entonces reparé en que tenía el cráneo destapado pero no me importó… continué mi camino tras de Mariposa.

60 MINUTOS POR SEGUNDO

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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Al caer la tarde, debo asegurarme que ambos estemos aquí, pues si faltásemos tú o yo, este sueño no podría estar completo. Yo, porque tengo que soñar y tú, porque debes espectar lo que estaré soñando.