DANZA NIBELUNGA

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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Aún tengo en mi paladar el sabor áspero de aquel platillo que nunca pudimos preparar, pues los ingredientes quedaban muy distantes, mas, si también es tu deseo, hoy bailaremos desnudos sobre la mesa que ya se cansó de esperar por el mantel largo que sólo serviría para restregar nuestros hociquitos. Quiero ponerme de pie y llevarte en brazos mientras canto a tu oído esa canción en sensual francés que nos recuerda un futuro. Si desafino u olvido la letra ¿Tú querrás aplaudirme niña mía, o partirás el pastel de cumpleaños sin que hallemos nuestras extraviadas corduras?

Los sueños no tienen manos, y aún así son capaces de acariciar.

ULTIMO PARADERO A LA DERIVA

Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía.

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Niño, niña, duende o lo que fuere, no se separaba de mí. Si caminaba, esa cosa caminaba. Si me detenía, esa cosa se detenía. Esa enorme boca que ocupaba casi la totalidad de lo que sería su rostro me preocupaba… me inquietaba…pero no había otra cosa con vida en la solitaria carretera, y me fui acostumbrando a su compañía.

El cielo, el piso y la carretera tenían coloraciones grises verdosas, aunque cada cierto tramo se veía el tenue resplandor amarillento de unas iluminaciones provenientes de la nada. El paisaje era agobiante. A lo lejos vi que algo raudo venía por la carretera. Cuando llegó hasta mi ubicación pude ver que era una pequeña caja de madera, como una pequeña tina. Subí a ella y me senté con las rodillas recogidas. El pequeño monstruo también subió, se puso a mis espaldas, de pie y cogido de mis hombros.

Moviendo mis caderas de atrás para adelante repetidas veces, logré poner en movimiento mi caja móvil. La carretera en pendiente hizo el resto y la aceleración fue en aumento. Ahora íbamos a gran velocidad, deslizándonos como por un tobogán, hasta que un foso se cruzó en nuestro camino y caímos aparatosamente en él. Me puse de pie y me estaba sacudiendo el trasero, cuando vi que un tipo sentado en un borde del foso nos observaba.

Intrigado por su presencia, me quedé observando. Entonces, ante mis ojos se duplicó. La réplica de aquel inesperado personaje saltó hacia el foso y vino hacia mí amenazante. Me puse en guardia, medí las distancias y cuando lo creí conveniente, salte sobre él, derribándolo. Me senté sobre su pecho e intenté ahorcarlo, pero el replicado se echó a reír a carcajadas, ignorando mis esfuerzos por asfixiarlo. De pronto todo se iluminó. Volteé hacia el lugar de donde provenía la luz. Ante mis ojos había una multitud, sentados frente a una mesa repleta de bebidas, carnes y potajes que la muchedumbre empezó a engullir. Conforme iban comiendo, se transformaban en bestias cada vez más repugnantes que tragaban y babeaban embarrándose en saliva y desperdicios de comida y bebida. Y en medio, abrazados, el tipo que se replicó y el monstruito de amplia boca que me acompañó hasta allí, reían a carcajadas.

Sentí pánico y quise salir corriendo de aquel lugar, pero cuando me dispuse a correr descubrí que todas las vías eran un enmarañado de toboganes, como si fueran venas y arterias de una gigantesca bestia. A partir de ese día no he vuelto a dormir al filo de mi cama. Me acuesto al centro para no volver a caer a la verdosa carretera.

(Pieza única. Año 2012. Medidas: 80 X 53 cms. Precio $.600 dólares americanos)

NUBARRONES DE CORDURA

Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía

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Vino desde allí y va hacia allá… La sombra que proyecta sobre el piso jamás se borra. A su paso va dejando cicatrices en la mente de quien la mira. Sus senos amamantan a los hijos de los hombres con dolor, deseo, soledad y angustia; quien prueba de su sexo se inventa el temor a perderla y aunque su aroma es un constante olor a muerte, casi todos la desean.

Se detuvo aquí y no quise mirarla; previamente cosí mis parpados, no vi nada pero el aire se llenó de su sedosa piel blanca, lampiña y apetitosa; no vi nada pero escuché los cánticos de quienes se inmolaban siendo aplastados por su cortejo; no vi nada pero la oí reír con esa risa de burdel que dista de plantear alegría y a cambio propone satírica burla.

Cuando rompí las costuras de mis ojos pude ver las andas alejándose y sobre ellas a la Redentora. Se auto-complacía con caricias que recorrían sus partes más íntimas, sexo que supo, con generosidad entregar… más también ella deseaba proporcionarse gozo y de sus entrañas extraía doradas monedas que arrojaba dejando a su paso una estela de tentación. Intenté recoger unas de esas monedas pero estas quemaron mis manos; entonces di media vuelta y caminé en sentido contrario.

Ahora re-ando lo por ella caminado y con estas manos chamuscadas devuelvo la visión a los ciegos, sano heridas y hago caminar a los paralíticos. Ellos vienen tras de mí pues saben que aunque no haya agua, si los toco, lavaré sus recuerdos; y del paso de la Redentora nadie volverá a hablar jamás pues en mi rebaño sembré la amnesia eterna.

Bien, queridos alumnos, la historia que les acabo de narrar está aquí, en este gran libro incapaz de contener ni una letra, pues todas sus hojas están y estarán en blanco por toda la eternidad. Gracias por su atención…

MI PECADO ES TU AROMA

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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Cuarenta veces soplaron las trompetas del sur, y sólo quedaba esperar que manara miel de las rocas. Fascinados los amantes arañan sus ropas, las van rasgando ante la estúpida ventanita cuyo único signo vital es su imprudencia. Mientras, el sofocante bochorno hace lo suyo derritiendo los ávidos cuerpos; cuatro muslos empapados de urgencia; cuerpos toqueteándose, queriendo aliviar el peso de sus entrañas; invadir y ser invadido, entregar dádivas y recibir bendiciones.

-¿Acaso es tan interesante la luz?

Dejémoslos que hablen; nunca verán cuánto se iluminan los cielos ante los brotes del convexo, jamás imaginarán el perfume del cóncavo, únicamente habrá la sospecha de que ambos levitaron mientras las trompetas del sur soplaban cuarenta veces.

MELODY ZEPP

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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La vez anterior, vino emergiendo de entre la oscuridad, con una apariencia de dulce anciana. Entre sus manos traía algo que despedía una tenue luminosidad verduzca, la cual se colaba por los resquicios de entre sus dedos. Entonces me hablo: -¡Aquí tengo lo tuyo!- Luego empezó a retroceder a la vez que se desvanecía. Se fue así como vino, con pasos de viento…

Anoche fui nuevamente a su encuentro, pero esta vez me asaltaron las dudas… y las dudas no son valederas para un guerrero en batalla. Ya estaba ella dentro de mí; y me acarició, y alimentó mi desbordada fantasía con visiones traídas de otros planos, mas las dudas persistían en martillar mi razón…

Y entonces se desató mi tortura. Los demonios fueron liberados; los vi y los sentí danzando a mi rededor. Aguijoneaban mi cuerpo y mordisqueaban mi alma intoxicándome con angustias y pánicos que creí superados. Quise pararme y gritar, implorar por ayuda, correr, huir; o mejor morir en ese instante y aliviarme del suplicio…Pero me mantuve sentado. Soy lobo, soy devorador de pánicos, pero también soy humano y sé pedir perdón… El lobo estaba orando mientras vomitaba y lloraba sin cesar. Vi materializarse a la carrera, a una horrible niña viniendo hacia mí, chillando y amenazándome con un largo objeto punzante, mas cuando me lo iba a clavar, se desvaneció.

-¡Abre la boca! ¡No aspires, sólo mantén abierta la boca!-

Me introdujeron una cerbatana en una de las fosas nasales y por ella me soplaron un polvo burbujeante, invasivo y desesperante, pero con sabor esclarecedor, luego repitieron la acción en la otra fosa nasal. Antes de irme pusieron en mi mano derecha una papa, aún con la tierra de cultivo impregnada en su cascara, y me dijeron: -¡Camina. Allí viene tu paz!-

Ustedes también son buscadores, por ello intuyen de qué estoy hablando…

LUNA DE HIEL EN EL MARAJO

Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía

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Desde tiempos inmemorables había estado allí. Al amparo de su sombra fue que el ánima del viejo Enrique, entre humaredas de hashish se les apareció a ese par de niños locos para entre risas anunciarles la muerte de la madre de Tawapara. Fue bajo su follaje, que Vicentico se ocultó para vestirse con aquel ridículo disfraz de lagarto, que llevaría por el resto de su vida mientras peregrinaba por el mundo repartiendo sus caramelos envenenados de fantasía. Fue de entre sus ramas que, en los albores de la humanidad, descendió el primer par de amantes que interactuó con los venidos de las estrellas. Muchos de los acontecimientos más relevantes de esta comarca triste y fantasmal, se gestaron al pie de este árbol milenario, ahora sin hojas y sin sombra que proyectar.

Un día, proveniente de algún sueño afiebrado, a los pies del viejo roble, se materializó un iluminado; mezcla de druida, orate, mago y artista. Tenía una encantadora sonrisa y la mirada estúpida, pero limpia, como la mirada de aquellos seres incapaces de entender lo más elemental.

El viejo árbol pareció contagiarse de la alegría que irradiaba el recién llegado, e inexplicablemente empezó a coparse con el verdor de renovadas y lustrosas hojas.

Una creciente multitud de curiosos ávidos de creer en algo, fueron agolpándose alrededor del roble para ver su milagroso reverdecer y observar de cerca al iluminado, quien con su saliva iba tejiendo unas tupidas esterillas, que luego de secarlas al sol, usaba para garabatear en ellas, símbolos y figuras extrañas. Como tinta utilizaba una mezcla de sus propias lágrimas y tierra, aplicándola con su dedo índice derecho.

Nadie se iba del lugar sin llevar, aunque sea uno de los peculiares lienzos garabateados que el recién llegado obsequiaba con entusiasmo, sembrando con ello más y más sonrisas entre los asistentes. Especialmente las mujeres estaban auto-convencidas que aquellos símbolos tenían poderes curativos contra los males de amor y las heridas del alma. La comarca en pleno ahora rebosaba de alegría, contagiada por el brillo del recién materializado. Muchos se acercaban para tocarlo y untarse los dedos de las manos con su sudor.

El iluminado jamás descansaba, nunca dormía… tampoco se alimentaba. De sus espaldas había brotado algo parecido a raíces que se adhirieron al milenario roble; al parecer de esa manera parasitaba la energía vital del árbol.

Una mañana, todo varió. La multitud arremolinada ante el viejo árbol había desviado su atención hacia la repentina aparición de una hermosa mujer de piel color turquesa que, con total desparpajo se exhibía desnuda, mientras gruñía amenazante a quien intentara acercarse al iluminado. Esta agresiva manera de reclamar exclusividad dio sus frutos. Entonces, ya nadie pudo acercarse… Ya nadie pudo tocarlo, ni tampoco recibir de sus manos las esterillas garabateadas.

Poco a poco la multitud fue perdiendo el interés, hasta ignorar por completo al viejo roble, al iluminado y a la agresiva mujer con piel color turquesa. Ella sonreía satisfecha al ver logrado su egoísta objetivo, mas el iluminado no cesó de llorar por cuarenta y dos días con sus respectivas noches.

La comarca volvió a sumirse en su triste y fantasmal aspecto. La ilusión del iluminado que repartía sonrisas y alegría se había esfumado…

Al cabo de las seis semanas, el iluminado arrancó con sus manos los apéndices con forma de raíces, que lo conectaban al roble, y tal como vino, se fue en silencio.

El milenario árbol perdió sus hojas y paulatinamente fue secándose hasta convertirse en un leño inerte.

Inútil resultarían las caricias y lágrimas incontenibles con que la mujer de piel color turquesa, desesperadamente lo regaba intentando reverdecer lo ya concluido.

“Hay destinos que jamás debieran cruzarse, aunque la vida parezca permitirlo”

Video LOS TRAUMAS PSICOLÓGICOS

Monólogo de Oswaldo Mejía

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Monólogo sobre la determinante tragedia de los traumas psicológicos en el ser humano …La forma como posiblemente pueden afectarnos, y también las posibilidades de revertir en alguna medida, sus efectos devastadores, los cuales suelen bestializar a muchos, que naciendo humanos, extravían esa condición mientras transitan por esta vida.

NO REVERSIBLE

Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía.

Cap. 15 del libro “Delirios del Lirio”

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*-¿Deseas saber quién eres?  Quizás Debas viajar hacia ti mismo, rebuscar entre tus recuerdos olvidados…en lo más recóndito de tu mente… yo esperaré aquí tu retorno…

La luz del sol atravesando nuestros parpados anuncia un nuevo día para ir hacia no sabemos dónde, en compañía de no sabemos quiénes,  para hallar  quien sabe qué.

-¡Despierten!…- Recibimos órdenes de quienes no vemos, ni escuchamos, ni sabemos nada…y nosotros obedecemos. Todos a la vez abrimos los ojos en el momento preciso para un nuevo día, y sin mediar pregunta o palabra alguna, todos a la vez nos ponemos de pie esperando la orden -¡Caminen!- Entonces, juntos emprendemos  la caminata por la ruta que se nos vaya indicando.  Somos muchos, mas todos obedecemos esas órdenes silenciosas que retumban dentro de nosotros.

Tenemos al Sol abrazador quemando nuestras espaldas, y nuestros pies sangran. Sólo eso tenemos, nuestro dolor  y el vacío de nuestras mentes. Nuestras almas también han empezado a dolernos, pero seguimos caminando. Pasamos sobre arenas calientes, campos espinosos y rocas filosas.

La caminata no se detiene mientras no recibamos orden de hacerlo. Cualquiera de nuestras necesidades fisiológicas debemos atenderla sobre la marcha, sin detenernos. Nuestra suciedad queda en el camino, y quienes vienen detrás la pisotean embarrándose  los pies heridos y empolvados.  Hasta hace poco sólo teníamos dolor en nuestras pieles; pero ahora este se está apoderando también de nuestras mentes…

Tenemos un recuerdo borroso de que llegamos desde muy lejos.  No sabemos cómo ni cuándo, pero ese recuerdo está allí. Lo único que tenemos claro es que hace mucho tiempo llevamos caminando por estos rumbos, los cuales parecen no tener fin.

En un momento del día llega la orden -¡Deténganse!- Todos la percibimos; pero no hubo sonido… mas, obedecemos. Todos elevamos nuestras miradas hacia el cielo, pero no lo miramos. Nuestra atención está fija en la aparición de algo que estamos esperando ¡Y sí! Empezó a caer del cielo una lluvia de bolitas blancas. Las cogemos en el aire con nuestras bocas abiertas y también con nuestras manos; y las tragamos rápidamente. Cuando el cielo deja de dar, bajamos nuestras miradas, nos agachamos para recoger e ir comiendo las bolitas que cayeron al suelo en nuestro rededor.

-¡Caminen!- Es la orden, siempre sin ruido alguno. Todos obedecemos. Seguimos un camino que vamos descubriendo paso a paso. La luz del día va apagándose mientras el cielo varía de color. Ahora es rojo como nuestra sangre. Así va presentándose la noche.

-¡Deténganse!- Esa es la orden sin sonido que se nos impone. Nos detenemos, y en ese mismo lugar nos sentamos o recostamos. Momento para rascarnos o sobar nuestras heridas, esperando aliviar en algo nuestro dolor. Poco a poco la masa va compactándose. Nos vamos juntando hasta rozar nuestros cuerpos, esperando el momento de la orden -¡Duerman!- Orden que no oiremos, pero que hará caer nuestros parpados. Mañana será siempre igual al día anterior: el  amanecer, la caminata diaria, y la misma pregunta que hace un tiempo da vueltas en nuestras cabezas -¿Qué hacemos aquí?-  …Igual, no habrá respuestas…

Nos despierta una luz tan intensa, que hiere nuestros ojos, a pesar de que nuestros parpados estaban cerrados. Luego sentimos un estruendo y el piso se sacudió violentamente. Cuando nos dimos cuenta, nos mirábamos los unos a los otros. Los ojos y las bocas abiertas, buscando respuestas en nuestras miradas llenas de asombro… Las luces hirientes se repiten, así como los estruendos y temblores. Vamos juntando nuestros cuerpos, buscando compartir nuestra confusión, y hacer de nuestro temor uno solo. Juntos estamos conociendo al miedo.

Este día no hubo las órdenes. Estábamos despiertos y mirando el cielo porque nos despertaron las luces hirientes, los estruendos y los temblores. Por primera vez no estamos vacíos… estamos llenos de pánico, pero atentos. Vimos grandes bolas brillantes volando de aquí para allá, y no eran estrellas. Estas se movían rápidamente dejando marcas a su paso, como si arañaran el cielo.

Aquel día sin órdenes silenciosas, no hubo caminata, no hubo bolitas blancas cayendo del cielo. Pasamos todo el tiempo mirando atentamente al cielo. Algunas veces las luces hirientes eran tan fuertes que quedábamos ciegos por un rato;  entonces buscábamos que tocarnos con las manos, como para saber que seguíamos allí. Así fue que nos percatamos que a algunos nos había aparecido una protuberancia en cada omóplato; aunque nuestro miedo no nos permitió darle mucha atención al hecho.

Así, con todo ese miedo llenando nuestras mentes, llegó el atardecer. Las luces hirientes, los estruendos y los temblores fueron haciéndose cada vez más distanciados…más lejanos…hasta hacerse, apenas un zumbido, que luego se perdió en el silencio. Y no hubo más… La noche se acercaba. El cielo se tiñó de color rojo, entonces nos dimos cuenta que habíamos pasado el día sin la compañía de los invisibles que guiaban nuestra vida.

Jamás los habíamos visto, pero sabíamos que estaban allí, caminando con nosotros y entre nosotros. Invisibles pero allí, guiándonos… Y hoy no estuvieron…

Esta mañana el miedo se nos había presentado por primera vez, y con él vino también eso que, aunque muy débil, empezaba a encenderse en nuestras mentes primitivas. Supimos que esa masa que caminaba día a día, éramos “Nosotros”. Unidos en el miedo, supimos que nos teníamos los unos a los otros…

Con la noche se nos presentó el miedo más grande… La soledad que grita el abandono ¿Quién nos guiaría hacia lo desconocido del siguiente paso? Llorando en silencio a la noche sorda, nos fuimos quedando dormidos. Sin órdenes silenciosas que nos indicaran cerrar nuestros parpados, sin la…vigilante…compañía…de los…

Al amanecer,  cuando sentimos la orden silenciosa -¡Despierten!- Abrimos nuestros ojos, y nos encontramos con una mañana sin Sol y un cielo nublado. Nuestros cuerpos estaban empapados; la noche debió llorar sobre nosotros mientras dormíamos. Su llanto debió ser de tristeza, pues lo que cayó sobre nuestras pieles fueron lágrimas negras y malolientes.

-¡Caminen!- Nos pusimos de pie y empezamos la caminata diaria. El saber que quienes nos guiaban, aunque invisibles, estaban nuevamente con nosotros y entre nosotros, invadió  nuestras mentes oscuras y vacías con una sensación desconocida…nos sentimos bien.

Algo dentro de nosotros había empezado a cambiar. De a pocos íbamos llenándonos de preguntas  -¿Por qué han empezado a aparecernos estos apéndices en nuestras espaldas? ¿Por qué nos hacen caminar estos senderos? ¿Hacia dónde vamos realmente?   ¿Por qué no nos dejan mirar hacia atrás?… De pronto, al sentir las órdenes silenciosas, olvidamos todo…y obedecimos.

Algunas veces, antes de la orden -¡Duerman!-  Miramos hacia el cielo, vemos las estrellas, y sin saber por qué, algunas lágrimas ruedan por nuestras mejillas. Quisiéramos decir algo, pero no sabemos cómo. Nuestras bocas resecas no saben decir nada. Son nuestras miradas las que a veces dicen cosas, pero es poco…o es…nada…

Otro amanecer. Otro día para caminar. Las órdenes de siempre: -¡Levántense! ¡Caminen!- …Y caminamos. Siempre hemos caminado vacíos, pero no lo sentíamos. Ahora empezamos a sentirlo, y nos duele. Cuando el sol estuvo sobre nuestras cabezas, pasamos por un campo donde sólo había arena y piedras, y llegó la orden silenciosa -¡Deténganse!- Sabíamos que era momento de mirar hacia arriba y esperar con nuestras bocas y manos abiertas, que cayeran las bolitas blancas ¡Y sí! Empezaron a caer, pero sólo por un instante… ¡Y dejaron de caer! Al inicio miramos al cielo con asombro, luego, algo dentro de nosotros se quebró, y dolió mucho. Queríamos preguntar al cielo porqué nos negaba lo bueno.  Nos sentimos abandonados. Lentamente fuimos bajando nuestras miradas y nos vimos a los ojos; vimos nuestras caras y tuvimos miedo unos de otros. Nos agachamos con profundo recelo, sin dejar de mirarnos a los ojos. Entonces no recogimos las bolitas blancas. Lo que cogimos fueron piedras.

Un zumbido llenó nuestras cabezas y luego las órdenes silenciosas doliéndonos.

-¡Atacar! ¡Atacar! ¡Atacaaaaaar!

Nunca antes habíamos sentido esas órdenes, pero obedecimos. Empezamos a lanzarnos las piedras unos a otros. Lanzábamos y recibíamos pedradas. Sentíamos mucho dolor con cada pedrada que golpeaba nuestros cuerpos, pero no nos deteníamos. A más dolor, más ganas de seguir lanzando pedradas.

No nos dimos cuenta en que momento fue y como empezó, pero de nuestras bocas salieron sonidos. Estábamos gritando. Temblábamos, sudábamos y sangrábamos. Muchos caían y no se movían más. Las piedras no dejaron de llover hasta que llegó la orden desde el silencio.

-¡Deténganse!- Entonces fuimos soltando las piedras que aún teníamos entre las manos… Y vino la calma.

-¡Caminen!- Y empezamos a caminar los que aún podíamos hacerlo. Muchos sólo dieron unos pasos y luego cayeron. Los que veníamos más atrás pasamos pisoteando los cuerpos de los caídos y de los que siguieron cayendo en el camino.

-¡Deténganse!-

Nos dejamos caer. Estamos agotados. La sangre de nuestras heridas está secando, pero el dolor que nos dejaron las pedradas en nuestros cuerpos sigue allí. Y en nuestras mentes, un dolor más grande. Cada día conocemos algo nuevo, pero todo nos viene con dolor -¡Duerman!- …Con mucho…dolor…con…mucho…

Cuando desperté, el sol estaba directamente sobre mí, y a mi rededor sólo había unos cuantos cuerpos inertes… La manada se había ido, seguramente siguiendo las órdenes de los invisibles.

Una pluma blanca en el suelo llamó mi atención; la recogí y empecé a caminar en sentido contrario a las huellas que dejaron los que hasta ayer fueron “Nosotros”…

JUNTOS SOMOS LA TORRE QUE ORDENARÁ LOS VIENTOS

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía 

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Soy el ave con alas de palo que, al no poder remontar el viento, no dudó en cercenar su cabeza, ideas y fantasías, para lanzarlas al aire en tu búsqueda. Quizás no viste mi sentir rodando entre azules intensos, entre aromas siena y sinsabores verdes, pero llegué a ti cuando dormías y pude palpar tus sueños. Eres la Reina onírica que ahora cabalga el reluciente corcel de flacuchas y alargadas patas de metal. Ya no hay restos de esas eras que te mantuvieron anclada a la desértica soledad de las manos vacías. Lamí tus pies y los dedos de tu diestra invitándote a montar en mí y ahora retozo contigo, aupada a mi lomo, dejando una estela de huellas delirantes que quizás, otros dementes como nosotros, se animen a seguir.
Ahora caminamos asidos, tú con tus manitas henchidas de mí, y yo, aferrado a la visión de verte sonreír.

EPISTOLAS DEL EXQUISITO

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía.

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Esa bruja me tildó de falso.

-¡Quiero viajar y no me das el pasaje! ¡Tú sí irás a pasear a NEUROPA!-dijo.

Hubiera querido darle mi boleto…pero este viaje no se lo deseo a nadie; mueres poco a poco mientras observas el paisaje. No se sabe si avanzas o es el camino el que retrocede, las ventanas nunca dicen la verdad pura, siempre guardan algo de mentira… Quizá el vidrio le diga a la hechicera que me fui sonriendo, cuando en verdad, mis labios eran incapaces de manifestar alegría.

Sólo quiero desconectarme, detener este viaje a NEUROPA ¿Me servirán estas tijeras para intentarlo? Voy introduciéndolas por mi nariz… las puntas tocan mi cerebro, sangro profusamente y me duele el alma ¡Maldición, quiero hacerlo, pero no sé qué es lo que debo cortar!

¿Por qué te fuiste papá? Tú siempre estirabas tus manos y me alcanzabas todo…ahora esto está allá, muy arriba, y no logro desconectarlo.

Quiero detener este mi viaje a NEUROPA.

¡Papáaaaaaaaa! Estoy sangrando excesivamente y me duele el alma ¿Quieres decirme qué debo cortar para desconectarme?

Ahora voy a dormir, te espero allá, en mis sueños… No te tardes papá, es incómodo dormir con tijeras en la nariz.

Esa bruja me tildó de falso.

-¡Quiero una escoba nueva y no me la das! ¡Tú sí te irás a pasear a NEUROPA!- Dijo