SENTAOS A ESPERAR

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

.

.

Allí está la diaria noche de cerrazón, y para variar, reclama enfrentarla. El ojo avizor es el de ese guerrero de siempre, torpe pero testarudo que, aun cuando sólo se le confirió una inútil réplica de espada en frágil madera, jamás retrocedió ante las ridículas parodias de luchar contra las tempestades ¡Reíd, huestes de peregrinos, ante este Quijote de ridículo yelmo en forma de embudo!

“¡No grites mi nombre en la línea del viento, ni escribas tu celo reclamado mi tiempo! Mi adoración está a flor de labios pero escapa a los hechos”, repetía el calco de tierna Dulcinea, mientras el guerrero de brazos fornidos, la miraba atónito pues no comprendía sus palabras.

Este compulsivo peleador lanzaba tajos de salva con la diestra, mientras que con la siniestra sostenía un trozo rectangular de cartulina con un dibujo de fémina desnuda cual escudo. Va dando pasos rengos que no son más que tumbos, pero sin variar su norte que es el frente ¡Que vengan a por él los ejércitos de la falacia y la duda, si desean enterarse de la rudeza de su lomo para afrontar desdichas!

“Vive tu día a día, que para mí paz transito yo. Refúgiate entre tus versos e imágenes del ángel débil, cuyas alas de ayer inutilizaron tus plumas para el hoy”, era la voz constante de Dulcinea, retumbando en la cabeza del Quijote.

Aconteció un día que, entre la coreografía de pugna, la espada de madera rozó su pierna derecha y se quebró, más un luchador jamás se amilana. Abrió su boca y mostrando su desgastada dentadura, continuó desafiante, amenazando con dentellar a Fulano, Zutano, y al mismísimo Perengano si se interponían entre sus delirios de amores injustos y sueños de editar historias imposibles de vivir.

“Carecen mis libertades de una lengua que lama tus heridas al interior de tu pecho. Hay deseo y afán de risas propias, en primera fila. Lidia tú con los hechizos que te adjudicaste y que para mí son ajenos y tan lejanos como distantes leguas”, pronunciaron los ojillos azulados, huérfanos de cejas en un domingo de cautiverio.

Al oír a su adorada niña, el batallador cerró su jaula portátil y se sentó a degustar el humo de su cigarro barato, aunque no por ello menos adormecedor. En esa posición, y con resignada complacencia, concluyó: “Quiere que me vaya a continuar mis guerras a otros confines, justo ahora que perdí mi yelmo de embudo, mi escudo de cartulina y mi espadita de madera que se rompió…”

Aún permanece allí el batallador, mostrando los dientes a Fulano, Zutano, y al mismísimo Perengano…Aunque ya no hay Dulcinea por quien batallar.

SCENARIO ENVOLVENTE

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

.

.

La dulce Popea

se metió en el calor.

No le atrae la juerga,

lo hace por compartir su locura de amor

Globos, grandes, tiernos, suaves.

A nadie le niega

sus pechos de miel,

y si cruza las piernas… te invita al placer.

¡Qué calor!

ETERNIDAD PARA LOS AGUARDANTES

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

.

.

Se espera, siempre se espera. Si caminas, esperas llegar a un lugar; si te detienes, esperas al tiempo pasar; si hablas, esperas ser escuchado; si callas, esperas que se respete tu silencio; si vives, esperas vivir más; si vas a morir, esperas que sea pronto y que no duela.

Se espera, siempre se espera…

Este rostro se veló con caretas horribles, con máscaras angelicales; algunas eran cabezas de animales, otras de niños sonrientes, y también las hubo de bebés lloriqueando ¿Qué importa cuál fuere la careta de turno si siempre estuve esperando? Estos ojillos tras las cuencas de cualquiera de las caretas, siempre miraban en un rango de derecha a izquierda y viceversa, esperando, angustiados, el ataque artero, el mal momento por venir.

Se espera, siempre se espera…

Hoy guardé mi colección de caretas, quería que vieras este rostro sin veladuras, quería que juntos soñáramos el mismo sueño, y fuiste complaciente. Sorbí el almíbar de tus entrañas y estuve dentro de ti. Ahora, esta imborrable sonrisa, sólo espera su perennidad ante ti…

Se espera, siempre se espera, pero ahora, mientras esperamos, reímos juntos la misma risa.

OPERETA DEL MENDIGO

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

.

.

Tres titanes de lustroso ébano, se regocijan al fondo ejecutando en deliciosa sinfonía, “Banda de Gitanos”, como el himno a la nostalgia genial de tres seres de otros mundos irrumpiendo en este con sus ruidos estridentes, cadenciosos y pletóricos de una melancolía suprema. Billy, reptando por lo bajo, con un sonido estentóreo muy grave, como rugido de un magnifico león vociferando su llamado en celo. Buddy, con sus manazas regordetas, tamborileando un sabor con reminiscencias a danza pagana que crispa las emociones en sublime deleite. Y por último, Jimi, invadiendo nuestros órganos auditivos con la magia de sus seis cuerdas agudas y reverberantes, cargadas de lascivia irrepetible.

Voces de quejidos en coro y contrapunteos narrando batallas, amores truncos, sueños sin materia y esperanzas desesperanzadas. Recién entonces reparo en ti, leal loco mío. Te forcé a correr a mi lado como pordioseros de  sonrisas ajenas, cuando pudimos haber sonreído juntos, paseando bajo la luz de la luna. Te llevé en pos de alas de ángeles falaces que se resistían a cargar nuestra pesadez, en lugar de llevarte a retozar al huerto de las frutas de la amnesia. Me aproveché de tu cómplice negativa para decir “¡No!” a mis más descabellados deseos y sentimientos, como si unas palabras escritas o por teléfono, fueran relevantes en nuestro peregrinar.

Ahora me postro de rodillas ante ti, suplicándote perdón por haber acelerado tus latidos con quiméricas expectativas de dérmicos encuentros ¡Perdóname, amigo! Perdóname, corazón mío por haberte expuesto al rechazo continuo de quienes no te merecían… mas hoy te prometo: no volveré a entregarte en mendicidad a la jauría que se afana en sentirte latir aquí, en mi pecho, para saciar sus egolatrías.

Ven, siéntate conmigo. Escuchemos “Banda de gitanos”, sintámonos dos enamorados del amor, sin dueños… Tú, yo y nuestra nostalgia podemos sonreír pues tenemos la dadiva de poseernos hoy día.

¡Perdóname corazón mío!

RODARON LAS IDEAS DEL BAUTISTA

Ilustración y poema de Oswaldo Mejía

.

.

Guardianes descarados

Alardean con su voz.

El rebaño esgrime “haches”

Loas a su redentor.

Las lenguas lamerán,

El soberano eructará.

La diferencia es melodía…

¡Cierren puertas los de atrás!

¡Cierren puertas los de atrás!

Son cantos de sirena,

Son mentiras desde afuera.

Sólo huecos al vacío…

¡Cierren puertas los de atrás!

¡Cierren puertas los de atrás!

El pregón es la locura…

¡Cierren puertas los de atrás!

¡Cierren puertas los de atrás!

DIALOGO CON LA LOCURA

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

.

.

Tu despertar fue aquí, en esta burbuja bendita donde la Ataraxia es dádiva por defecto, la ausencia de temores y necesidades. Puedes estar de cabeza y estás cómodo. La temperatura siempre es la ideal y tu alimento fluye por naturaleza… ¿Acaso es la sucursal del idealizado Cielo?

Han transcurrido treinta y seis periodos de siete días y de pronto tu paz se quiebra; todo vira hacia el caos. La burbuja que te contuvo ahora se estremece en violentas contracciones que estrujan tu ser: -¡Te presento al Dolor!- El espacio mismo te aprieta; no comprendes el afán de esa fuerza por desalojarte de tu Cielo.

Sumado al empuje que te está desalojando, otra fuerza proveniente del exterior sujeta firmemente tu cabecita y tira de ella con violencia, como si quisiera arrancarla de tu cuerpecillo. Ahora estás en un mundo nuevo; quizás frío, quizás caliente, pero indudablemente cruel, doloroso, hostil. No puedes respirar. Por primera vez te hallas cara a cara con la muerte: -¡Te presento al pánico!- No entiendes porque te hiciste merecedor a padecer esto.

Un golpe seco, con inusitada violencia se estrella contra tus nalgas. El dolor es intenso, aunque sirvió para desbloquear tu respiración. Estas jadeando, respiras sin ritmo; tu pecho, tu cabeza, tu alma misma parece querer estallar. Se te hace obsesivamente necesario el recuerdo de tu burbuja, la anhelas, extrañas su tibieza y su aroma ¡Si. Necesitas su aroma! Pero te están alejando de su ansiado olor; más lejos, cada vez más lejos: -¡Te presento a la soledad! Al abandono que aprieta, hiere y mata.

Es demasiado sufrimiento junto, es una tortura in crescendo que no cesa, deseas desaparecer, que todo culmine: -¡Te presento a la locura!- Ella será el mecanismo de defensa al que podrás recurrir cada vez que debas enfrentar lo insoportable.

¡Esto es la vida! ¡Acabas de nacer, maldito Demente!

NUBARRONES DE CORDURA

Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía

.

.

Vino desde allí y va hacia allá… La sombra que proyecta sobre el piso jamás se borra, A su paso va dejando cicatrices en la mente de quien la mira. Sus senos amamantan a los hijos de los hombres con dolor, deseo, soledad y angustia; quien prueba de su sexo se inventa el temor a perderla y aunque su aroma es un constante olor a muerte, casi todos la desean.

Se detuvo aquí y no quise mirarla; previamente cosí mis parpados, no vi nada pero el aire se llenó de su sedosa piel blanca, lampiña y apetitosa; no vi nada pero escuché los cánticos de quienes se inmolaban siendo aplastados por su cortejo; no vi nada pero la oí reír con esa risa de burdel que dista de plantear alegría y a cambio propone satírica burla.

Cuando rompí las costuras de mis ojos pude ver las andas alejándose y sobre ellas a la Redentora. Se auto-complacía con caricias que recorrían sus partes más íntimas, sexo que supo, con generosidad entregar… más también ella deseaba proporcionarse gozo y de sus entrañas extraía doradas monedas que arrojaba dejando a su paso una estela de tentación. Intenté recoger unas de esas monedas pero estas quemaron mis manos; entonces di media vuelta y caminé en sentido contrario.

Ahora re-ando lo por ella caminado y con estas manos chamuscadas devuelvo la visión a los ciegos, sano heridas y hago caminar a los paralíticos. Ellos vienen tras de mí pues saben que aunque no haya agua, si los toco, lavaré sus recuerdos; y del paso de la Redentora nadie volverá a hablar jamás pues en mi rebaño sembré la amnesia eterna.

Bien, queridos alumnos, la historia que les acabo de narrar está aquí, en este gran libro incapaz de contener ni una letra, pues todas sus hojas están y estarán en blanco por toda la eternidad. Gracias por su atención…

MI PECADO ES TU AROMA

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

.

.

Cuarenta veces soplaron las trompetas del sur, y sólo quedaba esperar que manara miel de las rocas. Fascinados los amantes arañan sus ropas, las van rasgando ante la estúpida ventanita cuyo único signo vital es su imprudencia. Mientras, el sofocante bochorno hace lo suyo derritiendo los ávidos cuerpos; cuatro muslos empapados de urgencia; cuerpos toqueteándose, queriendo aliviar el peso de sus entrañas; invadir y ser invadido, entregar dádivas y recibir bendiciones.

-¿Acaso es tan interesante la luz?

Dejémoslos que hablen; nunca verán cuánto se iluminan los cielos ante los brotes del convexo, jamás imaginarán el perfume del cóncavo, únicamente habrá la sospecha de que ambos levitaron mientras las trompetas del sur soplaban cuarenta veces.

MELODY ZEPP

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía

.

.

La vez anterior, vino emergiendo de entre la oscuridad, con una apariencia de dulce anciana. Entre sus manos traía algo que despedía una tenue luminosidad verduzca, la cual se colaba por los resquicios de entre sus dedos. Entonces me hablo: -¡Aquí tengo lo tuyo!- Luego empezó a retroceder a la vez que se desvanecía. Se fue así como vino, con pasos de viento…

Anoche fui nuevamente a su encuentro, pero esta vez me asaltaron las dudas… y las dudas no son valederas para un guerrero en batalla. Ya estaba ella dentro de mí; y me acarició, y alimentó mi desbordada fantasía con visiones traídas de otros planos, mas las dudas persistían en martillar mi razón…

Y entonces se desató mi tortura. Los demonios fueron liberados; los vi y los sentí danzando a mi rededor. Aguijoneaban mi cuerpo y mordisqueaban mi alma intoxicándome con angustias y pánicos que creí superados. Quise pararme y gritar, implorar por ayuda, correr, huir; o mejor morir en ese instante y aliviarme del suplicio…Pero me mantuve sentado. Soy lobo, soy devorador de pánicos, pero también soy humano y sé pedir perdón… El lobo estaba orando mientras vomitaba y lloraba sin cesar. Vi materializarse a la carrera, a una horrible niña viniendo hacia mí, chillando y amenazándome con un largo objeto punzante, mas cuando me lo iba a clavar, se desvaneció.

-¡Abre la boca! ¡No aspires, sólo mantén abierta la boca!-

Me introdujeron una cerbatana en una de las fosas nasales y por ella me soplaron un polvo burbujeante, invasivo y desesperante, pero con sabor esclarecedor, luego repitieron la acción en la otra fosa nasal. Antes de irme pusieron en mi mano derecha una papa, aún con la tierra de cultivo impregnada en su cascara, y me dijeron: -¡Camina. Allí viene tu paz!-

Ustedes también son buscadores, por ello intuyen de qué estoy hablando…

LUNA DE HIEL EN EL MARAJO

Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía

.

.

Desde tiempos inmemorables había estado allí. Al amparo de su sombra fue que el ánima del viejo Enrique, entre humaredas de hashish se les apareció a ese par de niños locos para entre risas anunciarles la muerte de la madre de Tawapara. Fue bajo su follaje, que Vicentico se ocultó para vestirse con aquel ridículo disfraz de lagarto, que llevaría por el resto de su vida mientras peregrinaba por el mundo repartiendo sus caramelos envenenados de fantasía. Fue de entre sus ramas que, en los albores de la humanidad, descendió el primer par de amantes que interactuó con los venidos de las estrellas. Muchos de los acontecimientos más relevantes de esta comarca triste y fantasmal, se gestaron al pie de este árbol milenario, ahora sin hojas y sin sombra que proyectar.

Un día, proveniente de algún sueño afiebrado, a los pies del viejo roble, se materializó un iluminado; mezcla de druida, orate, mago y artista. Tenía una encantadora sonrisa y la mirada estúpida, pero limpia, como la mirada de aquellos seres incapaces de entender lo más elemental.

El viejo árbol pareció contagiarse de la alegría que irradiaba el recién llegado, e inexplicablemente empezó a coparse con el verdor de renovadas y lustrosas hojas.

Una creciente multitud de curiosos ávidos de creer en algo, fueron agolpándose alrededor del roble para ver su milagroso reverdecer y observar de cerca al iluminado, quien con su saliva iba tejiendo unas tupidas esterillas, que luego de secarlas al sol, usaba para garabatear en ellas, símbolos y figuras extrañas. Como tinta utilizaba una mezcla de sus propias lágrimas y tierra, aplicándola con su dedo índice derecho.

Nadie se iba del lugar sin llevar, aunque sea uno de los peculiares lienzos garabateados que el recién llegado obsequiaba con entusiasmo, sembrando con ello más y más sonrisas entre los asistentes. Especialmente las mujeres estaban auto-convencidas que aquellos símbolos tenían poderes curativos contra los males de amor y las heridas del alma. La comarca en pleno ahora rebosaba de alegría, contagiada por el brillo del recién materializado. Muchos se acercaban para tocarlo y untarse los dedos de las manos con su sudor.

El iluminado jamás descansaba, nunca dormía… tampoco se alimentaba. De sus espaldas había brotado algo parecido a raíces que se adhirieron al milenario roble; al parecer de esa manera parasitaba la energía vital del árbol.

Una mañana, todo varió. La multitud arremolinada ante el viejo árbol había desviado su atención hacia la repentina aparición de una hermosa mujer de piel color turquesa que, con total desparpajo se exhibía desnuda, mientras gruñía amenazante a quien intentara acercarse al iluminado. Esta agresiva manera de reclamar exclusividad dio sus frutos. Entonces, ya nadie pudo acercarse… Ya nadie pudo tocarlo, ni tampoco recibir de sus manos las esterillas garabateadas.

Poco a poco la multitud fue perdiendo el interés, hasta ignorar por completo al viejo roble, al iluminado y a la agresiva mujer con piel color turquesa. Ella sonreía satisfecha al ver logrado su egoísta objetivo, mas el iluminado no cesó de llorar por cuarenta y dos días con sus respectivas noches.

La comarca volvió a sumirse en su triste y fantasmal aspecto. La ilusión del iluminado que repartía sonrisas y alegría se había esfumado…

Al cabo de las seis semanas, el iluminado arrancó con sus manos los apéndices con forma de raíces, que lo conectaban al roble, y tal como vino, se fue en silencio.

El milenario árbol perdió sus hojas y paulatinamente fue secándose hasta convertirse en un leño inerte.

Inútil resultarían las caricias y lágrimas incontenibles con que la mujer de piel color turquesa, desesperadamente lo regaba intentando reverdecer lo ya concluido.

“Hay destinos que jamás debieran cruzarse, aunque la vida parezca permitirlo”