SENTAOS A ESPERAR

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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Allí está la diaria noche de cerrazón, y para variar, reclama enfrentarla. El ojo avizor es el de ese guerrero de siempre, torpe pero testarudo que, aun cuando sólo se le confirió una inútil réplica de espada en frágil madera, jamás retrocedió ante las ridículas parodias de luchar contra las tempestades ¡Reíd, huestes de peregrinos, ante este Quijote de ridículo yelmo en forma de embudo!

“¡No grites mi nombre en la línea del viento, ni escribas tu celo reclamado mi tiempo! Mi adoración está a flor de labios pero escapa a los hechos”, repetía el calco de tierna Dulcinea, mientras el guerrero de brazos fornidos, la miraba atónito pues no comprendía sus palabras.

Este compulsivo peleador lanzaba tajos de salva con la diestra, mientras que con la siniestra sostenía un trozo rectangular de cartulina con un dibujo de fémina desnuda cual escudo. Va dando pasos rengos que no son más que tumbos, pero sin variar su norte que es el frente ¡Que vengan a por él los ejércitos de la falacia y la duda, si desean enterarse de la rudeza de su lomo para afrontar desdichas!

“Vive tu día a día, que para mí paz transito yo. Refúgiate entre tus versos e imágenes del ángel débil, cuyas alas de ayer inutilizaron tus plumas para el hoy”, era la voz constante de Dulcinea, retumbando en la cabeza del Quijote.

Aconteció un día que, entre la coreografía de pugna, la espada de madera rozó su pierna derecha y se quebró, más un luchador jamás se amilana. Abrió su boca y mostrando su desgastada dentadura, continuó desafiante, amenazando con dentellar a Fulano, Zutano, y al mismísimo Perengano si se interponían entre sus delirios de amores injustos y sueños de editar historias imposibles de vivir.

“Carecen mis libertades de una lengua que lama tus heridas al interior de tu pecho. Hay deseo y afán de risas propias, en primera fila. Lidia tú con los hechizos que te adjudicaste y que para mí son ajenos y tan lejanos como distantes leguas”, pronunciaron los ojillos azulados, huérfanos de cejas en un domingo de cautiverio.

Al oír a su adorada niña, el batallador cerró su jaula portátil y se sentó a degustar el humo de su cigarro barato, aunque no por ello menos adormecedor. En esa posición, y con resignada complacencia, concluyó: “Quiere que me vaya a continuar mis guerras a otros confines, justo ahora que perdí mi yelmo de embudo, mi escudo de cartulina y mi espadita de madera que se rompió…”

Aún permanece allí el batallador, mostrando los dientes a Fulano, Zutano, y al mismísimo Perengano…Aunque ya no hay Dulcinea por quien batallar.

ETERNIDAD PARA LOS AGUARDANTES

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

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Se espera, siempre se espera. Si caminas, esperas llegar a un lugar; si te detienes, esperas al tiempo pasar; si hablas, esperas ser escuchado; si callas, esperas que se respete tu silencio; si vives, esperas vivir más; si vas a morir, esperas que sea pronto y que no duela.

Se espera, siempre se espera…

Este rostro se veló con caretas horribles, con máscaras angelicales; algunas eran cabezas de animales, otras de niños sonrientes, y también las hubo de bebés lloriqueando ¿Qué importa cuál fuere la careta de turno si siempre estuve esperando? Estos ojillos tras las cuencas de cualquiera de las caretas, siempre miraban en un rango de derecha a izquierda y viceversa, esperando, angustiados, el ataque artero, el mal momento por venir.

Se espera, siempre se espera…

Hoy guardé mi colección de caretas, quería que vieras este rostro sin veladuras, quería que juntos soñáramos el mismo sueño, y fuiste complaciente. Sorbí el almíbar de tus entrañas y estuve dentro de ti. Ahora, esta imborrable sonrisa, sólo espera su perennidad ante ti…

Se espera, siempre se espera, pero ahora, mientras esperamos, reímos juntos la misma risa.

VESTIDO DE FABULA PARA ACUNARTE

Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía

Cap. final del libro “Delirios del Lirio”

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La tertulia es un bocado largo; se paladea, se saborea… La disfruta quien habla, y también quienes escuchan. Si la charla es incoherente, mucho mejor. Aunque esta, más que charla, era un monólogo continuo. Cual si tuviera mil bolsillos imaginarios, el Cuentero iba sacando historia tras historia. Los oyentes, boquiabiertos, apenas si se limitaban a asentir por momentos con alguna gesticulación, mueca, o pronunciando un breve “¡Ajá!”, o un “¡Claro!” …

En determinado momento, el Cuentero requirió de un adjetivo huidizo, entonces cerró los ojos un instante, como si fuera a hurgar su mente en busca del ansiado adjetivo.

Al volver a abrir los ojos, algo no encajaba… Algo había variado radicalmente en el contexto.¡¡Sí!! ¡¡Ya no eran las mismas caras conocidas de los oyentes!! Ya no era el mismo lugar…Ni siquiera era la misma noche…

La primera reacción del Cuentero fue el pánico – ¿Qué está pasando? – Instintivamente intentó ponerse de pie, mas los que ahora le rodeaban se lo impidieron.

-No se pare…-

*- ¿Por qué…? –

-Se cayó, se golpeó la cabeza, y estuvo sin conocimiento por unos minutos. Es mejor que espere a que llamemos a algún familiar o algún conocido suyo…

El Cuentero se llevó las manos a la cabeza, y entonces pudo palpar que sus largos cabellos estaban empapados de una sustancia gelatinosa. Cuando miró las palmas de sus manos se dio cuenta que era sangre en proceso de coagulación – ¿Qué había ocurrido realmente? ¿Cómo llegó a este lugar? ¿Dónde quedaron los amigos con quienes estuvo tertuliando hacía un instante? –

Al Cuentero sólo se le ocurrió huir despavorido de aquella extraña realidad repentina, mas, al primer tranco, sus piernas no reaccionaron a la altura de las exigencias. Trastabilló y cayó pesadamente al piso, recayendo el impacto de la colisión sobre su mano derecha.

-Señor, cálmese. Ya está en camino el auxilio médico. –

El dolor obligó al Cuentero a encoger su brazo derecho para sobarse. Fue allí que notó lo arrugadas y envejecidas que estaban sus manos. Su cuerpo en sí, estaba falto de musculatura, agotado, desgastado…Un cuerpo de anciano – ¿Cómo pudo ocurrir esto en un abrir y cerrar de ojos? –

Arrastrándose hacia atrás, apoyándose sobre sus caderas y codos, El Cuentero, desesperado, se apresuró por alejarse de esa pesadilla – ¡Huir!  ¡Huir!  ¡Huir! –

Esta vez el cambio también fue repentino, pero no hubo brusquedad. Todo varió, pero fue como una veladura, suave, sutil, esfumada…Ahora él se impulsaba con unas piernas muy largas, flexibles y elásticas. Se deslizaba casi flotando por entre un camino heterogéneo de distancias planas y graderías. A su derecha se mostraba una inacabable pared de ladrillos, con una secuencia horizontal de ventanas, desde donde le observaban personas que en algún momento debió conocer, pues sus rostros le resultaban familiares. Que no hubiera hecho por evitar mirarlos, pero su vista era atraída por esos rostros tristes y sombríos que aparecían en las ventanas. Verlos le dolía. Había algo en esas visiones que le hacía daño. Estaba llorando, y sufría…mas no aminoró la velocidad de su carrera. Aun así, el deslizamiento de su existencia se desfasó con la vista de la inacabable pared que se presentaba a su derecha. El paso de las ventanas frente a sus retinas fue adquiriendo más y más velocidad, hasta hacérsele imposible distinguir nada. Sólo podía percibir el vértigo moviéndose a su derecha.

Cuando detuvo su correría, el paisaje se mostró desoladoramente plano y sin fin, estéril, vacío. Sin atrás, sin adelante. Sin Este ni Oeste, sin Norte ni Sur. Hacia donde mirara, sólo hallaba la soledad más profunda. La madre de las ausencias y las carencias. Esa soledad que ni permite rezar, pues en ella no hay cabida para ningún Dios …

El Cuentero se derrumbó sobre sus rodillas. Los recuerdos de sus mil vidas, ahora resultaban un peso excesivo para su organismo cansado y desgastado por esa vejez fortuita y repentina…

Vinieron a su mente, Eva… Su Madre… Magdalena…Emérita, Betsy, Esther, Diana, Lucy, Patricia…Y Myriam. Todas con sus diferentes rostros, pero con el mismo aroma feromonal en sus pieles, y las mismas ojeras color promesa -¡¡Claro!! Siempre fueron la misma, sólo variaba su rostro para no ser conocida sino, reconocida-

*-Ella nunca vino. Todo fue una mentira…A ella la inventé yo…-

En esas circunstancias, en ese instante, la mente del Cuentero había empezado a sufrir repentinos arrebatos de cordura selectiva. Seguía sumergido en esa vorágine de realidad delirante, pero por momentos sus recuerdos daban brincos cada vez más prolongados hacia la lucidez.

Había vivido mil vidas, miles de aventuras, y los recuerdos de todo ello estaban intactos, dentro de su cerebro. Allí estaban minuciosamente detallados, olores, texturas, sabores, sensaciones y sentimientos transcurridos. Las luchas, las lágrimas…las plumas blancas que aparecían inexplicablemente -¡¡Claro, las plumas!!-

Entre sus mil vidas, en cada una de sus aventuras siempre ocurría un hecho por demás inquietante…como por arte de magia en algún momento aparecían plumas blancas.

Entonces el Cuentero reparó en que estaba desnudo, y que llevaba un armatoste sujeto a sus hombros por unas correas, y del cual sobresalían un par de largas varillas de las que se sujetaban algunas tiritas de papel blanco. El Cuentero se llevó las manos al rostro y lloró como un niño.

Los recuerdos cobraron ribetes de una nitidez tan vívida que casi eran palpables…

*-Estas ridículas alas las fabriqué yo hace mucho. Las hice con mis propias manos; con varillas de desechos y les fui pegando tiritas de papel para simular plumas. Con ellas me auto confeccioné la mentira de que yo podía volar…-

La fantasía que su mente afiebrada le otorgara todo ese tiempo, ahora se desvanecía. Aquellas alas que otrora se le antojaron majestuosas, ahora se le presentaban tal cual: Un armatoste inútil, hecho de varillas de desecho, y con algunas tiritas de papel, que aún se mantenían tercamente pegadas.

Nunca vino Eva, nunca vino su madre, nunca vino Magdalena, ni Emérita, ni Betsy, ni Esther, ni Diana…ni Lucy…ni Patricia…tampoco Myriam.

Nunca hubo mil vidas, ni aventuras épicas…Quizás ni siquiera hubo tertulias con sus monólogos continuados…

Roto el hechizo de su delirante magia, el Cuentero supo que aquellas preciosas plumas blancas que hallaba en sus imaginarias aventuras, no eran más que las tiritas de papel que iban desprendiéndose de su armatoste…

*-Todo fue una mentira. Todo esto me lo inventé para hacer soportable mi soledad. –

 El Cuentero permaneció arrodillado, con ambas manos cubriéndose el rostro, sumiéndose entre la tristeza y la desesperanza. Su magia se había acabado -¿Cómo digerir la orfandad de razones para continuar la ruta que el destino le asignó? –

Quizás fue solo un instante, quizás hubo transcurrido una eternidad… Quizás ya no había más lágrimas para derramar. Lentamente el Cuentero fue retirando sus manos liberando de a pocos su mirada. Entonces sus enrojecidos ojos se abrieron desmesuradamente y una amplia sonrisa cobró vida en él…

Frente a sí, entre sus rodillas, yacían un par de hermosas plumas blancas.

LA SEÑAL

Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía.

Cap. 17 del libro “Delirios del Lirio”

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¡Brooooooom! ¡Brooooooom! ¡Brooooooooooom! ¡Brooooooooooom! ¡Brooooooom!

El ruido ensordecedor, repetitivo y acompasado, cada vez más cercano, hacía temblar el suelo como si se tratara de las pisadas de un gigantesco coloso. Me levanté asustado pero presto a dar batalla a lo que fuere, mi naturaleza de veterano guerrero así me lo imponía. Instintivamente me calcé el yelmo y cogí mi hacha de dos filos. Aunque estaba desnudo, aquellos elementos me bastaban para protegerme y enfrentar cualquier situación que pusiera en peligro la integridad de la Semidiosa, esa que se me había encomendado salvaguardar y con quien compartía mi lecho. Antes de salir de la habitación me volví para echarle una mirada. Estaba en total desnudez, agazapada en un rincón, con la mirada desencajada y los labios en “O”. Su pánico se hacía evidente en el color verde esmeralda al que había virado su piel, tonalidad propia de los desamparados. Me acerqué con intención de abrazarla, pero ella no me lo permitió. Me atajó con un movimiento de manos que danzaron en el aire cual mariposa aturdida, centró su mirada llorosa en mis pupilas y exclamó:

 -¡Vienen por mí! ¡Otra vez vienen por mí!

 Yo también la miré pese a que en esa contemplación había desconcierto ¿Quién? ¿quiénes venían por ella? No me detuve a pensarlo, simplemente salí corriendo del recinto dispuesto a dar la vida por ella, nadie iba a llevársela, no se lo dije, pero lo di por sentado. El ruido y el temblor que semejaba las pisadas de un gigantesco coloso habían sido reemplazados por un griterío impreciso donde se entremezclaban plegarias de mujeres, llanto de niños, retumbos de marchas a la carrera de decenas de soldados y órdenes de oficiales que los conminaban a ocupar lugares estratégicos.

A punto estaba de llegar a las murallas de protección cuando un oficial se interpuso en mi camino, cubrió mi desnudez con un taparrabo de piel y a continuación me dijo:

-Son cientos de miles de seres que parecen salidos de las mismas entrañas del     infierno.

Con unos cuantos trancos recorrí las escaleras que me condujeron hacia lo alto de los andamios que servían para transitar el perímetro amurallado. Miré hacia el horizonte y lo que vi era espeluznante, incluso para mí que infinidad de veces me había visto cara a cara con la muerte. Hasta donde alcanzaba mi vista, estaba plagado de cuadrúpedos deformes. Sus cuartos traseros más pequeños, les otorgaba una marcada ondulación en sus lomos a modo de joroba. Hocicos enormes provistos de filosa dentadura remataban su amenazante corporeidad cubierta de crines e hirsuto pelaje negro. En el centro del enjambre, se erigía una descomunal anda y sobre ella, un trono en el que estaba sentada una fémina demoníaca completamente desnuda. De sus entrepiernas salían llamaradas. Detrás de ella, tres monjes con túnicas grises, sujetaban un cartel que llevaba inscrito “SOY LA DUDA, LA MADRE DE TODOS LOS MIEDOS”

En las murallas seguían los ajetreos y correrías de los soldados y oficiales preocupados por abastecer de pertrechos a quienes, en primera línea, inútilmente intentarían repeler el inminente ataque cuando este aconteciera. Uno de los tres sacerdotes cogió una tea y la encendió con el fuego que brotaba de las entrepiernas de la infernal dama. Bajó de las andas y la muchedumbre le abrió paso. El monje no caminaba, se deslizaba levitando a unos veinte centímetros del piso y así fue acercándose hasta el portón que flanqueaba la entrada a nuestra ciudadela.

-¡Hey,  tú, guerrero! LA MADRE DE TODOS LOS MIEDOS reclama a la Semidiosa que albergas y pretendes proteger ¡Entrégamela y ven tú con ella! Tienes la promesa de que, si lo haces, seguiremos de largo sin llevarnos ninguna de las vidas de esta nauseabunda aldea.

En voz baja pedí a uno de los oficiales que me alcanzara un perol de aceite hirviente e incandescente y sorpresivamente lo arrojé contra el monje, como respuesta a su propuesta.

– ¡Púdrete en los infiernos, tú y tu soberana! – Mientras el monje se retorcía carbonizándose, elevé amenazante mi hacha de dos filos y vociferé retándoles:

 -¡Vengan por nosotros, huestes de esa ramera infernal! Aquí los espera el filo de mi hacha y la fortaleza de mi alma iracunda.

LA MADRE DE TODOS LOS MIEDOS se puso de pie y aunque no podíamos oír lo que decía, intuí que arengaba a su horda a atacarnos pues sus movimientos eran enérgicos y no cesaba de señalar nuestras murallas como objetivo principal.

Miré a mí alrededor. En los rostros de los oficiales, se reflejaba el pavor de la cercanía del fin. Sentí que todos, en silencio, me preguntaban con tono de acusación “¿Qué hiciste?”. Debo reconocer que tenían razón para hacerlo ya que, arbitrariamente, los había condenado a una muerte segura pudiendo evitarlo con sólo entregarme y entregarles a la Semidiosa. LA MADRE DE TODOS LOS MIEDOS nos quería a los dos, nada más…

Afuera, el enjambre diabólico se movía de aquí para allá como una marejada, estaban ansiosos esperando la orden para arrasarnos sin piedad alguna. Unas cuantas criaturas subieron al anda y encendieron unas teas que hundieron en la entrepierna de la fémina infernal que los guiaba. Con anterioridad, habían apostado varias catapultas frente a nuestras murallas y varios grupos de aquellas cuadrúpedas criaturas las iban cargando con una sustancia oleaginosa mientras que los portadores de las teas iban encendiéndolas una a una. En ese instante y de un modo impensado, súbitamente el cielo se oscureció. Las lenguas de fuego que emergían de las cargas de las catapultas y de la entrepierna de LA MADRE DE TODOS LOS MIEDOS, eran la única la iluminación existente sobre la faz de la tierra, tornando más tétrica la presencia de aquel enjambre de heraldos de la muerte. Los que estábamos tras las murallas no podíamos distinguir nada, sabíamos que estábamos allí pues escuchábamos el llanto, la respiración agitada y las plegarias de quienes teníamos cerca.

De pronto, a nuestras espaldas, un resplandor celeste acaparó nuestra atención. Todos los que estábamos en la muralla volteamos en actitud defensiva esperando lo peor. Quedamos paralizados al ver a la Semidiosa en la plenitud de su desnudez. De su piel irradiaba aquella luz celestial. El pánico había desaparecido al igual que su mirada llorosa. Se dirigía resueltamente hacia el portón de entrada. Cuando logré salir de la quietud en que nos sumió su radiante presencia, bajé velozmente y me interpuse en su ruta. La Semidiosa estiró su brazo y señalando con su índice la entrada, me ordenó:

-¡Abre ese portón! He vivido toda mi existencia esquivándola, pero ha llegado el momento de enfrentarla. Ella, LA DUDA, MADRE DE TODOS LOS MIEDOS, es mi madre, pero ya no le temo más. No intentes detenerme.

Sus pupilas estaban desmesuradamente dilatadas, parecía en trance, sus ojos se presentaban negros en totalidad, sin iris, una mirada sin brillo, casi sin vida. Quise atajarla, pero al acercarme a su resplandor, se me chamuscó la palma de la mano y una fuerza sobrenatural me arrojó de espaldas varios metros atrás. No sentí el dolor del impacto de mi caída ni el ardor lógico de la quemadura en mi mano, pero sí noté que mi hacha había desaparecido de mi otra mano y en su reemplazo empuñaba una larga pluma blanca.

La Semidiosa continuó su camino ante la atónita mirada de todos los que estábamos en este lado de la muralla. Cuando llegó al portón, su proximidad hizo estallar en mil pedazos los bloques de madera reforzada con hierro, infundiéndole miedo a la horda de sitiadores. Ella, impasible, prosiguió la marcha. A su paso, aquellas bestias babeantes y atontadas, se hacían a un lado.

Cuando llegó al pie de las andas, LA DUDA, MADRE DE TODOS LOS MIEDOS, se irguió al verla. La Semidiosa con su refulgencia se le acercó, le tomó las manos y le dio un beso en la frente. Instantáneamente el anda fue el epicentro de una gran explosión cuya onda expansiva desintegró todo resto de ese infernal enjambre. A quienes estábamos en este lado de la muralla nos llegó una ola de cenizas que amenazó con asfixiarnos, mas, pronto se disipó, nos permitió salir y ver a la Semidiosa de rodillas en el mismo lugar donde antes estuvo el anda… sola y desnuda. Corrí hacia ella con una manta que hallé y cubrí su cuerpo.

Al tomarla en brazos para llevarla a lugar seguro, aprecié la liviandad de su cuerpo. Inmediatamente, se desató una gran tormenta, pero no era agua, no, eran plumas ¡Plumas blancas! Quedé aturdido por lo que sucedía, mas, cuando pude reponerme, la extraña tormenta cesó, el suelo estaba cubierto con las plumas, allí, en el mismo lugar donde cayó ella, la semidiosa. Me puse de cuclillas y comencé a limpiar la zona de plumas, necesitaba quitarla de allí, temí que se asfixiara, eran millones de plumas cubriendo su cuerpecillo, pero…

– ¿Dónde está? ¡Respondan! – grité a los pocos hombres que habían sobrevivido a ese fenómeno inusual- Silencio absoluto, cabizbajos, sólo atinaron a señalar hacia mis espaldas.

A lo lejos, entre nimbos, alcancé a ver una guadaña, la sombra de la muerte…y ella, mi niña semi-diosa…transportada en sus brazos hacia el más allá…

– ¡Nooooooooooooooooooooooooo!-Mi aullido atravesó el firmamento y el cielo se oscureció…

UNO INDIVISIBLE

Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía.

Cap. 16 del libro “Delirios del Lirio”

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Es una especie que en su sangre lleva la herencia de Dioses medianos y ángeles parias llegados aquí luego de acumular su conocimiento tras cometer errores ancestrales, luego de depredar y llevar al colapso los mundos que antes los cobijaron, Dioses y ángeles usurpadores que fueron recibiendo lecciones dándose de cabezazos contra su propia necedad, y quizás ni siquiera asimilaron las lecciones, quizás tan sólo se convirtieron en portadores de malas experiencias, errando y tropezando múltiples veces con el mismo escollo. El caso es que llegaron aquí con el estigma de destructores de mundos, asustadizos fugitivos de fatales destinos que ellos mismos se forjaron.

Con esas taras a cuestas, generaron la vida en este planeta, transmitiendo a las criaturas, productos de sus experimentos, el intrínseco cretinismo a través de los genes que extrajeron de sí mismos y de ese modo, inocularles la capacidad del libre albedrío. Los nativos de este planeta son la semilla maldita e imperfecta de seres que vinieron del espacio huyendo e intentando expiar culpas, mostrándose ante ellos como deidades infalibles, omnipotentes, bondadosas y dueñas del gran orden universal. En realidad, no eran más que evadidos que poseían algo de adelanto técnico y con esto pudieron jugar a ser divinidades dadoras de vida.

Estos aprendices de Dioses, les instalaron el velo del conocimiento limitado a sus creados, no permitiéndoles mirar más allá de donde las supuestas divinidades dibujaron sus estrellas, entonces no pueden ni podrán jamás, hacer conexión con el auténtico GRAN HACEDOR. Su heredada miopía espiritual, les permite ver únicamente hasta el límite donde habitan sus Dioses y ángeles ficticios. A ellos oran y solicitan dádivas y bendiciones que no se las pueden conceder pues estos no tienen el poder de oír a millones de bocas implorantes y aunque lo pudieran hacer, están muy ocupados intentando resolver sus propios miedos, necesidades y hambres.

Su “perfección” e imagen a semejanza de estos Dioses falsos, es la que les dicta que sean capaces de meter un animalito recién nacido en una botella, alimentarlo y mantenerlo en ese cautiverio mientras lo ven crecer en ese cada vez más apretado espacio que irá deformando su estructura ósea y todo su organismo hasta convertirlo en un macabro adorno… el animal con cuerpo de botella.

Es por ello que se divierten y hallan regocijo al estimular a sus congéneres a subir a un octógono para darse golpes a diestra y siniestra hasta terminar bañados con la sangre de sus contendientes y la suya propia a cambio de aplausos y un puñado de monedas. Por lo mismo, adiestran a bestias y aves  en el arte de matar, aprovechándose de su instinto de territorialidad. Todo ello es parte de ese “legado divino”… Sentir placer al ver verter sangre ajena y espectar con deleite como se le va la vida a otros seres en pro de su ludopático afán de apostar.

Son estas razones genéticas las que justifican su egoísmo al ufanarse de las guerras que fomentan y el interés por acumular riquezas mientras sus hermanos de raza, a su lado, mueren de hambre y sed. Allí radica su intolerancia para soportar que quienes les rodean sean felices y tengan acceso a convivir con el amor. Es esa funesta herencia la que los empuja a hacer escarnio, mofarse y golpear el cuerpo y alma de una indefensa niña, cuyo único pecado fue venir al mundo, desamparada e incapacitada para enfrentar agresiones, debido a su real condición de ángel.

Esta niña nació hija de reyes. Rey y Reina con trono de esos que se compran con esfuerzo, un poco de astucia y dinero. Estos Reyes, como cualquiera en este mundo, jamás tuvieron la óptica para distinguir las alas de su pequeña hija. La abandonaron en una cuna-jaula dorada rodeada de individuos cuya función era alimentarla y velar por su crecimiento corporal. La cuidaban, sí, pero también la mordisqueaban para compensar sus propios traumas, taras y complejos, a expensas de maltratar a la niña angelical.

La vida se ensañó con ella desde sus primeros días. No conoció a su Rey padre, quien prefirió irse dándole el título de bastarda. La Reina madre se quedó con ella pero la hizo de lado, desentendiéndose del natural instinto de prodigar amor y cariño al fruto de sus entrañas. Así fue creciendo la niña ángel con cabellos de Sol, sin conocer una caricia sincera, rodeada de viejas vestidas de túnicas y velos de color negro, tan negro como sus almas. Ellas se regocijaban asustando y torturando a la frágil niña, encerrándola a menudo en la oscura celda de una mazmorra donde habitaban imaginarios demonios que las malditas viejas creaban y embutían en su infantil mente  para que la atormentaran desde su propio subconsciente. Las lágrimas, la angustia y la soledad fueron su inseparable compañía y aún cuando la niña logró escapar de su celda y alejarse de las garras físicas de sus celadoras, nunca pudo huir de los barrotes de la vulnerabilidad pues ya estaban enquistadas en su mente. De nada serviría la careta de niña sonriente que con tanta dedicación se confeccionó para ocultar su inseguridad ya que el aura y el aroma de su pureza, eran tan marcados que traspasaban el cartón de su sonrisa, haciéndola propensa a la envidia que estos seres llevan en la raíz de su esencia misma. Toda esta raza maldita tiene el reflejo condicionado de ensañarse con los que se muestran débiles y sensibles. Las perversas vestidas de túnicas y velos negros, siempre volvían para atormentarla… aunque con diferentes rostros y otras vestimentas.

Con sus sueños de vidas pasadas en las que recordaba haber extraviado un gran amor y sin perder la esperanza de hallarlo en esta, la niña continuó su andar por este mundo sin lograr que sus atacantes la perdieran de vista.  Por donde iba y pese a su sonriente mascara, era reconocida como una vulnerable, siendo siempre la presa por defecto, de brutales mordiscones y arañazos que, aunque herían profundamente su nívea piel y delicada musculatura, resultaban más lacerantes para su ya adolorida alma. Ella se había jurado a sí misma que nunca más lloraría ante sus atacantes… no volvería a darles ese placer. Entonces soportaba estoicamente las arremetidas de sus agresores de turno sin variar la “U” indeleble de su sonrisa. Si al llegar la noche debía llorar mientras curaba sus heridas, lo haría a solas, hasta que el cansancio la sumiera en sueños. En estado de ensueño, con sus alas oníricas, viajaba hacia los brazos de aquel amor que en vidas pasadas se le perdió entre los derroteros del destino.

Ocurrió una tarde de abril. Por la rendija de su puerta, alguien deslizó un papel blanco. La niña, curiosa, lo tomó y leyó: “Necesito tu rostro para pintar un ángel”.  Miró el reverso de la hoja y en él halló la imagen de un rostro de hombre. El lado derecho estaba pintado de color moreno y el izquierdo de color celeste. Sus ojos tenían un mirar triste pero taladrante, y de marco, una cabellera abundante y alborotada. La niña ahogó un grito y sin emitir sonido alguno se dijo “Es él”. Abrió la puerta y salió corriendo hacia la calle para ver quién había dejado la nota con aquella enigmática imagen mas no había nadie en los alrededores. Vio a lo lejos un grupo de mujeres que con risas de hiena se mofaban de su confusión. Presurosa, temiendo un nuevo ataque por parte de estas, regresó a casa y cerró la puerta.

-¡Él es…Él es! ¿Pero dónde está? –

Llegó el invierno y la niña que amaba el mar con devoción, decidió pasear por la playa, aprovechando que en esa época del año estaba desierta. Una pequeña ola que se aventuró a mojar sus pies, trajo flotando consigo una botellita y la depositó en la arena, delante de su vista. Al recoger el pequeño frasco herméticamente taponado con un corchito, la niña vio que en su interior había un papel enrollado, con sus delicados dedos lo extrajo…  otra nota pero que ahora decía “Sólo permíteme adorarte” y más abajo, nuevamente la imagen enigmática del hombre con el rostro de dos colores. Llevada por un fuerte impulso y sin dudar, mordió su dedo haciéndolo sangrar y sobre la imagen escribió con su sangre “¡Te amo!”. Colocó el papelito en la botella, la tapó con sumo cuidado y la lanzó devolviéndola al mar…luego se sentó a esperar… ¿Qué? No lo sabía, sólo que debía esperar…

Al día siguiente, las olas cómplices, trajeron nuevamente hasta sus pies la botellita conteniendo otro mensaje que decía “Aún a la distancia, no sueltes mi mano que yo no soltaré la tuya”, rubricada, igualmente, con la imagen del rostro de dos colores. La niña, por vez primera, conoció el sabor de la felicidad, se sentía dichosa, eufórica, su vida tenía un motor para seguir existiendo. Embargada por esa sensación jamás antes sentida, escribió: “Juro ante Dios que no volveré a soltar tu mano, amado mío”. Colocó su respuesta dentro de la botellita y la tiró nuevamente al mar. Este ir y venir de mensajes se repetía diariamente. La niña ángel, llena de ilusiones, esperaba el próximo, siempre sentadita en la arena, sin moverse de su lugar.

El último mensaje decía: “Monta en tus alas de gaviota y ven a mí. Atraviesa esas montañas, yo te esperaré en la playa del otro mar… hay un largo sendero de lágrimas que nos falta recorrer, pero ese tramo lo caminaremos juntos, tomados de la mano, cuidándonos mutuamente”.

Cuando ella bajó de los cielos, los brazos de su amor con el rostro pintado de dos colores, rodearon su talle y ambos se fundieron en un largo beso que se adeudaban desde vidas anteriores…un beso apasionado e intenso que ambos habían esperado por mucho tiempo. En contraste, a unos pasos, también les aguardaba una infinita multitud de estas criaturas herederas del egoísmo y la crueldad que sus falsos Dioses trajeron de la falsedad de sus cielos. Los tenían completamente rodeados, no había intenciones de dar paso al amor, no lo permitirían.

Los vi tomarse de las manos y caminar con decisión hacia las fauces y garras que, amenazantes, los aguardaban. Ante mis ojos se desató la carnicería. Todos se afanaban por mordisquear y desgarrar los cuerpos de los amantes pero ellos siguieron adentrándose entre la multitud hasta que los perdí de vista.

Cuando todo hubo, aparentemente, culminado, la multitud se dispersó dejando la playa libre de su repugnante presencia. En la arena sólo quedaron unas cuantas plumas blancas y una estela de huellas de cuatro pies desnudos que se esfumaron en el infinito.

NO REVERSIBLE

Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía.

Cap. 15 del libro “Delirios del Lirio”

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*-¿Deseas saber quién eres?  Quizás Debas viajar hacia ti mismo, rebuscar entre tus recuerdos olvidados…en lo más recóndito de tu mente… yo esperaré aquí tu retorno…

La luz del sol atravesando nuestros parpados anuncia un nuevo día para ir hacia no sabemos dónde, en compañía de no sabemos quiénes,  para hallar  quien sabe qué.

-¡Despierten!…- Recibimos órdenes de quienes no vemos, ni escuchamos, ni sabemos nada…y nosotros obedecemos. Todos a la vez abrimos los ojos en el momento preciso para un nuevo día, y sin mediar pregunta o palabra alguna, todos a la vez nos ponemos de pie esperando la orden -¡Caminen!- Entonces, juntos emprendemos  la caminata por la ruta que se nos vaya indicando.  Somos muchos, mas todos obedecemos esas órdenes silenciosas que retumban dentro de nosotros.

Tenemos al Sol abrazador quemando nuestras espaldas, y nuestros pies sangran. Sólo eso tenemos, nuestro dolor  y el vacío de nuestras mentes. Nuestras almas también han empezado a dolernos, pero seguimos caminando. Pasamos sobre arenas calientes, campos espinosos y rocas filosas.

La caminata no se detiene mientras no recibamos orden de hacerlo. Cualquiera de nuestras necesidades fisiológicas debemos atenderla sobre la marcha, sin detenernos. Nuestra suciedad queda en el camino, y quienes vienen detrás la pisotean embarrándose  los pies heridos y empolvados.  Hasta hace poco sólo teníamos dolor en nuestras pieles; pero ahora este se está apoderando también de nuestras mentes…

Tenemos un recuerdo borroso de que llegamos desde muy lejos.  No sabemos cómo ni cuándo, pero ese recuerdo está allí. Lo único que tenemos claro es que hace mucho tiempo llevamos caminando por estos rumbos, los cuales parecen no tener fin.

En un momento del día llega la orden -¡Deténganse!- Todos la percibimos; pero no hubo sonido… mas, obedecemos. Todos elevamos nuestras miradas hacia el cielo, pero no lo miramos. Nuestra atención está fija en la aparición de algo que estamos esperando ¡Y sí! Empezó a caer del cielo una lluvia de bolitas blancas. Las cogemos en el aire con nuestras bocas abiertas y también con nuestras manos; y las tragamos rápidamente. Cuando el cielo deja de dar, bajamos nuestras miradas, nos agachamos para recoger e ir comiendo las bolitas que cayeron al suelo en nuestro rededor.

-¡Caminen!- Es la orden, siempre sin ruido alguno. Todos obedecemos. Seguimos un camino que vamos descubriendo paso a paso. La luz del día va apagándose mientras el cielo varía de color. Ahora es rojo como nuestra sangre. Así va presentándose la noche.

-¡Deténganse!- Esa es la orden sin sonido que se nos impone. Nos detenemos, y en ese mismo lugar nos sentamos o recostamos. Momento para rascarnos o sobar nuestras heridas, esperando aliviar en algo nuestro dolor. Poco a poco la masa va compactándose. Nos vamos juntando hasta rozar nuestros cuerpos, esperando el momento de la orden -¡Duerman!- Orden que no oiremos, pero que hará caer nuestros parpados. Mañana será siempre igual al día anterior: el  amanecer, la caminata diaria, y la misma pregunta que hace un tiempo da vueltas en nuestras cabezas -¿Qué hacemos aquí?-  …Igual, no habrá respuestas…

Nos despierta una luz tan intensa, que hiere nuestros ojos, a pesar de que nuestros parpados estaban cerrados. Luego sentimos un estruendo y el piso se sacudió violentamente. Cuando nos dimos cuenta, nos mirábamos los unos a los otros. Los ojos y las bocas abiertas, buscando respuestas en nuestras miradas llenas de asombro… Las luces hirientes se repiten, así como los estruendos y temblores. Vamos juntando nuestros cuerpos, buscando compartir nuestra confusión, y hacer de nuestro temor uno solo. Juntos estamos conociendo al miedo.

Este día no hubo las órdenes. Estábamos despiertos y mirando el cielo porque nos despertaron las luces hirientes, los estruendos y los temblores. Por primera vez no estamos vacíos… estamos llenos de pánico, pero atentos. Vimos grandes bolas brillantes volando de aquí para allá, y no eran estrellas. Estas se movían rápidamente dejando marcas a su paso, como si arañaran el cielo.

Aquel día sin órdenes silenciosas, no hubo caminata, no hubo bolitas blancas cayendo del cielo. Pasamos todo el tiempo mirando atentamente al cielo. Algunas veces las luces hirientes eran tan fuertes que quedábamos ciegos por un rato;  entonces buscábamos que tocarnos con las manos, como para saber que seguíamos allí. Así fue que nos percatamos que a algunos nos había aparecido una protuberancia en cada omóplato; aunque nuestro miedo no nos permitió darle mucha atención al hecho.

Así, con todo ese miedo llenando nuestras mentes, llegó el atardecer. Las luces hirientes, los estruendos y los temblores fueron haciéndose cada vez más distanciados…más lejanos…hasta hacerse, apenas un zumbido, que luego se perdió en el silencio. Y no hubo más… La noche se acercaba. El cielo se tiñó de color rojo, entonces nos dimos cuenta que habíamos pasado el día sin la compañía de los invisibles que guiaban nuestra vida.

Jamás los habíamos visto, pero sabíamos que estaban allí, caminando con nosotros y entre nosotros. Invisibles pero allí, guiándonos… Y hoy no estuvieron…

Esta mañana el miedo se nos había presentado por primera vez, y con él vino también eso que, aunque muy débil, empezaba a encenderse en nuestras mentes primitivas. Supimos que esa masa que caminaba día a día, éramos “Nosotros”. Unidos en el miedo, supimos que nos teníamos los unos a los otros…

Con la noche se nos presentó el miedo más grande… La soledad que grita el abandono ¿Quién nos guiaría hacia lo desconocido del siguiente paso? Llorando en silencio a la noche sorda, nos fuimos quedando dormidos. Sin órdenes silenciosas que nos indicaran cerrar nuestros parpados, sin la…vigilante…compañía…de los…

Al amanecer,  cuando sentimos la orden silenciosa -¡Despierten!- Abrimos nuestros ojos, y nos encontramos con una mañana sin Sol y un cielo nublado. Nuestros cuerpos estaban empapados; la noche debió llorar sobre nosotros mientras dormíamos. Su llanto debió ser de tristeza, pues lo que cayó sobre nuestras pieles fueron lágrimas negras y malolientes.

-¡Caminen!- Nos pusimos de pie y empezamos la caminata diaria. El saber que quienes nos guiaban, aunque invisibles, estaban nuevamente con nosotros y entre nosotros, invadió  nuestras mentes oscuras y vacías con una sensación desconocida…nos sentimos bien.

Algo dentro de nosotros había empezado a cambiar. De a pocos íbamos llenándonos de preguntas  -¿Por qué han empezado a aparecernos estos apéndices en nuestras espaldas? ¿Por qué nos hacen caminar estos senderos? ¿Hacia dónde vamos realmente?   ¿Por qué no nos dejan mirar hacia atrás?… De pronto, al sentir las órdenes silenciosas, olvidamos todo…y obedecimos.

Algunas veces, antes de la orden -¡Duerman!-  Miramos hacia el cielo, vemos las estrellas, y sin saber por qué, algunas lágrimas ruedan por nuestras mejillas. Quisiéramos decir algo, pero no sabemos cómo. Nuestras bocas resecas no saben decir nada. Son nuestras miradas las que a veces dicen cosas, pero es poco…o es…nada…

Otro amanecer. Otro día para caminar. Las órdenes de siempre: -¡Levántense! ¡Caminen!- …Y caminamos. Siempre hemos caminado vacíos, pero no lo sentíamos. Ahora empezamos a sentirlo, y nos duele. Cuando el sol estuvo sobre nuestras cabezas, pasamos por un campo donde sólo había arena y piedras, y llegó la orden silenciosa -¡Deténganse!- Sabíamos que era momento de mirar hacia arriba y esperar con nuestras bocas y manos abiertas, que cayeran las bolitas blancas ¡Y sí! Empezaron a caer, pero sólo por un instante… ¡Y dejaron de caer! Al inicio miramos al cielo con asombro, luego, algo dentro de nosotros se quebró, y dolió mucho. Queríamos preguntar al cielo porqué nos negaba lo bueno.  Nos sentimos abandonados. Lentamente fuimos bajando nuestras miradas y nos vimos a los ojos; vimos nuestras caras y tuvimos miedo unos de otros. Nos agachamos con profundo recelo, sin dejar de mirarnos a los ojos. Entonces no recogimos las bolitas blancas. Lo que cogimos fueron piedras.

Un zumbido llenó nuestras cabezas y luego las órdenes silenciosas doliéndonos.

-¡Atacar! ¡Atacar! ¡Atacaaaaaar!

Nunca antes habíamos sentido esas órdenes, pero obedecimos. Empezamos a lanzarnos las piedras unos a otros. Lanzábamos y recibíamos pedradas. Sentíamos mucho dolor con cada pedrada que golpeaba nuestros cuerpos, pero no nos deteníamos. A más dolor, más ganas de seguir lanzando pedradas.

No nos dimos cuenta en que momento fue y como empezó, pero de nuestras bocas salieron sonidos. Estábamos gritando. Temblábamos, sudábamos y sangrábamos. Muchos caían y no se movían más. Las piedras no dejaron de llover hasta que llegó la orden desde el silencio.

-¡Deténganse!- Entonces fuimos soltando las piedras que aún teníamos entre las manos… Y vino la calma.

-¡Caminen!- Y empezamos a caminar los que aún podíamos hacerlo. Muchos sólo dieron unos pasos y luego cayeron. Los que veníamos más atrás pasamos pisoteando los cuerpos de los caídos y de los que siguieron cayendo en el camino.

-¡Deténganse!-

Nos dejamos caer. Estamos agotados. La sangre de nuestras heridas está secando, pero el dolor que nos dejaron las pedradas en nuestros cuerpos sigue allí. Y en nuestras mentes, un dolor más grande. Cada día conocemos algo nuevo, pero todo nos viene con dolor -¡Duerman!- …Con mucho…dolor…con…mucho…

Cuando desperté, el sol estaba directamente sobre mí, y a mi rededor sólo había unos cuantos cuerpos inertes… La manada se había ido, seguramente siguiendo las órdenes de los invisibles.

Una pluma blanca en el suelo llamó mi atención; la recogí y empecé a caminar en sentido contrario a las huellas que dejaron los que hasta ayer fueron “Nosotros”…

EPISTOLAS DEL EXQUISITO

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía.

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Esa bruja me tildó de falso.

-¡Quiero viajar y no me das el pasaje! ¡Tú sí irás a pasear a NEUROPA!-dijo.

Hubiera querido darle mi boleto…pero este viaje no se lo deseo a nadie; mueres poco a poco mientras observas el paisaje. No se sabe si avanzas o es el camino el que retrocede, las ventanas nunca dicen la verdad pura, siempre guardan algo de mentira… Quizá el vidrio le diga a la hechicera que me fui sonriendo, cuando en verdad, mis labios eran incapaces de manifestar alegría.

Sólo quiero desconectarme, detener este viaje a NEUROPA ¿Me servirán estas tijeras para intentarlo? Voy introduciéndolas por mi nariz… las puntas tocan mi cerebro, sangro profusamente y me duele el alma ¡Maldición, quiero hacerlo, pero no sé qué es lo que debo cortar!

¿Por qué te fuiste papá? Tú siempre estirabas tus manos y me alcanzabas todo…ahora esto está allá, muy arriba, y no logro desconectarlo.

Quiero detener este mi viaje a NEUROPA.

¡Papáaaaaaaaa! Estoy sangrando excesivamente y me duele el alma ¿Quieres decirme qué debo cortar para desconectarme?

Ahora voy a dormir, te espero allá, en mis sueños… No te tardes papá, es incómodo dormir con tijeras en la nariz.

Esa bruja me tildó de falso.

-¡Quiero una escoba nueva y no me la das! ¡Tú sí te irás a pasear a NEUROPA!- Dijo

LAS NUBES NO SON PARA TODOS

Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía.

Cap. 14 del libro “Delirios del Lirio”

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Entre aquella penumbra envolvente, podía escucharse el bullicio proveniente de una gran actividad. Todo latía. Se percibía el flujo de un torrente alimentando de vida toda esa gran bóveda. Aún así, un denso vaho a muerte se esparcía en el ambiente y es que ese binomio contradictorio es ley universal: La vida se presenta como heraldo de la muerte y la muerte es la renovación de la vida. La gran bóveda estaba hecha de una estructura ósea recubierta de músculos, tendones y arterias en versión macro que albergaba infinidad de huevecillos palpitantes. Una mucosidad ámbar barnizaba todo, creando destellos, brillos y contraluces, todo muy macabro.

Al parecer, yo era el único testigo consciente y tengo negada la inteligencia necesaria para comprender el inicio de esto, tan sólo me mueve la necesidad de parasitar. Tengo la virtud de la paciencia… era esperar la llegada de mi hospedero era lo único que debía hacer.

De manera casi simultánea, muchos de los huevecillos se rompieron e hicieron eclosión varias decenas de seres con las formas anatómicas más diversas, desde las más repugnantes hasta las más hermosas criaturas, algunas hasta tenían aspectos angelicales y mostraban muñones de alas saliendo de sus omóplatos. Todos pugnaban por abandonar rápidamente el nidal que hasta ese momento los había cobijado, como si un dictado instintivo los guiara a emprender el urgente éxodo hacia una misma dirección. Unos se arrastraban; otros caminaban con la torpeza de un cervatillo recién nacido, trastabillando y dando tumbos; otros reptaban, mas ellos, sin excepción, se movilizaban utilizando el mayor potencial de sus fuerzas, lo cual dificultaba que yo pudiera lograr mi propósito: abordar a alguno de ellos.

Cuando alguno de estos seres alcanzaba a otro, inmediatamente se desataba una lucha encarnizada donde se derrochaba dentelladas, arañazos, pinchazos y ataques, cada cual utilizando los recursos que poseían para agredir. En este contexto, la violencia esgrimida era indistinta de parte de los seres repugnantes como de los de aspecto angelical que, en contraste a su dulce apariencia, también sacaban a relucir una desmedida fiereza. El resultado ineludible era, al menos, la muerte de uno de ellos pues los que venían detrás y los alcanzaban, también tomaban parte de la contienda. Los que sobrevivían continuaban la marcha hasta que se topaban con alguno que llevaba la delantera o eran alcanzados por los rezagados, entonces se reanudaba la reyerta mortal y despiadada. Cada vez eran menos los que continuaban en carrera. El recorrido era una estela de vidas segadas y restos sanguinolentos regados como manifiesto de la crueldad de aquella competencia irracional.

Los pocos que llegaban hasta el final del sendero, hallaban una entrada estrecha y cavernosa y por allí se introducían, desapareciendo de mi vista. Todo se había desarrollado de manera rápida y violenta, tal como lo estipula la vida misma.

Mi agudo olfato o quizás mi instinto, me llevó a volver la mirada hacia el inicio del drama, la nidada. Allí, entre la penumbra y los restos de los huevecillos, el último de los rezagados, permanecía sentado succionando el dedo pulgar de su mano derecha, como si fuera ajeno a todo lo ocurrido, al pasaje mismo. Su frondosa cabellera azabache marcada por ondas, apenas si dejaban ver parte de su rostro y su mirada triste y confundida. En conjunto, su cuerpo y cabellera, daban la apariencia de un arbolito solitario y seductor amparado en la oscuridad. Cual espora, aproveché una brisa y empujado por el viento fui a posarme entre sus cabellos. Ni bien tuve contacto con él, sentí un fogonazo de luz muy intenso pero acogedor; él era puro, limpio, un ser con mucha luz, de esos que no tienen cabida ni oportunidad de sobrevivir en este mundo hostil, pero era mi última oportunidad, luego de él no quedaba nadie a quien parasitar, hubiera tenido que esperar la eternidad para que aconteciera la siguiente eclosión masiva y yo no me podía exponer a sucumbir en la espera. Guiado por mí apetito, me abrí paso hasta alcanzar su piel, me adherí a ella y entonces sorbí de su sangre con avidez y hasta saciarme. Ahora era mi hospedero, él me pertenecía, entonces, al tiempo que me nutría con su líquido vital, que me brindaba la dadiva de vivir a sus expensas, me impulsaba a cuidarlo. Así fue que nuestra relación viró a la mutua dependencia. Protegerlo a él, era proteger mi propia existencia y estaba dispuesto a darme íntegramente en ello. Por naturaleza yo tengo enraizado el instinto de la supervivencia ¿Y por qué no compartir algo de ello con mi hospedero? Ello lo haría competitivo, luchador y por ende más apto. Si él vivía yo vivía, así es que segregué algo de mi instinto y lo inoculé en su torrente sanguíneo.

Inmediatamente su organismo reaccionó con un ligero enervamiento seguido de una euforia inusitada. Se puso de pie y con paso cansino pero firme inició el recorrido hacia la gruta de salida. Su andar pausado dio oportunidad a que otros parásitos que se habían mantenido imperceptibles, saltaran sobre él en pos de su sangre, más sólo tres lograron aferrarse. Pude notar su presencia pues la sangre de nuestro hospedero ahora tenía el sabor de la ira, el sabor de la fe y el sabor del razonamiento, ingredientes aportados por los otros tres parásitos que, al igual que yo, debían estar empeñados en proteger nuestra fuente de vida… nuestro hospedero.

A partir de entonces, quien nos llevaba a cuestas era un hombre desafiante, alguien que creía en sí y en sus capacidades para enfrentarse a cualquier adversidad. Su riego sanguíneo se había acelerado… caminaba con más aplomo… era casi un semi-Dios terrenal, poseyendo todas las condiciones para ser un vencedor. Caminamos hacia la gruta de salida, pero él siempre atento de no pisotear los restos de los caídos en la brutal competencia.

Cuando llegamos a la gruta vimos un hueco al final, era el paso a un corredor que concluía en un salón donde se mostraban como únicas salidas tres puertas. Caminamos llenos de curiosidad, pero con la cautela que da la prudencia; pasamos el corredor y llegamos al salón. En estado de alerta, nos mantuvimos dubitativos unos instantes. Desde mi posición, yo percibía, además de la mía, la angustia de los otros tres parásitos como la de nuestro hospedero mismo ya que su sangre variaba de sabor según su estado de ánimo y según lo que aportábamos cada uno de los parásitos en pro de la toma de decisiones. Éramos lo más análogo a un equipo dedicado a salvaguardar nuestra supervivencia.

Abrimos una de las puertas y una intensa luz nos encegueció, pero sólo un instante. Inmediatamente vimos un ambiente lleno de escaleras inconexas por donde se paseaban seres muy extraños que desafiaban la gravedad y la lógica pues muchos tramos de estas escaleras debían hacerse caminando de cabeza, como si se tratara de un mundo al revés. Nos llamó la atención un tipo con el cráneo rapado que tiraba de una cuerda atada a una piedra a la que le daba órdenes; otro se auto-flagelaba las espaldas mientras recitaba plegarias; muchos reían a carcajadas sin motivo alguno. Vimos a uno trepado a una vara y con una brocha en la mano, intentando alcanzar el cielo para pintar un Sol esplendoroso. Una mujer lloraba sin cesar mientras cargaba entre brazos a un bebé imaginario. Un anciano de mirada extraviada hablaba sobre historias de mundos fantásticos que a nadie le interesaba escuchar. Todo allí era una mezcla de estupidez, demencia y absurda genialidad. Un tipo vestido con sombrero y ropas multicolores, con una pluma entintada en sangre, se nos acercó y nos dijo:

-¡Bienvenido a la locura!- A continuación, con su pluma ensangrentada escribió algo en la frente de nuestro hospedero -Ya eres uno de aquí, puedes volver cuando lo desees- dicho esto, se fue caminando hacia atrás sin quitarnos la vista de encima.

Salimos, cerramos aquella puerta y nos enrumbamos hacia la siguiente. Ni bien abrimos la segunda puerta, una mezcla de olores nauseabundos pero tentadores cual feromonas llegaron hacia nosotros. El lugar estaba escasamente iluminado por una tenue luz rojiza y todo lo visible tenía impregnado un sabor retorcido y patético. Casi todos los allí presentes, tenían garabateadas caricaturas de sonrisas en sus rostros. La mayoría de ellos bebían, fumaban, contaban monedas y copulaban; los que no, yacían tirados en el piso o arrumados en algún rincón en posiciones que semejaban a muñecos desarticulados. El piso estaba alfombrado de secreciones y vómitos, por lo que decidimos no dar un paso más hacia el interior. Una mujer semi desnuda y con un tufo a todos los vicios, vino hacia nosotros, rodeó el cuello de nuestro hospedero con sus brazos y se restregó contra su anatomía, a continuación, le estampó un prolongado beso en la boca. Yo sentí claramente la contaminación de la saliva de la mujerzuela en la sangre de nuestro hospedero. Cuando por fin se separó, la mujer puso el dedo índice en sus labios y dijo:

-Cuando tu soledad te agobie, tienes un lugar aquí- Nos dio la espalda y se alejó cimbreando sus nalgas y caderas. Presurosos y algo asqueados salimos de allí y cerramos la puerta.

Al llegar a la tercera y última puerta, la abrimos con extremo cuidado, muy lentamente. Nuestro hospedero introdujo la cabeza y vio que allí reinaba un cielo azul apenas interrumpido por un largo muro y una columna en primer plano sobre la que estaba recostada la criatura más hermosa que pudiera imaginarse. Ella lloraba y con delicadeza juntaba sus lágrimas en un cuenco. Cuando se dio cuenta de nuestra presencia, nos preguntó:

-¿Tienen sed, verdad?- y nos ofreció a beber las lágrimas que había recolectado en el cuenco. Luego de beber el dulce líquido, los cuatro parásitos, al unísono, nos percatamos de que ella era la primera que se había dirigido a nuestro hospedero hablándonos en plural.

La mujer tomó de la mano a nuestro, hasta ese momento, hospedero y le susurró al oído:

-Nunca más tu mano estará huérfana, yo no voy a soltarla…- Y juntos empezaron a caminar hacia un espiral ascendente que culminaba en una gran burbuja. En el camino cayeron cuatro plumas blancas y en cada una, nosotros, los parásitos. Ese hombre ya no era de aquí, estaba completo y ningún parásito era digno de beber su sangre…

ENAJENIA

Ilustración y poema de Oswaldo Mejía.

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Soy una fiera monstruosa, rabiosa…
Y asquerosamente sentimental.
Soy letal.
Soy un perol infernal donde se cuecen ideas sueltas.
Cabalgo entre la confusión, y sobre mi caos escribo:
¡Abran paso a este débil súper-hombre!

CICATRICES

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía.

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Infelizmente nacida, infelizmente casada con el fracaso… infelizmente cargaba su vida inútil entre la soledad de aquí y la soledad de allá.

Todos los amores que pudo hallar en su andar, se le mostraron incompletos. Los buscaba por doquier, siempre esbozando aquella sonrisa ficticia y frágil de señorita vieja.

-¡Maldito espejo! ¿Por qué no guardas tu sinceridad para aquellos que no tienen motivo para el llanto?-

A menudo se vestía de primavera e iba a la estación, siempre con la esperanza de volver con un amor que mostrar para despertar envidias. A veces pescaba alguno y retornaba muy oronda con él del brazo; más siempre eran amores líquidos, de esos que se escurren entre las manos. Y retornaba el llanto, y volvía el sarcasmo del maldito espejo. Y nuevamente las idas a la estación, enfundada en la primavera de sus vestidos.

-¡Hey niño! ¡Hey anciano! ¡Hey perrito callejero! ¿Es que no me podrían vender un poquito de su sonrisa verdadera? ¡Tengo en mi bolso dinero suficiente! Sólo quiero sonreír de verdad…-

Esa mañana compró una manzana y un lindo ramo de flores, se inventó un nombre de galán y pidió que enviaran el conjunto a su domicilio

¡Que buena idea! Las flores serían el justo homenaje a su coquetería y la manzana sería la promesa del desenfreno.

Pasó el día deambulando entre cigarrillo tras cigarrillo. Cuando llegó a casa, ya estaban allí el ramo de flores y la manzana. Fingiendo sorpresa y entusiasmo, leyó en voz alta el nombre del galán, dio un mordisco a la manzana y volteó su sonrisa hacia el espejo, esperando que este la envidiara… Pero el maldito espejo sonreía más sarcástico que de costumbre…